Han pasado 50 días desde el 11 de marzo, fecha en que la Organización Mundial de la Salud declarara oficialmente como pandemia el Covid-19. Al 30 de abril, el mundo contabilizaba 3,2 millones de personas contagiadas y 228 mil muertos, siendo los países más afectados --en número de contagios-- Estados Unidos, con más de un millón de casos, seguido de España e Italia.

En América Latina, el coronavirus llegó desde el norte aproximadamente un mes más tarde que en Europa, siendo Brasil de lejos el país con mayor número de casos, seguido de Perú y Ecuador (ver cuadro).

Con cuarentena total a nivel nacional y sus fronteras cerradas desde el 3 de marzo, Argentina presenta el menor número de casos confirmados y el menor número de muertos, entre los países más grandes de la región. Es probable que esto se deba a la poca cantidad de tests que realiza. Argentina comenzó realizando 300 test diarios y en este momento está realizando aproximadamente 2.000 por día.

En medio de una crisis política desatada por la postura negacionista de su presidente Jair Bolsonaro, Brasil ha tenido una política errática para enfrentar la pandemia, producto de la pugna entre Bolsonaro, que insiste en reabrir la economía, y los gobernadores, que quieren mantener las cuarentenas y el distanciamiento social. En medio de esta lucha fue que Bolsonaro destituyó a su ministro de salud, Luiz Henrique Mandetta, porque estaba más bien del lado de los gobernadores.

Brasil es el país --de lejos—con más casos confirmados y más muertos en la región. Al igual que en el caso de Argentina, es muy posible que el número de personas contagiadas sea a lo menos 10 veces más alto que los casos actualmente confirmados, debido al bajo número de tests realizados.

Colombia, al igual que Argentina, Perú y Ecuador estableció una cuarentena nacional tempranamente, estrategia que ha dado resultados positivos en la contención de la pandemia en todos los países donde se ha aplicado excepto Ecuador, la que ha sido extendida hasta el 12 de mayo.

Colombia fue el primer país de la región en adquirir kits de testeo para el Covid-19, cosa que hizo el 17 de febrero. Desde entonces ha adquirido 400 mil exámenes, lo que le permite ampliar su capacidad de testeo. El gobierno ha dicho que pronto hará tests aleatorios en la población para medir el alcance de la epidemia.

Con la menor tasa de letalidad y el mayor nivel de testeo en la región (hoy día unos 8.000 mil tests diarios) Chile parece estar lidiando en forma adecuada con la pandemia. Si bien muestra un número relativamente alto de personas contagiadas, ello da cuenta más bien del alto número de tests que está realizando. Su cifra de fallecidos es más bajo que el de los otros países de la región. Y es el único país que ha estado aplicando cuarentenas focalizadas por municipio, rotativas y dinámicas, lo que significa que un municipio que presenta focos altos de infectados puede entrar en cuarentena y después de un tiempo salir si la curva de contagiados se aplana. Y si vuelve a subir el número de contagiados, puede volver a entrar en cuarentena.

El gobierno ha iniciado lo que llama un plan de “retorno seguro" para reabrir la economía y hacer que los trabajadores vuelvan a sus puestos de trabajo. Esta iniciativa se ha encontrado con la oposición de los sindicatos y grupos de opinión, quienes consideran que no están dadas las condiciones sanitarias para volver a la normalidad. Con todo, el país ya ha comenzado a abrir lentamente su economía.

Lo primero a considerar es que podemos empezar a reabrir la economía cuando la curva de contagios se aplane y comience a caer el número de nuevos contagios, lo que los epidemiólogos llaman una tasa de reproducción de contagios menor que 1. Una vez logrado esto, podemos comenzar a reabrir la economía, pero en fases.

En suma, pareciera que Chile es el país que está enfrentando de mejor manera la pandemia.

Ecuador, por el contrario, es el país latinoamericano más sobrepasado por el coronavirus. Los sistemas hospitalarios y funerarios de la provincia de Guayas --donde está la ciudad de Guayaquil-- han colapsado, en lo que constituye la zona más golpeada por la crisis en toda América Latina. Las cifras de muerte están casi con certeza subreportadas, dado que en Guayas murieron 14.600 personas de todas las causas de muerte en el mes de marzo, lo que contrasta con las 2.000 muertes que registra históricamente ese mes en la provincia. Un análisis del New York Times estima que el número de muertes por Covid-19 en Ecuador es 15 veces mayor que las cifras oficiales. La alcaldesa de Guayaquil, Cyntia Viteri, se contagió y también se han contagiado otros 14 alcaldes de municipios de la provincia de Guayas .

Aunque la enfermedad llegó a México días más tarde que a América del Sur --lo que resulta extraño considerando su cercanía con el golpeado Estados Unidos--, con el correr de las semanas la situación se ha agravado. Especialmente preocupante es su tasa de letalidad de casi 10%, la más alta de América Latina, lo que se debe también a la poca cantidad de tests que se realizan en el país: a mediados de abril, México había realizado 159 tests por cada millón de habitantes, comparados con los 2.900 tests por cada millón de habitantes en Chile.

México reaccionó tarde y con debilidad, siguiendo el ejemplo del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien al comienzo de la epidemia instaba a los mexicanos a ir a los restaurantes y seguir viviendo como de costumbre. El 21 de abril el gobierno anunció que la epidemia estaba en fase tres --transmisión comunitaria-- con un aumento del número de contagios y hospitalizaciones, y enfatizando la urgencia de mantener el distanciamiento social e instando a cerrar las empresas de productos y servicios no esenciales que aún no lo habían hecho.

En Perú, el segundo país de la región con mayor número de contagios, el presidente Martín Vizcarra cambió a su ministro de Salud Pública poniendo en el cargo a un experto en materia sanitaria. El país mantiene medidas estrictas de confinamiento a nivel nacional.

En América Latina llevamos prácticamente dos meses desde que llegó al virus. Como no hay vacuna --los cálculos más optimistas hablan de una para enero de 2021-- nos hemos visto obligados a aplicar el confinamiento y la distancia social, lo que ha traído nefastas consecuencias para la economía regional. Estamos sufriendo ya los efectos de una recesión potente --solo comparable a la de los años 30 del siglo pasado-- que acompaña la que están atravesando las economías desarrolladas por causa de la pandemia. La recesión ha derrumbado la demanda por materias primas y consecuentemente su precio, sin excepción alguna, desde los metales hasta los alimentos, siendo el más perjudicado el petróleo, que golpea a los varios países petroleros de la región: Venezuela, Colombia, Ecuador, México y Perú, por nombrar los más importantes.

Los países latinoamericanos han estado elaborando programas de ayuda para los desempleados, y para las pequeñas y medianas empresas, cada uno en la medida de su capacidad financiera. Desafortunadamente solo EE.UU. puede imprimir circulante a voluntad, lo que le da una ventaja significativa para sortear la crisis. En este contexto, una cosa va quedando clara, no solo en América Latina sino en todo el mundo: en las actuales circunstancias tenemos que aprender a convivir con el virus. No podemos mantener el confinamiento para siempre, dado que las consecuencias de ello podrían ser más catastróficas que el Covid-19. El mundo está hablando de reabrir la economía para tratar de volver a una “nueva normalidad", en la que se mantengan las medidas sanitarias y de distanciamiento social, pero al mismo tiempo vayamos lentamente haciendo que las empresas comiencen a reabrir sus puertas. Lo que no queda claro es cómo podemos hacer esto sin tener una ola grande de contagios y muertes. Es importante para este propósito ver qué países han logrado una mejor contención del virus, cómo lo han hecho y qué cosas sería posible emular en América Latina.

Los casos de Nueva Zelandia, Taiwán, Corea del Sur y Australia son dignos de estudiar y analizar cómo poder aplicarlos en la región, considerando las diferencias culturales y de capacidad económica que tenemos con esos países.

Lo primero a considerar es que podemos empezar a reabrir la economía cuando la curva de contagios se aplane y comience a caer el número de nuevos contagios, lo que los epidemiólogos llaman una tasa de reproducción de contagios menor que 1.

Una vez logrado esto, podemos comenzar a reabrir la economía, pero en fases.

Primero debemos abrir aquellos sectores que no permiten el teletrabajo, como la construcción y los sectores manufacturero, minero y agrícola, los llamados sectores primarios y secundarios. Luego el comercio, comenzando por los sectores más esenciales hacia los menos esenciales. Reabrir las escuelas es un tema complicado, porque en ellas es difícil de controlar el distanciamiento social. Pero tener las escuelas cerradas castiga mucho a los más pobres, en la medida en que no tienen las herramientas necesarias para la educación online. Es por esto que se debiera partir por las escuelas públicas de los más vulnerables. Lo último será abrir los espectáculos masivos.

Será importante también que la vuelta al trabajo se concentre en el grupo de los menos vulnerables. Hoy sabemos que el covid 19 es significativamente más letal en personas mayores de 65 años, particularmente aquellos con enfermedades de base, tales como diabetes o hipertensión, y que afecta en mucha menor medida a los niños y jóvenes. ¿Por qué, entonces, no empezar a reabrir los negocios con el tipo de gente que es susceptible de desarrollar la enfermedad con síntomas menos graves o asintomáticos, lo cual también ayudaría a generar inmunidad comunitaria?

Toda esta apertura debe partir en la medida que estemos preparados para aplicar tests de manera masiva. La Universidad de Harvard ha planteado que EE.UU. debería ser capaz de hacer 5 millones de tests por día. Por su lado, Francia afirma que va a hacer 700.000 test semanales, ahora que está empezando a abrir lentamente su economía. Esto significa que un país como Chile --el país que más testea en la región--, para equiparar a Francia, debería poder hacer 180.000 semanales. Hoy día está haciendo del orden de 40.000.

Junto a los tests masivos, y considerando que será difícil para algunos países de la región llegar a testear al 1% de su población cada semana como propone Francia, deberíamos compensar por la vía de realizar testeos a muestras aleatorias de la población, para tener una idea más clara de cuál es la penetración del virus. En lo posible, determinar contagios por edades, territorios, sexo, sintomáticos y asintomáticos.

Este tipo de testeo ha sido anunciado hace algunos días por el presidente de Colombia, Iván Duque, a quien felicitamos por la iniciativa que va en la dirección correcta.

También será necesario hacer tests de anticuerpos para saber cuál es el nivel de inmunización de la población porque esto nos indicará qué tan lejos o cerca estamos de lograr un cierto nivel de inmunidad comunitaria o de manada.

Los testeos masivos nos permitirán aislar aquellos que están contagiados, incluyendo a los que presentan síntomas leves o son asintomáticos.

Chile ha empezado a testear gente que no presenta síntomas para encontrar los asintomáticos y poder aislarlos, iniciativa que también respaldamos.

Al mismo tiempo será muy importante la trazabilidad de los infectados, de manera que podamos saber con quienes han compartido y poder aislarlos tempranamente.

Una manera de compensar la falta de capacidad de realizar tests masivos sería que los países pudieran generar las condiciones para que los resultados de los tests se entreguen lo más rápido posible. Hoy se están demorando entre 4 y 7 días, tiempo precioso que se pierde porque la persona testeada, si es positiva, tendrá entre 4 y 7 días para seguir contagiando. Urgimos entonces a las autoridades sanitarias a mejorar la capacidad de respuesta de los tests.

Otro factor importante es ampliar la infraestructura hospitalaria antes de que se llegue al peak de contagios, de manera de poder limitar los colapsos en los hospitales que hemos visto en Italia e incluso en Estados Unidos.

Los países de América Latina han estado trabajando en mejorar la infraestructura hospitalaria, particularmente en el aumento de camas críticas y ventiladores mecánicos. No obstante, será muy difícil alcanzar la cantidad de ventiladores existente en los países de Europa o Estados Unidos: la región tiene entre 5 y 7 ventiladores mecánicos por 100 mil habitantes y Estados Unidos tiene 49. Ayudará a América Latina el hecho que en la región el porcentaje de población mayor de 65 años es mucho menor que en el Primer Mundo, y es este grupo el de mayor riesgo de hospitalización.

Debemos reconocer que el coronavirus no se irá después de cuatro meses, a partir de lo cual volveríamos al mundo como era antes. No, permanecerá por mucho tiempo, con oleadas que van a ir y venir hasta que se encuentre una vacuna. Esto va a demorar en el mejor de los casos hasta comienzos de 2021. Y después tendrá que pasar un tiempo hasta que esa vacuna se pueda producir masivamente y llegue finalmente a América Latina. Es posible que esto no sea posible sino hasta fines del 2021 o incluso hasta 2022.

Un aspecto clave que se observa en los países que han manejado mejor la pandemia es la unidad que ha mostrado la clase política detrás del equipo a cargo de la pandemia. El coronavirus no es un problema político sino un problema donde la última palabra la tienen los expertos, y la agenda no la fijan los políticos sino el virus.

Nueva Zelandia, un país gobernado por una mujer de centro izquierda, ha logrado alinear a todo el espectro político detrás de su plan de combate al virus. Australia, gobernado por un hombre del partido conservador, diríamos en nuestra región de centro derecha, ha podido también alinear a toda la clase política detrás de su plan. Ambos han logrado por ahora doblegar al Covid-19.

A seguir el ejemplo.