Estados Unidos lleva semanas sumido en las más multitudinarias protestas civiles de los últimos 50 años. Las manifestaciones fueron gatilladas por la muerte en Minneapolis de George Floyd, un ciudadano negro de 46 años de edad, a manos de la policía. La viralizada imagen en video de Floyd, con su cuello apretado en el suelo bajo una rodilla policial por casi nueve minutos mientras decía “No puedo respirar”, fue el gatillo que motivó a la gente a salir a las calles protestando en más de 350 ciudades del país, y luego también fuera de EE.UU.

Las protestas, pacíficas durante el día, se volvieron violentas en varias ciudades al caer la noche. Más de 15 gobernadores llamaron a la militarizada Guardia Nacional para sofocar las manifestaciones, mientras docenas de alcaldes instauraron toques de queda. Las pantallas mostraron una estación de policía envuelta en llamas en Minneapolis, un camión policial abalanzándose contra una multitud en Nueva York, uso de balines de goma y bombas lacrimógenas contra manifestantes totalmente pacíficos en varias ciudades.

Desde la muerte de Floyd, la policía se ha portado más como un ejército invasor que como un organismo público destinado a defender a los ciudadanos. En Brooklyn, un policía le arrancó la mascarilla a un manifestante para rociarle la cara con gas pimienta. Un grupo de policías avanzando por una calle residencial en Minneapolis le disparó balines con pintura a una mujer que miraba la situación desde el jardín de su casa.

La acción de la policía, en algunos casos brutal, ayudó a legitimar las protestas, que han dejado 11 muertos, cientos de heridos y más de 10.000 detenidos a lo largo del país.

Mientras tanto, Donald Trump llamaba a recuperar “la ley y el orden” y amenazaba con sacar el “ilimitado poder” de los militares a la calle. No solo eso. “Cuando comienza el pillaje, comienzan los balazos), dijo, en lo que pareció un llamado a disparar a los manifestantes.

Las acciones y declaraciones de Trump han provocado reacciones de resistencia en la alta jerarquía de las Fuerzas Armadas estadounidenses. El primer ministro de Defensa de Trump, el general en retiro James Mattis, quien renunció en 2018, alzó la voz contra su ex jefe. “Nunca soñé que las tropas que han hecho el juramento de defender la Constitución”, dijo, “recibirían la orden de violar los derechos constitucionales de sus conciudadanos”. Agregó que Donald Trump es “el primer presidente que no trata de unir al pueblo estadounidense”. El prestigioso ex general Colin Powell, ex Secretario de Estado del gobierno de George W. Bush e identificado con el Partido Republicano, ha anunciado que votará en las elecciones presidenciales de Noviembre próximo por Joe Biden, el candidato demócrata. El propio Ministro de Defensa en ejercicio de Trump, Mark Esper, ha dicho que no compartía el llamado de Trump a sacar a los militares a las calles para apagar las manifestaciones de protesta, afirmando que "poner a las fuerzas militares en la calles a realizar tareas domésticas como resguardar el orden público debe ser solamente un recurso de última instancia y bajo un situación de extrema urgencia”. Y para rematar, el general Mark Milley, jefe del comando conjunto de las Fuerzas Armadas, se disculpó por haber acompañado a Trump fuera de la Casa Blanca a tomarse un foto ante una iglesia, pues su presencia “creó la percepción de que los militares se involucraban en política doméstica”.

El detonante de las protestas fue la muerte de Floyd, pero la causa de fondo es el racismo sistémico de la sociedad estadounidense. Las protestas son una expresión de la oposición a Donald Trump, quien consistentemente se ha negado a hablar contra los supremacistas blancos y ni siquiera a criticar al Ku Klux Klan. De hecho, Trump alienta a los blancos racistas del país, a quienes cuenta entre su más leal base de apoyo.

Y del racismo sistémico de la sociedad estadounidense hay pocas dudas. La policía mató a más de mil estadounidenses el año pasado, con las víctimas de raza negra tres veces más abundantes que los blancos. Hay seis veces más negros que blancos en las cárceles de Estados Unidos. Un estudio de la Universidad de Michigan muestra que los negros reciben sentencias más largas que los blancos por los mismos delitos. Morir a manos de la policía es hoy la sexta causa de muerte entre hombres jóvenes negros en Estados Unidos.

La ola de protestas no solo ha desnudado la profundidad de la desigualdad racial que atraviesa a Estados Unidos, sino también la polarización de una sociedad aquejada de graves problemas, los que han sido acentuados por el divisivo y desastroso gobierno de Donald Trump.

En términos económicos y sociales la cosa no es mejor. El valor neto (activos menos pasivos) de los negros es el 10% del de los blancos. En promedio, los negros ganan tres quintos de lo que ganan los blancos. Un estudio de la Universidad de Chicago dice que en 2019 el desempleo entre jóvenes hombres negros llegaba al 35%, contra una tasa de desempleo nacional de 5%. Los neoyorquinos negros han muerto de Covid-19 a una tasa que es el doble de la de los blancos, debido principalmente a que tienen en mayor proporción las dolencias crónicas que vuelven a la gente más vulnerable a la enfermedad.

Pero la pobreza no sólo es un tema de blanco y negro. El 22% de los hispanos de Estados Unidos viven en la pobreza. En algunas reservaciones indígenas, la tasa de pobreza llega al 52%. En un condado de Dakota del Sur, la expectativa de vida al nacer es más baja que en Sudán. Y la pobreza en general ha crecido, independiente de la raza. Se ha movido de los centros urbanos a los suburbios, donde la población viviendo en bolsones de pobreza ha aumentado un 57% desde el año 2000 a la fecha.

En términos prácticos e inmediatos, las protestas muestran la necesidad urgente de una reforma del sistema policial. No es aceptable que en una democracia las fuerzas de la policía actúen con el encono de un estado policial.

La ola de protestas no solo ha desnudado la profundidad de la desigualdad racial que atraviesa a Estados Unidos, sino también la polarización de una sociedad aquejada de graves problemas, los que han sido acentuados por el divisivo y desastroso gobierno de Donald Trump.

Desde que asumió a comienzos de 2017, Trump no ha respetado cuestiones tan básicas como la rendición de cuentas, el respeto por el imperio de la ley, la independencia del Poder Judicial, la independencia institucional, la libertad de prensa y ni siquiera le importa decir la verdad.

Otra peligrosa arista que ha surgido en esta crisis es la acción policial contra el trabajo de la prensa. Durante estas protestas se han reportado más de 300 casos de ataques policiales a reporteros con golpes con bastones, balines de goma, gas pimienta o gases lacrimógenos, además de numerosas y violentas detenciones. La libertad de prensa --piedra angular de toda democracia-- no había estado nunca amenazada en Estados Unidos, como sí lo está en otras regiones del mundo. Resulta desesperanzador que en una democracia con fuerte arraigo institucional y celosa de las libertades individuales, como es Estados Unidos, comiencen a proliferar prácticas contra la libertad de prensa, alentadas por el propio Trump, cuyos ataques a periodistas y medios de prensa han sido estridentes y viciosos. Los ataques a la prensa muestran un germen de autoritarismo y una amenaza a las libertades básicas.

Todas estas manifestaciones revelan la existencia de una crisis en la sociedad estadounidense, con síntomas que ya estaban presentes desde hace algunos años, pero que se han agudizado durante la Administración Trump y que se evidencian con fuerza ahora.

Uno de esos síntomas es la profunda polarización de la sociedad, con un ala liberal más cargada a la izquierda que antes y un grupo conservador que se ha acercado a la extrema derecha. En este sentido, la elección de Donald Trump en 2016 no ha sido una causa de la crisis sino una manifestación de ella. Al mismo tiempo, la relativa popularidad del precandidato demócrata Bernie Sanders, con una plataforma socialista, es otra evidencia de esta polarización.

El Partido Republicano ha sido secuestrado por posiciones protofascistas, apelando a una base de votantes nacionalistas y aislacionistas, que niegan intrínsecamente aquello que hizo grande a Estados Unidos, como faro de los valores de la democracia liberal y pilar de las organizaciones multilaterales.

Por otro lado, se vive en el país a una especie de capitalismo salvaje. La pandemia ha dejado en evidencia la inexistencia en EE.UU. de colchones sociales para emergencias. No hay, a nivel federal, ni permiso por enfermedad ni indemnización por despido ni permiso pre y postnatal para los trabajadores. Todo queda a la voluntad de cada empresa. Lo mismo sucede con los seguros de salud. No existe un sistema de salud pública disponible para todos, sólo seguros privados, y dos sistemas federales de cobertura limitada para los pobres y los jubilados. Los seguros privados son otorgados como beneficio por la voluntad de la empresa empleadora o dependen del pago de los propios beneficiarios. Por este motivo, no cuentan con seguro de salud alguno el 17% de los estadounidenses, cifra que sube al 22% entre los negros.

A la desigualdad tampoco ayudó la desindustrialización del país, que a los pobres les cambió trabajos de US$25 la hora por trabajos de US$12 la hora.

Obama impulsó y firmó el Acuerdo de París, una iniciativa multilateral mediante la cual los países se comprometen a enfrentar el cambio climático reduciendo sus emisiones de gases de efecto invernadero. Trump retiró a Estados Unidos de la iniciativa, y ahora se ha retirado de la Organización Mundial de la Salud en plena pandemia. El desdén del presidente por las iniciativas multilaterales le ha quitado a Estados Unidos --y a los valores de la democracia occidental-- influencia en la arena internacional. El gobierno de Trump ha sido un total fracaso en el ámbito de las relaciones exteriores, empezando por su mediático acercamiento a Corea del Norte, que tras un par de reuniones con Kim Jong-un ha vuelto con las manos totalmente vacías. Canceló el tratado con Irán que aseguraba a Occidente el desmantelamiento de las instalaciones nucleares, y no lo ha reemplazado por nada. El mundo es, con Trump, claramente más inseguro que antes.

Pero Trump no es un accidente histórico, sino un signo de los tiempos: una respuesta viciada y perdedora frente a la disminución de poder relativo de Estados Unidos ante el ascenso de China.

Las soluciones a todos estos problemas y desafíos no son fáciles, pero tampoco imposibles. No se requiere la “revolución” que ha impulsado Bernie Sanders, sino cambios de enfoque y de políticas públicas. Se requiere un seguro de salud universal. Se requiere más protección social a nivel federal: permiso por enfermedad, indemnización por despido, permiso pre y postnatal. Se requiere, en definitiva, de mayor equilibrio entre trabajo y capital. Aunque no es suficiente, en la medida en que se mitigue el problema de la desigualdad social, se ayudará a mitigar el problema racial.

En materia internacional se requiere un reenganche de Estados Unidos con sus aliados históricos. También dar un nuevo impulso con liderazgo a las iniciativas multilaterales, que fueron en su inicio impulsadas o creadas por el propio Estados Unidos y que el gobierno de Donald Trump ha despreciado.

Y creemos que se puede. La única buena noticia tras cuatro años de Donald Trump en el gobierno es que ha aumentado la probabilidad de que no sea reelecto en Noviembre. Las últimas encuestas, post ola de protestas y aun en medio de la pandemia, con dos millones de casos confirmados de coronavirus, 110.000 muertos, y con desempleo de dos dígitos le da a Joe Biden un 50% de las preferencias contra un 38% de Trump. Es posible que Estados Unidos vuelva al mundo civilizado.