Una tras otra se acumulan las señales de que Donald Trump se aisla políticamente en su país y en el mundo. Ni el nombramiento del general John Kelly, como jefe de gabinete, para poner orden en la olla de grillos que se ha convertido la Casa Blanca, ni la salida del estratega nacionalista socialista Steve Bannon, han frenado la velocidad del presidente en su carrera hacia el aislamiento y la autodestrucción.

Señal uno es la disolución del consejo de asesores presidenciales integrado por CEOs de las grandes empresas norteamericanas. El propio Trump le dio muerte luego de que los CEOs comenzaron a renunciar en protesta contra el apoyo presidencial a los neonazis, supremacistas blancos y miembros del Ku Klux Klan que marcharon en Charlotesville, Virginia. Trump se negó a condenar a los manifestantes incluso después de que uno de ellos, imitando los ataques de ISIS en Europa, atropelló y mató a Heather Heyer, una contramanifestante de 32 años de edad. En los dos días posteriores a los eventos de Charlotesville, seis CEOs renunciaron al consejo, incluyendo los de Merck, Intel y Campbell Soup, además del presidente de la AFL-CIO.

Las fricciones constantes entre Trump y muchos senadores republicanos van a seguir y el bullying del presidente va a continuar. La base republicana en el senado muestra síntomas de agotamiento frente a un presidente que, si bien no era el candidato de sus sueños, prometía poner en marcha una serie de reformas políticas y económicas de la plataforma republicana, tras ocho años de Barack Obama.

Segunda señal: después de Charlottesville, un número significativo de legisladores y gobernadores republicanos que no se habían manifestado públicamente contra Trump, expresaron su completo desacuerdo con las palabras presidenciales. Lo mismo hicieron docenas de lideres religiosos y culturales pro republicanos.

Tercero, los comandantes en jefe de las distintas ramas de las Fuerzas Armadas, uno por uno, recordaron que los hombres y mujeres de armas de Estados Unidos pertenecen a todas las razas y a todas las religiones, impugnando implícitamente las opiniones del comandante en jefe Trump.

En cuarto lugar, la guerra de tweets y discursos de Trump contra los medios ha crecido en frecuencia y virulencia, al tiempo que arrecian las críticas contra él y su gestión no sólo de parte de medios liberales como The New York Times, The Washington Post y CNN, sino también de publicaciones conservadoras.

The Wall Street Journal, por ejemplo, ha comenzado a criticar al presidente desde su página editorial, especialmente en el tema de la posible colusión de Trump con el gobierno ruso para ganar las elecciones. Incluso Fox News, la cadena televisiva que hasta ahora era incondicional de Trump, ha comenzado a dar voz a algunos de sus críticos, y James Murdoch, CEO de 21st Century Fox, dueña de Fox News, manifestó públicamente, a través de un email, su desacuerdo con el presidente en torno a los sucesos de Charlottesville y se comprometió a enviar un cheque de un millón de dólares a la Anti-Defamation League, una organización que combate el antisemitismo.

En quinto lugar, Trump volvió a atacar a Mitch McConnell, líder de la mayoría republicana y portavoz del Partido Republicano en el senado. Hablando frente a sus fieles en Arizona, Trump culpó una vez más a McConnell del fracaso de su reforma de salud, promesa emblemática de la campaña presidencial. También volvió a irse en contra del senador John McCain, enfermo de cáncer al cerebro, por votar contra la reforma.

McConnell y Trump ya no se hablan. El líder republicano en el senado habría expresado que tiene serias dudas sobre la capacidad de que la presidencia de Trump pueda sobrevivir a todas las crisis que ha acumulado durante el verano.

En este contexto de aislamiento extremo y creciente, resulta difícil pensar que Trump pueda avanzar en su agenda legislativa en septiembre, cuando regresan de vacaciones los congresistas.

Las otras grandes promesas de campaña, como la reforma tributaria -significativos recortes de impuestos y simplificación del código tributario- y el plan de inversiones en infraestructura, se ven difíciles de sacar adelante. Las fricciones constantes entre Trump y muchos senadores republicanos van a seguir y el bullying del presidente va a continuar. La base republicana en el senado muestra síntomas de agotamiento frente a un presidente que, si bien no era el candidato de sus sueños, prometía poner en marcha una serie de reformas políticas y económicas de la plataforma republicana, tras ocho años de Barack Obama.

Otra señal del aislamiento de Trump es su amenaza, en su discurso de Arizona, de cerrar el gobierno si no le aprueban el financiamiento para construir la muralla en la frontera con México.

No es casual que haya comenzado a crecer el número de voces  que cuestionan la capacidad y el carácter de Trump para ejercer la presidencia. Incluso más, algunos republicanos han llegado a decir que la estabilidad emocional y mental de Trump son un peligro para Estados Unidos.

Bajo las circuntancias descritas, con un Estados Unidos en extrema polarización, que Trump exacerba cada día más, es difícil ver caminos de salida.

Lo que ayuda a Trump es la situación económica que heredó de Obama: el desempleo está en su nivel más bajo en una década, la economía repunta de manera sostenida y la FED ha iniciado una normalización monetaria a través de pequeñas alzas en la tasa de interés. Las utilidades de las empresas están altas y la bolsa bate récords históricos.

El alza bursátil no se debe sólo a la buena economía heredada de Obama, sino a las expectativas creadas por las promesas de Trump de bajar impuestos, eliminar regulaciones que desestimulan la inversión y lanzar un plan de inversiones en infraestructura que inyectaría billones de dólares a la economía estadounidense. Pero tras siete meses de gobierno, ninguna de esas promesas se ha concretado o tiene visos de concretarse. El carácter de Trump, su incompetencia, la constante seguidilla de errores políticos que comete a diario, tienen al gobierno virtualmente paralizado.

Los fieles de Trump le siguen creyendo todo lo que dice y culpan de la parálisis a los medios y al Congreso, pero el número de esos fieles no ha parado de disminuir. Trump muestra el peor índice de aprobación en décadas para un presidente de Estados Unidos, a siete meses de asumir. Incluso las encuestas más favorables le dan menos de un 40% de aprobación.

Si alguien pensó que el presidente aprendería a gobernar, la evidencia muestra lo contrario. Trump es Trump y seguirá siendo Trump. No le interesa establecer alianzas ni el funcionamiento del sistema democrático ni la libertad de prensa y apoyarlo puede haber sido el peor error del partido republicano en su historia.

Así las cosas, no hay escenario posible en el que pueda ser reelegido. Ya se han visto movimientos al interior del partido republicano para postular a otros candidatos en 2020. Uno de ellos sería el vicepresidente Mike Pence, quien negó con vehemencia que estuviera siquiera pensando en postularse. No le quedaba otra, porque presentarse como competidor de Trump le significaría quedarse sin trabajo de la noche a la mañana.

El mejor escenario que tiene hoy Trump es quedarse en la Casa Blanca los tres años que le quedan por mandato, con lento progreso legislativo en el plano doméstico y mayor foco en política exterior, aunque contenido por su equipo de seguridad nacional para que no haga alguna barbaridad sin retorno.

Cualquier avance en las reformas prometidas será posible si los republicanos moderados logran imponerse sobre el ala más conservadora a través de un trabajo bipartidista que incluya a sus colegas demócratas, como lo insinuó el senador John McCain el día que reapareció en el senado para votar en contra de la reforma de salud. Este escenario se hace eco de un reciente artículo de la revista Atlantic, diciendo que Trump partió su presidencia con el síndrome de "pato cojo" (lame duck) y que probablemente continuará así hasta el final de su mandato. Si esto ocurre, sería el pato cojo de más larga vida en la historia de los presidentes, no solo de Estados Unidos, sino del mundo entero.

Un escenario más turbulento sería que el fiscal especial Robert Mueller, quien investiga la posible colusión entre la campaña de Trump y Rusia, termine encontrando evidencia para presentar cargos contra Trump y de esa manera habilitar al Congreso para someterlo a un procerso de impeachment. Eso obligaría a Trump a renunciar antes de terminar su primer mandato.

Cualquiera de estos escenarios, desde el más suave hasta el más abrupto, le harán pagar un alto precio al partido republicano. Es un precio que merece pagar: Trump se convirtió en candidato presidencial con complicidad del partido republicano, que sabía perfectamente quién era Trump.

La posibilidad de ganar la presidencia y tener mayoría en ambas cámaras llevó al partido republicano a hacer un pacto con el diablo. Y al igual que el Fausto de Goethe, el partido quedó atrapado en su ambición de poder ilimitado. Queda por verse si el partido republicano corre mejor suerte que Fausto y consigue salvarse. O si sus propios demonios lo consumen en el infierno.