Una decisiva victoria obtuvieron los candidatos del presidente argentino Mauricio Macri en las elecciones parlamentarias del domingo 22 de octubre en todas las provincias y distritos claves del país, pavimentando su camino a la reelección para un segundo período presidencial de 2019 a 2023.

En la provincia de Buenos Aires, donde se acumula el 40% de la población argentina, el candidato de Macri, Esteban Bullrich, le ganó por un holgado 41,3% al  37,3% de la ex mandataria y líder de la oposición, Cristina Fernández de Kirchner. Ella igual consigue un escaño senatorial, pero le será muy difícil convencer a alguien que su derrota ha sido una victoria. El fracaso de Cristina es un golpe para la facción del peronismo que ella lidera y tiende a atomizar aún más a esta desacreditada corriente política que tanto ha dañado ha causado, y durante tanto tiempo, a Argentina.

El resultado electoral, junto con ser un espaldarazo a la acción presidencial, pareciera demostrar que los argentinos por fin se han dado cuenta de que la quimera de riqueza garantizada de un estado benefactor es precisamente eso, una quimera, y que la única manera de llegar a tasas de crecimiento razonables pasa por ordenar las cuentas nacionales, reducir el déficit fiscal y abrir al comercio internacional una de las economías más proteccionistas del mundo.

Además de ganar en la ciudad y en la provincia de Buenos Aires, los candidatos de Macri llegaron en primer lugar en las provincias de Córdoba, Mendoza y Santa Fe. Ninguna coalición política había logrado ganar elecciones parlamentarias en todas estas provincias desde 1985.

En términos prácticos, el resultado de la elección no da la mayoría parlamentaria a Cambiemos, la alianza de gobierno, ya que solo se renovaron un tercio de los senadores y la mitad de los diputados. Pero le niega a la oposición el 60% que necesitaba para bloquear los vetos presidenciales, dando a Macri el control para llevar a cabo las reformas liberales que impulsa y que el país hace tanto tiempo necesita.

El resultado electoral, junto con ser un espaldarazo a la acción presidencial, pareciera demostrar que los argentinos por fin se han dado cuenta de que la quimera de riqueza garantizada de un estado benefactor es precisamente eso, una quimera, y que la única manera de llegar a tasas de crecimiento razonables pasa por ordenar las cuentas nacionales, reducir el déficit fiscal y abrir al comercio internacional una de las economías más proteccionistas del mundo. En pocas palabras, unirse a los caminos emprendidos por Chile, Perú, Colombia y México.

El camino por delante no será fácil. El presupuesto 2018 de Macri, aun no aprobado por el Congreso, se fundamenta en supuestos demasiado optimistas, partiendo por una tasa de crecimiento de 3,5% en 2017, un punto porcentual por encima de los pronósticos del FMI y, a estas alturas, ya casi imposible de lograr. El recorte general de subsidios, de 30% en los últimos 12 meses, ha comenzado a impactar negativamente a pequeñas empresas y a grupos familiares, lo cual podría causar arrepentimiento en muchos de los que han votado por Macri y sus reformas. La inflación está lejos de ser derrotada y la deuda pública sigue subiendo: se espera que llegue al 60% del PIB a fines de este año. Y en el tema comercial, no ayuda a Argentina que su mayor socio comercial, Brasil, esté apenas, si acaso, saliendo de una profunda recesión; ni que quien debiera ser su mayor aliado político y económico, Estados Unidos, tenga como presidente a un proteccionista.

Con todo, los resultados de esta elección son una de las mejores noticias procedentes de Argentina en mucho tiempo. La cosa no se ve fácil, pero Macri no prometió que sería fácil. El país parece bien encaminado política y económicamente por primera vez en 70 años. Bien por Mauricio Macri y bien por los argentinos.