El anuncio de que Colombia se retira de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), la organización internacional de doce países sudamericanos, podría ser el segundo clavo en el ataúd de la institución.

En materia de integración regional, AméricaEconomía insiste en que el proceso debe ir por las alianzas comerciales y de negocios. Cuando se crean suficientes lazos económicos y comerciales entre dos países, se vuelve mucho más difícil que un conflicto político entre ellos llegue a convertirse en guerra. La creciente presencia de empresas multilatinas en la región sigue siendo la mejor señal de que la integración sigue andando por buen camino.

Y no estaría mal si fuera el clavo final. La Unasur ha fracasado estrepitosamente en su objetivo de unir a los países sudamericanos y se ha convertido en una caja de resonancia instrumental del gobierno venezolano de Nicolás Maduro.

El primer clavo del ataúd lo pusieron el 18 de abril pasado Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay y Perú, al suspender indefinidamente su participación en una organización a la que acusaron de estar a a deriva, dado que no ha sido capaz de llegar a un acuerdo para nombrar un presidente y tampoco tiene secretario general desde enero pasado, fecha en que terminó el período de Ernesto Samper, el ex presidente colombiano.

Los seis países que suspendieron su participación representan la mitad de los miembros del bloque y sería razonable y deseable que se retiraran definitivamente del bloque, tal como lo ha hecho Colombia.

La Unasur fue creada en 2007 por el venezolano Hugo Chávez, como un organismo multilateral sudamericano destinado a promover la integración regional y disminuir la influencia de Estados Unidos en América del Sur. La OEA, el mayor foro político del hemisferio, tiene su sede en la capital estadounidense y forma parte de las instituciones del llamado "consenso de Washington", de manera que la Unasur parecía razonable en teoría.

En teoría. Pero en la práctica, Unasur ha resultado ser desde el comienzo una organización paralizada por divisiones políticas entre los gobiernos de sus países miembros, lo cual contradice su objetivo central de unir a la región en un bloque común. Y como sus estatutos obligan a tomar decisiones por consenso, está acéfala y completamente inmovilizada.

Para Colombia, que enfrenta una acuciante crisis de refugiados venezolanos -se estima que un millón de ellos ha cruzado la frontera para quedarse en los últimos dos años-, el caos político y económico de su vecino se ha convertido en un problema doméstico. Los intentos de censurar al régimen venezolano en Unasur han sido infructuosos, de modo que el organismo se ha convertido de facto en un foro multilateral que, al callar, otorga.

Además, el retiro de Unasur fue una de las promesas del candidato presidencial Iván Duque, la que ha cumplido tras asumir la presidencia.

Colombia puede haber tenido mejores y más urgentes motivos para retirarse de Unasur, pero hacer lo mismo sería lo correcto para los demás países de la región. El organismo nunca cumplió su objetivo de unir a América del Sur y contrarrestar al mismo tiempo la influencia de Estados Unidos. Y que ni siquiera haya sido capaz de emitir una declaración de censura al régimen venezolano, es la mejor prueba de su completa ineptitud.

Unasur además no incluye ni al Caribe, ni a Centroamérica ni a México, de manera que excluye a parte importante de la región. Y ningún bloque que quiera representar a América Latina puede dejar fuera a México, la segunda economía de la región y la más integrada a Estados Unidos. La OEA al menos incluye a todos los países del hemisferio. Pero es cierto que la OEA juega de local en Estados Unidos y tiende a pensar mucho en la conveniencia de la Casa Blanca, sesgo que se agrava en estos años de Donald Trump.

La OEA, sin embargo, es parte del grupo de instituciones multilaterales impulsadas por Estados Unidos que surgieron en el mundo después de la Segunda Guerra Mundial, con el fin de promover la paz, la democracia y el capitalismo. Los coletazos de la globalización, el nacionalismo, nativismo y proteccionismo crecientes en el mundo; la irrupción de China como potencia y los desvaríos del gobierno de Trump, podrían derivar en una revisión completa del sistema multilateral. Pero mientras eso no suceda, los organismos existentes, como Naciones Unidas, el FMI, la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el BID y la OEA, entre otros, deben contar con el decidido apoyo de los países latinoamericanos.

En materia de integración regional, AméricaEconomía insiste en que el proceso debe ir por las alianzas comerciales y de negocios. Cuando se crean suficientes lazos económicos y comerciales entre dos países, se vuelve mucho más difícil que un conflicto político entre ellos llegue a convertirse en guerra. La creciente presencia de empresas multilatinas en la región sigue siendo la mejor señal de que la integración sigue andando por buen camino.

En materia de bloques, los acuerdos o bloques económicos y comerciales tienen mayor probabilidad de culminar en acuerdos políticos. Y los mejores resultados en los últimos años le corresponden a la Alianza del Pacífico, integrada por México, Colombia, Perú y Chile. El Mercosur, planteado inicialmente como un acuerdo de liberalización comercial entre los países del Cono Sur, tuvo buenos resultados en sus primeros años, a comienzos de los 90. Pero desde entonces la liberalización comercial se detuvo y el Mercosur se politizó, expulsando a países miembros e incorporando a otros (Venezuela) por motivos impresentables.

La mejor posibilidad de integración regional proviene de una eventual integración del Mercosur a la Alianza del Pacífico. Eso requiere la voluntad política de abrazar la economía de mercado y establecer reglas del juego claras y justas para el desarrollo de los negocios privados y la iniciativa individual.

Los gobiernos de Argentina, Chile, Perú y ahora Colombia están alineados en esa dirección, y hace no mucho el presidente Temer, de Brasil, se refirió de manera positiva respecto a la perspectiva de unir ambos acuerdos. Pero el presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador, sigue siendo una incógnita, y no se sabe todavía lo que va a pasar en las elecciones presidenciales de octubre en Brasil.

Mientras tanto, una acción fácil, en la dirección correcta, es salirse de Unasur y ponerle fin a una institución incapaz.