Al igual que una pareja divorciada, Cuba y EE.UU. están condenados a tratarse con una intimidad significativa por el resto de sus vidas. Primero, están sus "hijos": exactamente 2.013.155 en 2013. Es la cantidad, según la oficina del censo estadounidense, de cubano-americanos. No estarían allí si en La Habana no hubiera un régimen comunista. O sí, estarían allí en el caso en que La Habana hubiera un régimen como el de Haití u Honduras. La geografía suele ser, al menos en parte, el destino.

También los une uno de esos bienes derivados del viejo "régimen ganancial" existente cuando Cuba era la "isla bonita" de los magnates, la fiesta y la corrupción, una que Washington mantiene con celo: la base militar de Guantánamo. Se trata de una ciudad verdadera en la que habitan cerca de 5.500 uniformados, con su respectivos Mc Donalds, Starbucks, Subways y unidades de detención y tortura de sospechosos de terrorismo. Es este último punto el que muestra la paradoja que habita, desde 1959, la relación entre ambos países: Washington considera adecuado mantener en territorio cubano a personas a las que no quiere darle ni los derechos de su Estado de derecho, ni los de combatiente enemigos y critica, con razón, al gobierno cubano que hace algo parecido al otro lado de la cerca con sus adversarios políticos y... los agentes encubiertos de EE.UU.

Dado que los cambios, perdurables y beneficiosos, hacia sociedades más complejas y diferenciadas, no los impulsan quienes tienen los bolsillos y los platos vacíos, debe ser bienvenida toda nueva riqueza que pueda crearse en la isla y beneficiar a sus habitantes.

Finalmente, los negocios: los 11.167.000 habitantes de Cuba necesitan y demandan bienes y servicios que, potencialmente, pueden ser y serán abastecidos en gran medida por empresas de su vecino gigante, fuese cual fuese su nivel de desarrollo propio.

Es por lo anterior que el fin de la hostilidad fría y de las imprecaciones mutuas entre ambas naciones, que dan origen al último anuncio bilateral, son una buena noticia.

Algunos analistas respetados –sin embargo– advierten que esto es un retroceso. Que el hecho de que ciertos medicamentos, maquinaria agrícola, cantidades de remesas en dólares, visitas de turistas estadounidenses, mejoras en la infraestructura de internet, uso de tarjetas de crédito, etc., ahora puedan adquirirse y realizarse, no es más que oxígeno para una economía desfalleciente. Dan en el clavo, pero no en su cabeza. Más que desfalleciente, la economía ya está “fallecida”. Vive en un universo paralelo en el cual todos los excedentes se destinan a la renovación de la infraestructura energética y la mantención de la militar. Al igual que la "política" al interior del PC cubano, la economía se encuentra así en un estado de "stasis", palabra griega que se refiere a una fase o "modo" de estabilidad en el cuál todas las fuerzas opuestas son iguales y "se cancelan unas a otras". Nadie tiene demasiada energía (literalmente) ni capital para precipitar un proceso de cambio. Desde cierto punto de vista, políticamente, ello es bueno. Nada asegura que una caída abrupta del régimen vaya a ser una versión caribeña de "La Revolución de Terciopelo", incruenta que ocurrió en Checoeslovaquia. Y menos que derive en una democracia multipartidaria. Es más probable que, un militar o ex jerarca menor del gobierno actual implantase una dictadura u autocracia encubierta. Que ello llegase a ocurrir sería una tragedia. Cuba posee un activo gigantesco: un capital humano extraordinario, más sano e infinitamente mejor educado que el de todos sus pares del Caribe, Centroamérica y gran parte de Sudamérica.

Aun así, la isla no es un lugar en que la creatividad y plenitud humana conozcan un cénit. Hay que reconocer, es cierto, que muchas de las miserias sanitarias y educativas del resto de la subregión están anuladas o moderadas. Ello es lo que abre la posibilidad de una explosión de actividad, desarrollo y prosperidad cuando Cuba se reconecte con el mundo en un entorno de libertades políticas y sus ciudadanos sientan a EE.UU. como un vecino y no como el "patrón" que fue antes de 1950.

Es por esto que las medidas de Obama van en la dirección correcta. Apuntan, en la práctica, a mejorar las libertades específicas de los ciudadanos cubanos de a pie. Son ellos los que deberán lograr cambios en las instituciones de su país. Porque lo que sostiene al gobierno que encabezan los hermanos Castro (aparte de un eficiente sistema de represión policial inteligente y afinado) no es la fe en los ideales de una sociedad socialista marxista o comunista.

Esta última fracasó. En estos tiempos, la argamasa que mantiene todo unido es una mezcla de la escasez dramática de recursos, antes señalada, y el nacionalismo. Como en China o Vietnam, Cuba es una autocracia nacionalista (con su ciudadanía despolitizada, excepto en su... nacionalismo), ya postcomunista.

Dado que los cambios, perdurables y beneficiosos, hacia sociedades más complejas y diferenciadas no los impulsan quienes tienen los bolsillos y los platos vacíos, debe ser bienvenida toda nueva riqueza que pueda crearse en la isla y beneficiar a sus habitantes.