Resulta insostenible tener una cuarentena disciplinada en el Perú cuando el 72% de nuestra economía es informal. El no cumplimiento del confinamiento no es atribuible solamente a nuestras arraigadas costumbres de cómo interpretamos “el vivir nuestras vidas” en el Perú: con contacto, visitándonos, abrazándonos, preparando una comida y compartiéndola en grupo, bebiendo de copas compartidas, etc. No; es producto de que la enorme mayoría de nuestra PEA es no formal, no sabe de salarios de fin de mes y de beneficios sociales, sino que vive del día a día y si no sale a “recursearse” con certeza el hambre le agarrará antes que el COVID-19-

El supuesto dilema del cuidado de la vida vs. el de la producción y economía no existe, pues ambos aspectos no pueden ni deben divorciarse. Más bien, el foco en la priorización de que el Estado y el sector privado enarbolemos juntos una cruzada intensa y obstinada en darnos mayor seguridad en el cuidado de la vida repercutirá en la confianza para recuperar todos los sectores de la economía. ¿A qué me refiero con el cuidado de la vida?: pues a dar una incomparable y vigorosa concreción, rápida -rapidísima, es más- de compra y puesta en operación de no 1.000 camas UCI con ventiladores, ¡sino y de frente 20.000! Con hospitales que se construyan de inmediato y con convenios con clínicas privadas para equiparlas temporalmente en su espacio físico “alquilado por el Estado”.  Así, cuando terminemos la cuarentena y más aún en el caso de un rebrote, la ausencia de la confianza en ir a trabajar retrotraerá la economía de manera persistente, y esto ocurrirá no solo por el temor de contagio, sino por la ausencia de confianza de que, por más seguro que tenga la persona, no tendrá garantizada una cama inmediata UCI con ventilador ante un caso extremo y escrito literal entre vivir y morir. Así de brutal.

Pareciera que en el Perú, a ratos, apostáramos a la “inmunidad de rebaño o colectiva".  Es como apostar a que, a mayor número de recuperados, mayor sea la esperanza de frenar su transmisión. La pandemia acabará con la vacuna, pero antes tenemos la obligación de hacer muchísimo y no claudicar y apelar a esta inmunidad como destino en un presente con los servicios de salud sobrepasados. Todo esfuerzo por cuidar la salud alimentará la salud de la economía. Es una tautología que se retroalimenta en loop: la salud es economía y viceversa.

Hasta hace poco, el Perú publicitaba con mayor ahínco su voluntad de ser país miembro de la OCDE. Con 100 camas UCI con ventilador mecánico al inicio de la cuarentena y, ahora, un poco más de 1.000, para 33 millones de peruanos es notablemente insuficiente y deficiente.  Colombia, país vecino, flamante 37mo. miembro de la OCDE y presentado como tal durante la cuarentena, tiene más de 4.000 similares y contando.  No pretendemos llegar a ser como Alemania, con 12.000 camas UCI no ocupad y con ventiladores, pero nuestra necesidad es tan clara y cercana que paradójicamente “no la vemos”. El foco debe estar en adquirir e instalar más ventiladores ya.

Dado lo anterior, ¿qué esperamos para enviar comisiones permanentes de compra de camas y ventiladores, y con auditores concurrentes de nuestra Contraloría, para que trabajemos un absoluto y concreto “fast track” en ello? Si tuviéramos 20.000 camas con ventilador “de golpe” daríamos un martillazo permanente en: 1) la confianza en que si te enfermas y te tratas tienes muy altas chances de recuperarte exitosamente; 2) la economía no se resentiría tanto, por poder ir a trabajar con certeza de recibir un trato oportuno, y 3) paradójicamente, décadas de postergación de la inversión en infraestructura en hospitales y en salud habrán dado paso a una inversión desordenada pero algo de inversión al fin, y en ciertas mejoras. Qué tragedia la de aprender a invertir en Salud por fuerza del coronavirus, y cuánta desnudez agrega a nuestra impúdica ejecución al respeto de la inversión en los tres niveles de gobierno.

Estado empleador

El Estado peruano emplea a cerca de 1,3 millones de personas, del total de 5,5 millones de asalariados formales en el país, que reciben periódicamente sus compensaciones y beneficios y lo deben haber seguido haciendo durante la cuarentena. El estado es, por ello, el mayor empleador formal en el Perú y el servidor público tiene, ahora y no mañana, la obligación de trabajar y mucho, la par de la exigencia que el momento demanda.

Así, el trámite rápido, la solución expeditiva, el compromiso a hacer que las cosas ocurran, su digitalización y la interacción digital con sus usuarios mediante los servicios que brinda, no son solo un clamor. Nos la estamos jugando. Hablo de la reactivación, y es imposible que el sector privado se la juegue solo y aspiremos a seguir necesidades urgentísimas con ritmos antiguos.  ¿Y si para el servidor público se instituye una jornada laboral extraordinaria de 6:30am. hasta las 6pm., todos los días? ¿qué impediría construir una solidaridad real, trabajando más en servir, cuando más se necesita recuperarnos? Además, basta ya de la enfermiza orientación normativa y sancionadora que, cual neurosis sistematizada y deambulatoria, refleja nuestra desconfianza y compite en patentar protocolos y regulaciones irracionales aún en los momentos más álgidos de la pandemia. En lugar de pensar “en construir y ponerse en los zapatos del otro” para poder flexibilizar regulaciones hoy kafkianas.

En lo que respecta a iniciativas a tomar: ¿por qué no dar una ley de inmediata aplicación de promoción en la producción de indumentaria médica y de equipos médicos? ¿Acaso no podemos producirlos en el Perú, por miles y rápido? Argentina declaró de necesidad nacional la producción de sus propios ventiladores mecánicos, volcados al atendimiento nacional. ¿Qué tal decretar la exoneración inmediata e integral de impuestos para ello? Podría aplicarse cero impuestos en renta e IGV para estos dos propósitos de alimentar la producción de ventiladores mecánicos, más la depreciación tributaria súbita del 100% del valor de los activos fijos empleados en ello. Y rápido.

Está claro que, en el gran promedio de cómo lo hacemos en el país, la situación ante el COVID-19 nos enrostra el que no nos caracteriza ni la anticipación ni la capacidad rápida de sobreponernos.  ¿Por qué no nos comportamos con un real sentimiento de solidaridad y rapidez en cambios y ejecuciones, como si nuestra propia vida dependiera de ello? Pongamos nuestro gramo de arena cada uno, nuestras agendas y ayudas, a que la salud y la educación, la formalidad y empleo, la infraestructura básica y la economía en lo digital, se transformen. Es un momento de ir al “teletodo” teletrabajo, teleeducación, telemedicina, y al delivery de todo lo que se pueda.

A transformar se ha dicho. No para el bicentenario, sino para para vivir. Si le metemos “punche” y acción, solo nosotros podremos concretar oportunidades donde se ven desafíos.