En Latinoamérica, el crecimiento económico ha estado ligado tradicionalmente al sector industrial y a las materias primas, pero durante los últimos años estamos viendo cómo muchos países están adoptando modelos económicos basados en el turismo. Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la economía del turismo, que incluye tanto el turismo como todos los sectores que dependen de él, generó ingresos de más de € 274.000 millones (US$ 307.702 millones) en América Latina en 2019, lo cual supone una contribución del 26% del PIB total en el Caribe y el 10% en América Latina, y un crecimiento con respecto al 2018 del 1,6%. Se trata de una subida modesta, y es que hablamos de una región amplia y heterogénea azotada por fenómenos atmosféricos como huracanas, y disturbios sociales y políticos localizados que afectan al cómputo global. Las actividades vinculadas al turismo contribuyeron además con 16,9 millones de empleos en la región según datos de CEPAL. 

Solo México en Latinoamérica se ha colado en el ranking de los 10 primeros destinos a nivel mundial en cuanto a llegada de visitantesSin embargo, el crecimiento continuado de su actividad turística estaba siendo muy buen síntoma a principios de 2020. De los países de los que se cuenta con información disponible, los destinos más competitivos de la región son México, Brasil, Costa Rica, Panamá y Perú, superando a otros sectores significativos para las economías latinoamericanas, como pueden ser el bancario, el de la minería, el químico, el de la educación superior o el de la fabricación de automóviles.  

Tras un 2020 difícil de olvidar, con largas semanas de confinamiento y nuestras fronteras cerradas por culpa del coronavirus, parecía claro que el sector turístico no iba a salir indemne. De hecho, la CEPAL estima que la crisis del coronavirus ocasionará una contracción del 5,3% del PIB regional, lo que podría llevar a que el desempleo suba en 10 puntos porcentuales y a que haya 35 millones más de pobres. Según el Consejo Mundial de Turismo, el turismo será fundamental para la recuperación económica de la región una vez se haya superado la pandemia del COVID-19. 

El coronavirus ha supuesto un shock a nivel global, que está siendo más severo en el caso de países dependientes del turismo. Se calcula que, si la prohibición de viajes a causa del virus se prolonga, la actividad turística en el Caribe, por ejemplo, en 2020 se contraería entre un 8 y un 25%. Con contadas excepciones, podemos asentir que la industria turística latinoamericana se encuentra en una situación de desventaja en un mercado altamente competitivo, con un crecimiento estimado del PIB que no termina de acelerar, el turismo podría ser un instrumento de fortalecimiento de la economía.  

Conociendo estos datos, y sabiendo de la fragilidad de la economía de la región nos preguntamos ¿cómo es posible que los gobiernos  no estén tomando medidas efectivas para la conservación de los ecosistemas y la cultura que tan atractivas resultan para los turistas internacionales? La sostenibilidad y la competitividad van de la mano, y tanto los destinos pueden resultar más competitivos si hacen un uso eficiente de los recursos y promueven la conservación de la biodiversidad y medidas para abordar el cambio climático.  

Encontramos regiones como Cancún, en México, cuya oferta turística de lujo, que contribuye con el 7,1% del PIB turístico del país, está afrontando problemas graves ambientales en gran medida por falta de regulación. Vertidos de crudo en playas de Brasil o el terrible problema de los plásticos de un solo uso que se desechan y están provocando una grave contaminación por residuos sintéticos en el entorno natural. Santa Marta (Colombia), un destino turístico famoso por sus playas, es además una de las zonas más afectadas por esta situación. La contaminación se agrava en época de lluvias cuando, a través del río Manzanares, que atraviesa Santa Marta, llegan miles de desechos a las playas.  

Una gran crisis sanitaria global no estaba en los planes de nadie, a pesar de que eran numerosos los expertos que nos advertían del riesgo que supone la destrucción masiva de hábitats naturales para la pérdida de biodiversidad.  

 Los expertos coinciden en la existencia de un nexo entre la deforestación, la pérdida de biodiversidad y el riesgo de transmisión de enfermedades infecciosas. Dos ejemplos claros son el Amazonas dónde la exposición a la luz solar de zonas húmedas (antes sombrías con árboles) facilita la multiplicación del mosquito transmisor de la malaria, o cómo la agricultura intensiva en Estados Unidos está favoreciendo la expansión del mirlo americano que es huésped preferente del virus de la Fiebre del Nilo. 

 Parecerá que estamos mezclando conceptos que a priori entendíamos como inconexos. Asistimos a una serie de procesos que van a configurar lo que será la nueva sociedad, y nos debemos plantear qué cualidades y conocimientos deben desarrollar las personas para prosperar en este nuevo orden. El sistema educativo (a todos los niveles) debe ser el motor principal en la construcción de una sociedad ética, solidaria y responsable, con altos valores que entiendan lo ‘público’ como un espacio donde se proteja el bien común y la dignidad de todo ser humano. 

Citando al filósofo húngaro Ervin László, “Todo está conectado y nada desaparece”; la Tierra es como una nave espacial con una tripulación de 7.000 millones de personas, recibe energía del Sol pero no materia, por tanto la regla es sencilla: hay que reciclar, vivir en armonía entre nosotros y con el planeta, crear una cultura más ética.