A fines de enero de este año, una masa de espuma casi negra cubrió 800 kilómetros de costa de Brasil. El fenómeno resultó especialmente chocante en la Bahía de Guanabara dónde, en vez sirenas o ninfas, flotan habitualmente máquinas de lavar y sillones. Estos últimos se han convertido en motivo de queja concreta de parte de los atletas, tanto brasileños como extranjeros, que ya entrenan allí para los Juegos Olímpicos de 2016. Algunos han chocado con ellos y se han hundido. Otros ejercitan su destreza en evitar los cadáveres de animales con que se topan. Todos se sienten frustrados. Lo que ocurre frente a Río de Janeiro posee un paralelo con la situación actual de Brasil. Sucede que la postal del país maravilloso comienza a emitir mal olor.

La economía brasileña creció un 2,3% el año pasado. No es una cifra para emocionarse. Y menos cuando se mira cuáles fueron las locomotoras del crecimiento: el sector agrícola que se expandió un 7% y la inversión pública con 6,3%, la cual incluye el financiamiento estatal para planes de vivienda. Especialmente preocupante es que el eje San Pablo-Río de Janeiro aumentó sólo un 1,7%.  Menos que el Nordeste (3,7%) y mucho menos que el Sur (6,8%), al que pertenecen los estados de Paraná, Santa Catarina y Río Grande do Sul. La meta de crecimiento de este año es de 2,5%. Analistas privados creen que se aproximará más a un 1,9% y el FMI a un 1,8%.

La sociedad, la política y la economía brasileña necesitan un refresh. Una reforma impositiva, otra de las pensiones, una tercera de la administración pública y una cuarta –siempre postergada– de los aparatos policiales militarizados y su sistema carcelario enorme y desvencijado. No obstante las perspectivas de que lo haga no son luminosas.

¿Por qué ocurre esto? Las opiniones difieren, sin embargo hay consenso en que existe un desajuste creciente entre el consumo, la inversión y la productividad total de la economía. Desde el lado del consumo, el endeudamiento de las familias se ha disparado. En promedio, ellas deben destinar el 20% de sus ingresos sólo al pago de intereses y amortizaciones. Resulta decidor que las industrias extractivas (44,5%), salud humana y servicios sociales (21,3%) y construcción (20,5%) sean los ámbitos donde los aumentos reales por encima del salario medio de la economía fueron más altos entre 2008 y 2012. Es allí donde la expansión ha sido más fuerte y donde se ha focalizado la inversión total. Un dato complementario a considerar es que,  en 2012, el sector que más Inversión Extranjera Directa (IED) recibió fue el financiero. Ese año arribaron US$ 66.500 millones al país. Parte del problema es que, aún con varias temporadas recibiendo cifras similares, los costos de producción siguen siendo 30 a 40% superiores a los de sus competidores globales. Y no porque los sueldos sean altos, el salario medio mensual es US$ 850 dólares. Lo que pasa es que gran parte de los sectores productivos no se han integrado a las cadenas verticales de producción planetaria y la economía sigue relativamente cerrada.  Para colmo, la inversión total es baja, si se exceptúan los segmentos de la agroindustria y el sector petrolero. Lo muestra la formación bruta de capital que, en la última fecha disponible (2012) fue del 18% (contra un 22% de Argentina, un 25% de Chile y un 45% de China). La formación bruta de capital se compone de los nuevos activos fijos de la economía, más las variaciones netas en el nivel de los inventarios. E incluye no sólo nuevas maquinarias, plantas y equipos, sino toda la construcción pública y privada de vivienda e infraestructura.

Justamente, el gobierno de Dilma ha apostado a un paquete de concesiones de servicios públicos para el sector privado, concentrado en infraestructura, para comenzar a solucionar parte de los problemas. Pero una excesiva regulación e incentivos mal colocados lo paralizaron inicialmente. Ahora se ha relanzado. Se trata de una condición necesaria, pero no suficiente. Todos los observadores coinciden en que, con una carga tributaria del 37%, la inversión en infraestructura del 2% del PBI sin duda es una piedra en el zapato que lleva a tropiezos continuos. Sin embargo, cuando ésta se pone en marcha las cosas igual no salen demasiado bien. Es lo que podríamos bautizar como “Efecto Guanabara”: la eficiencia de la inversión en infraestructura varía salvajemente según el sector. Y el mejor ejemplo no son los estadios sin terminar o mal proyectados del Mundial de Fútbol, es la bahía citada. En 1992 se lanzó un plan de limpieza gigante de US$1.000 millones. Dos décadas después se revela que nunca se completó (pero el dinero sí se gastó). Luego, se prometió que para los juegos olímpicos un nuevo proyecto llevaría a que las aguas servidas fueran tratadas en un 80%. A 24 meses del plazo establecido, el tratamiento apenas supera el 30% y el nuevo financiamiento en curso es de US$ 824 millones. No se trata de un  asunto cosmético o secundario, una infraestructura deficiente baja la rentabilidad del sector privado y encarece la inversión. Que también se hace más difícil debido a la gran cantidad de barreras burocráticas.

La situación de Petrobras parece otro reflejo del momento. Su acción vale la mitad que en 2009 y se ha convertido en la compañía petrolera con más deuda del mundo: US$144.000 millones a finales del año pasado, un aumento del 64% durante la actual presidencia de Dilma Rousseff. Aunque, por otro lado, posee el plan de inversiones más grande de una empresa de su tipo, US$ 237.000 millones. Para financiar una parte, en marzo logró que los inversores le prestaran US$ 8.500 millones (las ofertas presentadas fueron de US$ 22 mil millones).  La empresa se acerca a una encrucijada. Su potencial es enorme, pero la intervención gubernativa usándola como ancla antinflacionaria ha perjudicado su rentabilidad y corre el peligro de perder el grado de inversión. Lo cual, de ocurrir, llevaría a una estampida de inversores institucionales obligados a vender sus tenencias.

Con Brasil pasa lo mismo. Sería difícil encontrar a alguien que quiera que le vaya mal. Aún así, renguea. Es por eso que más de lo mismo no ayudará. El ciclo de política que comenzará el ex presidente Lula Da Silva en 2002 se acerca a su fin. Habrá que agradecerle el crecimiento benéfico de la clase media y la inclusión de los pobres promovida por el plan social Bolsa Familia, plan que no tiene responsabilidad alguna en la detención del crecimiento: sólo cuesta el 0,5% del PBI, pero que se suma al resto de gasto social que sí es alto. Datos estimados para 2011-2012 hablan de que el total alcanza al 23,5% del PBI. Por comparación el gasto público total en China es del 25% del PBI y en la India del 27% del PBI. Es esta incidencia del gasto social es lo que lleva a que el gasto público total brasileño sea hoy del 38 a 40% del PBI. Ello no es sostenible a largo plazo. En especial desde el punto de vista de las pensiones, las cuales se llevan el 12% del PBI, ya que la población brasileña envejece y no contará por mucho tiempo más con el bono demográfico.

La sociedad, la política y la economía brasileña necesitan un refresh. Una reforma impositiva, otra de las pensiones, una tercera de la administración pública y una cuarta –siempre postergada– de los aparatos policiales militarizados y su sistema carcelario enorme y desvencijado. No obstante las perspectivas de que lo haga no son luminosas. La presidenta Rousseff posee el 40% de intención de voto contra el 20% de su más cercano competidor, Aecio Neves (PSDB). Una segunda vuelta es probable. Allí los sondeos dicen que le ganaría. El nivel de desempleo más bajo desde hace medio siglo (4,7%) hace improbable un vuelco. Ni ella ni Neves, por ahora, prometen giros de timón relevantes. Neves ha mencionado sólo dos de impacto: un acercamiento fuerte a la Alianza del Pacífico y obligar a las empresas públicas a presentar resultados no deficitarios. A lo que suma una promesa, llevar la inversión en educación al 10% de PBI (hoy es del 5,5%). Brasil necesita más que eso si quiere recuperar un crecimiento que lo acerque al desarrollo y lograr metas complejas, pero no imposibles como limpiar la Bahía Guanabara y no seguir hundiéndose cada vez que choca con los muebles viejos.