Cuando parecíamos estar ad portas de un acuerdo comercial entre China y los Estados Unidos, a través de sendos tweets Trump podría haber devuelto las negociaciones a fojas cero. En ellos indicaba que los bienes importados desde China, que pagaban un arancel del 10% a partir del 10 de mayo, comenzarían a pagar un arancel del 25%. Indicaba además que las exportaciones chinas que no pagaban aranceles pronto pagarían una tasa del 25%.

Aunque el argumento sobre el oneroso costo a futuro de una escalada por tiempo indefinido implica que un acuerdo comercial sigue siendo el escenario más probable, llegar a este podría tomar un tiempo y un costo mayores a los previstos hasta ahora.

Quienes son optimistas sobre la posibilidad de un acuerdo esbozan el siguiente argumento: de un lado, una escalada en las represalias comerciales recíprocas sería tan perjudicial para las dos economías que ambos gobiernos preferirían evitar ese desenlace; de otro, el propio Trump suele reivindicar el desempeño de la bolsa de valores como un criterio fundamental para evaluar el estado de la economía bajo su presidencia. Incluso si partiese de un cálculo erróneo sobre las consecuencias de largo plazo que tendría un conflicto comercial, la caída en la cotización de los índices bursátiles lo llevaría a corregir esa estimación inicial. En ese contexto, la amenaza de Trump tendría como propósito obtener de China concesiones postreras antes de culminar el acuerdo.

Ese me parece un argumento plausible. Lamentablemente también son plausibles escenarios menos optimistas. Para que la amenaza de Trump surta efecto los negociadores chinos deben ser persuadidos de que no se trata de un mero bluf (es decir, de una amenaza que Trump no tiene intención de llevar a efecto en caso de no obtener concesiones adicionales). E incluso si son persuadidos de que se trata de una amenaza creíble, deberían concluir además que esas concesiones adicionales implicarían un costo menor que el de posponer el acuerdo y continuar por un tiempo más con represalias recíprocas (entre otras razones, porque ceder con prontitud ante una amenaza podría generar incentivos perversos, como incitar nuevas amenazas). Aunque el argumento sobre el oneroso costo a futuro de una escalada por tiempo indefinido implica que un acuerdo comercial sigue siendo el escenario más probable, llegar a este podría tomar un tiempo y un costo mayores a los previstos hasta ahora.

Existe un tercer escenario bajo el cual la ausencia de un acuerdo al final del proceso se torna factible. Algunos seguidores de la perspectiva realista en relaciones internacionales (como el Consejero de Seguridad Nacional de Trump, John Bolton), creen lo siguiente. Dado que en el sistema internacional no existe una autoridad dotada del poder coercitivo necesario para imponer el cumplimiento de lo acordado, si una de las partes se beneficia de un acuerdo en mayor proporción que la otra nada impide que traduzca esos beneficios adicionales en mayor poderío militar o en un mayor poder de negociación que le permita cambiar en beneficio propio los términos acordados (en cierta medida eso fue lo que hizo el propio Trump con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte). En ese contexto la pregunta fundamental al negociar un acuerdo no sería si mi Estado obtendrá beneficios de este, sino cuál de las partes obtendrá mayores beneficios. Desde esa perspectiva es preferible renunciar a los beneficios que podría proporcionar un acuerdo comercial si con ello se impide que, a través del mismo, la otra parte obtenga beneficios aún mayores que los nuestros.

Esperemos  pues que el interés económico prevalezca sobre la lógica realista.