La reciente decisión del descorbatado presidente uruguayo, José Mujica, de sumar a su país a la Alianza del Pacífico, un bloque comercial creado en 2011 por Chile, Perú, Colombia y México, puede ser interpretado como un tiro de gracia al moribundo Mercosur.

No lo es. Ni el Mercosur está muerto ni Uruguay puede darle vuelta la espalda.

Encapsulado entre Argentina y Brasil, Uruguay se vanagloria de que actualmente despacha exportaciones a 100 países del mundo, pero la verdad es que casi el 40% de sus ventas externas hoy llegan a sus socios vecinos. Su destino está atado a lo que pase en Argentina y Brasil. 

La acción de Mujica, si la hace con cuidado a fin de no molestar a sus vecinos, es la acción correcta para Uruguay. Pero la verdad es que, desde el punto de vista estrictamente económico, lo que más le convendría a Uruguay sería salirse del Mercosur y empezar a firmar tratados de libre comercio bilateral con todos los países del mundo.

Pero lo que pasa en Argentina y Brasil no se ve bien. El gobierno de Cristina Kirchner, adicto a gastar más de lo que tiene,  enfrenta una crisis de divisas casi tan grave como la que vivió Chile durante el gobierno socialista de Salvador Allende. Argentina está tratando de no importar nada de nadie, mientras en Buenos Aires colapsa el centenario subte -el primer ferrocarril subterráneo de América Latina- y el país va en una espiral descendente que terminará en terapia de shock.

Brasil está mejor pero no bien. El frenazo que dio Dilma Rousseff a su sobrecalentada economía tuvo éxito, tal vez demasiado éxito. Tras una década de crecimiento exuberante, el año pasado Brasil creció 2,7% y este año quizá no llegue al 2%. Los salarios de los empleados públicos son en promedio el doble de los del sector privado. Sao Paulo se ha vuelto más caro que Nueva York para hacer negocios, la infraestructura vial está en pésimo estado y las leyes sociales son tan generosas que un inversionista extranjero tiene que pensarlo dos y tres veces antes de instalarse en el país. 

Dilma ha entendido que no se puede crecer sin participación del sector privado. Ha comenzado a hablar golpeado a los trabajadores federales que están exigiendo salarios aún más altos, al tiempo que anuncia un plan de inversiones en infraestructura por US$ 70.000 millones que incluye licitar carreteras con peaje y operación de aeropuertos a empresas privadas.

Los problemas de Brasil y Argentina podrían aminorarse para Uruguay si el Mercosur funcionara bien. Pero hace tiempo que el Mercosur dejó de ser lo que era. Y nunca fue lo que aspiraba a ser: una especie de Unión Europea que partiría creando un mercado común entre sus cuatro países miembros para luego abrirse comercialmente al resto del mundo.

Los gobiernos que en 1991 crearon el Mercosur eran liberales y los primeros años del tratado no fueron malos. En 1997, el año de mayor éxito del tratado en términos de comercio entre sus cuatro socios, más de la mitad de las exportaciones de Paraguay y Uruguay llegaron a destinarse a los otros países del Mercosur.

Pero ya en 1999, una devaluación en Brasil movió a Argentina a restringir temporalmente las importaciones de su vecino, y las excepciones arancelarias pasaron a ser norma en el comercio intrarregional. Tardó décadas llegar a un arancel externo común, que además está lleno de excepciones. Y en los últimos diez años el Mercosur ha firmado tratados comerciales con sólo dos gobiernos fuera de América del Sur, y ambos corresponden a un solo mercado: Israel y la Autoridad Palestina. 

En el último año y medio, Argentina ha eliminado las licencias automáticas de importación a 600 productos, lo cual retrasa 60 días su ingreso en aduana, y en los últimos meses está exigiendo a los importadores presentar una declaración jurada ante el servicio de impuestos internos antes de iniciar un proceso de importación. Brasil, como era de esperar, ha reaccionado imponiendo algunas barreras a los productos argentinos.

Como también era de esperar, el comercio ha retrocedido. Las ventas de Uruguay a Argentina, por ejemplo, bajaron 10% en el primer semestre de 2012 respecto de igual período el año anterior.

Y como si todo eso fuera poco, el Mercosur suspendió a Paraguay por motivos que nada tienen que ver con lo comercial e hizo entrar a Venezuela por la ventana.

¿Puede extrañar a alguien entonces la movida uruguaya de acercarse a Chile, Perú, Colombia y México?

Mujica fue claro al anunciar que el ingreso de Uruguay como miembro observador a la Alianza del Pacífico no significa abandonar el Mercosur. Su decisión de tomar alguna distancia de sus socios “izquierdistas” y acercarse a los gobiernos “derechistas” de la costa Pacífico de América Latina no indican un giro político sino que evidencian una loable actitud pragmática.

Chile, Colombia, Perú y México reciben el 45% de la inversión extranjera en América Latina y el Caribe, según un informe de BBVA Research divulgado la segunda quincena de agosto de 2012. Los países miembros de la Alianza del Pacífico son especialmente atractivos para Asia, con las inversión japonesa y coreana concentrada especialmente en manufactura y la inversión china en minería.

En material comercial, el flujo bilateral entre Asia y los países de la Alianza del Pacífico llegó el año pasado a US$ 176.000 millones. China dio cuenta del 64% de esa cantidad.

No hay donde perderse. La acción de Mujica, si la hace con cuidado a fin de no molestar a sus vecinos, es la acción correcta para Uruguay. Pero la verdad es que, desde el punto de vista estrictamente económico, lo que más le convendría a Uruguay sería salirse del Mercosur y empezar a firmar tratados de libre comercio bilateral con todos los países del mundo.