Parece que fue ayer. No hace mucho tiempo la economía peruana, junto con otros vecinos emergentes, experimentaban cambios abruptos en sus condiciones financieras. Era común observar efectos inmediatos como consecuencia de situaciones no sólo domésticas, sino acaecidas a miles de kilómetros de distancia. Si había elecciones en Brasil, subía el tipo de cambio; si había problemas en Argentina, los spreads soberanos se incrementaban. Y qué no decir, si es que el origen de los problemas era una situación de mayor calado global, como una crisis asiática o una crisis rusa.

Lo que le viene sucediendo al hemisferio norte, donde se encuentran los países con economías más sólidas, instituciones más desarrolladas y un track record de cumplimiento mucho mayor al de los “del Sur”, rememora mucho a lo que vivimos en las décadas de 80 y 90 e incluso a principios de siglo, por estas latitudes. Irresponsables, volátiles, inestables, peligrosos, países bananeros, los del pecado original, eran algunos de los adjetivos que nos atribuían. Al fin y al cabo, países emergentes, una expresión eufemística que resumía un largo número de adjetivos.

¿Qué nos definía entonces para estar en esa categoría? Pues un conjunto de elementos económicos, políticos, sociales e institucionales.Y tenían razón. No éramos capaces de sostener más de dos gobiernos por elección democrática. Los golpes de Estado eran pan de todos los días. La insatisfacción social era constante, impidiendo el normal desempeño de las relaciones económicas, no sólo por paralizaciones continuas, sino también por el deterioro del sistema neurológico social que desencadenó en terrorismo. Niveles espantosos de pobreza, con importantes niveles de la población en situación de subsistencia. Con todo lo anterior, corrupción pululante y un deterioro institucional que implicaba prácticamente la inexistencia del Estado.

Claro, y ni hablar de los temas fundamentalmente económicos. Los que estaban caracterizados por indisciplina fiscal, bancos centrales capturados al antojo de los gobiernos de turno, políticas proteccionistas que fueron mellando la competitividad de los países, políticas cambiarias inadecuadas y un afán por politizar y colocar etiqueta ideológica a toda decisión técnica. Como consecuencia de todo lo anterior, era normal que en el corto plazo primara cualquier noticia o evento del día  sobre el desempeño económico de semanas y meses de sus indicadores. Es decir, una hipersensibilidad de las expectativas que impedía un correcto alineamiento de las decisiones.

Bueno estimados lectores, todo lo anterior, con sus matices evidentemente, es lo que ahora se observa arriba del globo terráqueo, en el mundo desarrollado. Y basta dar una revisión a los titulares de la prensa para darse cuenta de ello. Elecciones en el Reino Unido, suben los spreads soberanos de la deuda británica; Alemania duda en apoyar a Grecia, baja el euro respecto al dólar; el presidente del Banco Central Europeo insinúa que están evaluando los mecanismos de desactivación de las ayudas monetarias, se desploman las bolsas en el mundo; Grecia insinúa que puede hacer default… Mejor ni pensarlo.

¿Qué pasó en tan poco tiempo? ¿Qué sucedió para que la tierra pusiera de cabeza su eje? Grandes cambios, que a veces no notamos por nuestra constante tendencia a no creérnoslo. Los países emergentes, entre ellos el Perú, vienen experimentando transformaciones importantes desde los años 90, arropados por la virtuosidad de ser constantes. El modelo no ha cambiado y muchos países se han abierto a competir, han dado espacio a la transparencia y a la institucionalidad y la disciplina fiscal y monetaria tiene una discusión relevante en todos los ámbitos. Al mismo tiempo, las condiciones de pobreza van reduciéndose, la inestabilidad social y terrorismo han sido controlados y, en el plano político, ya hemos marcado historia en cuanto a renovación democrática.

¿Que pasó en el hemisferio norte? Exceso de confianza. Confianza en las instituciones que funcionaban bien en el pasado. Sobre confianza en sus instituciones financieras. Exceso de seguridad respecto a su capacidad de endeudamiento. Descanso exagerado en la sabiduría y capacidad de su crema financiera y política. Exuberancia pura y caída dura. La crisis los ha golpeado de manera terrible y la deuda parece dejar cicatrices penetrantes. La situación griega, todo indica, no acabará con la ayuda de los países de la zona Euro, y ya varios predicen la probabilidad de un default helénico. Y después de ello, definitivamente nada será igual en la vecindad del primer mundo.

Aquellos años en que sufríamos de pulmonía cuando otros sólo se resfriaban... Ahora los irresponsables, volátiles, inestables, peligrosos, países bananeros,  los del pecado original, están en el norte. Hay pocos en el Sur.