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Costa Rica: ¿nos conformaremos con ser campeones de segunda?
Vie, 25/03/2011 - 09:13

Juan Carlos Hidalgo

La Marina estadounidense en aguas costarricenses
Juan Carlos Hidalgo

Juan Carlos Hidalgo es analista de políticas públicas sobre América Latina en el Cato Institute. Escribe frecuentemente sobre temas de actualidad y sus artículos han sido publicados en los principales periódicos latinoamericanos como La Nación (Argentina), El Tiempo (Colombia), El Universal (México) y El Comercio (Perú). También ha sido entrevistado en medios internacionales como BBC News, Al Jazeera, CNN en Español, Univisión, Telemundo, Voice of America, Bloomberg TV, entre otros. Se graduó en Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional de Costa Rica y sacó su maestría en Comercio y Política Pública Internacional en George Mason University.

El pasado diciembre, durante una visita de trabajo a Chile, tuve la oportunidad de recorrer Santiago y sus alrededores y maravillarme por el alto nivel de desarrollo que ha alcanzado esa nación andina. Chile es por mucho el país más moderno y próspero de América Latina.

Sin embargo, lo que encontré más sorprendente fue la actitud de los chilenos hacia su nivel de desarrollo: no se dan por satisfechos, quieren más. Prueba de ello es que la principal meta del gobierno de Sebastián Piñera es la de enrumbar a Chile en un ritmo de crecimiento económico anual de 6% en la próxima década, de tal forma que en 2020 se convierta en el primer país desarrollado latinoamericano, con un nivel de ingreso per cápita similar al que tienen actualmente Portugal y Grecia. Ya los chilenos se dejaron de comparar con América Latina, y ahora se tratan de dar de tú a tú con los países mayormente desarrollados de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico).

Me resulta imposible no comparar este talante de los chilenos con el que predomina en amplios sectores de la clase política e intelectual de Costa Rica, donde el conformismo por ser los primeros en Centroamérica parece muchas veces ser la norma. Es como si estuviéramos satisfechos con ser los campeones de segunda división. La mediocridad a la que hemos llegado es tal que, en el último año, los políticos criollos nos han dicho que tenemos que contentarnos con escoger entre “el menos malo” o “peor es nada”.

Al tiempo que Costa Rica duerme en sus laureles, se está quedando rezagada en muchas áreas críticas para el desarrollo nacional. Veamos tan solo algunos ejemplos: en facilidad de hacer negocios, Costa Rica se ubica en la posición 125 de 183 países de acuerdo con el Banco Mundial. En materia de competitividad, nuestro país está de 56 entre 136 países según el último Reporte de Competitividad Global; sin embargo, cuando se analiza únicamente el ambiente macroeconómico, este reporte nos delega a la posición 108.

En infraestructura portuaria, el informe del World Economic Forum nos coloca en la posición 132 de 136 países estudiados. Es decir, solo hay cuatro naciones en dicho ránking con peores puertos que los costarricenses. En tecnología y telecomunicaciones, Costa Rica se encuentra 11 entre 20 países de América Latina, según el más reciente Índice Tecnológico Latinoamericano, publicado por el Latin Business Chronicle.

El porcentaje de familias bajo la línea de pobreza, que permaneció relativamente estable en las últimas dos décadas, ha experimentado un marcado retroceso en los últimos años. En 2007 la pobreza afectaba al 16,7% de las familias costarricenses, pero el año pasado aumentó a 21,3%. Un informe reciente de la Cepal señala que “Costa Rica se destaca como el único país [latinoamericano], entre aquellos para los que se cuenta con información, en que los indicadores de pobreza y de indigencia tuvieron un deterioro visible en 2009”.

Las perspectivas nacionales se ensombrecen aún más si tomamos en cuenta que ya ni siquiera podemos presumir de ser el país más desarrollado de Centroamérica. Desde el 2004, Panamá supera en ingreso per cápita a Costa Rica y la brecha entre ambos países se ha venido ensanchando desde entonces.

Conforme pasa el tiempo y continuamos este letargo, se aleja cada vez más la meta de llegar a ser una nación desarrollada. Por ejemplo, si el PIB per cápita costarricense creciera a un ritmo de 6% anual, nos tomaría 13 años alcanzar el nivel de desarrollo actual de Portugal, el país menos rico de Europa Occidental. Sin embargo, el crecimiento del ingreso nacional per cápita ha promediado únicamente 2% en la última década. A este ritmo nos tomará 38 años igualar la prosperidad que actualmente tiene Portugal, y ni qué decir de otras naciones más ricas.

Aumento de inequidad. El secreto para hacer de Costa Rica un país desarrollado es tener un alto crecimiento económico y que éste beneficie a todos los estratos sociales. Pero nuestra clase gobernante ha optado por un modelo que pretende redistribuir la riqueza a través de políticas asistencialistas. El país cuenta con uno de los gastos sociales más altos de América Latina -tenemos 34 programas diferentes para el combate a la pobreza y la desigualdad-, pero, aun así, no solo la pobreza no disminuye, sino que hasta la desigualdad va en aumento. Según The Economist (09/09/10), Costa Rica es el tercer país latinoamericano donde más aumentó la inequidad en el período 2000-2006.

Si algo se puede concluir del primer año de la administración Chinchilla, es que continuaremos por la misma senda los próximos tres años: más asistencialismo, más gasto público y, como consecuencia, más impuestos. Chile, en cambio, apostó al crecimiento económico y ha visto su nivel de pobreza caer del 40%, en 1990, al 15% actual. Incluso la alta desigualdad de ese país -un fenómeno histórico que no es producto del actual modelo económico- ha venido disminuyendo de manera sostenida en la última década.

Mientras Costa Rica decide redistribuir la riqueza (y lo hace mal), Chile la genera. La interrogante es si estamos contentos con nuestra realidad.

¿Queremos ser un país desarrollado en una generación o seguiremos conformándonos con ser los campeones de segunda división (y ya ni eso)?

Solamente nosotros tenemos la respuesta.

*Esta columna fue publicada con anterioridad en el centro de estudios públicos ElCato.org.

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