Por su función y por objetivos a los que apunta, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha sido la diana de tiro cada vez que ha actuado en salvatajes y toda vez que ha realizado recomendaciones para sanear las finanzas de un país. Nacido de una realidad como la del final de la segunda guerra mundial, al Fondo ahora se lo critica por no haberse adaptado a las circunstancias y a la realidad moderna, más allá de que sigue aportando millones e instrumentando líneas de créditos en decenas de países.

El FMI recuperó algo de brío y protagonismo durante esta recesión que afecta al mundo desarrollado, iniciada entre 2007 y 2008 y que aún incide en diferentes economías del primer mundo, luego de las décadas de ninguneo por parte de los poderosos de la guerra fría y la mala fama generada en crisis como la de Argentina al principio de este milenio. Enfocar esfuerzos en los últimos años en la vieja Europa atribulada por una crisis de deuda le ha permitido al Fondo salir a la palestra con aire renovado. En ese papel de ayudador de ricos se ha visto, sin embargo, en una posición secundaria y, como aseveran analistas, se ha reflejado la falta de armonía entre el fin inicial del instrumento con lo que realmente significa hoy.

El organismo multilateral fue creado para “coordinar las finanzas internacionales luego de la segunda guerra mundial”, dijo a El Observador Guillermo Calvo, profesor de la Columbia University. “Ese objetivo se ha ido perdiendo”. El experto en macroeconomía de países emergentes y ex asesor del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) explicó que el primer episodio que evidenció ese cambio sucedió en los años de 1970, cuando se abandonó el régimen de tasas de cambio fijas, pero ajustables y se privilegiaron las tasas de cambio fluctuantes, determinadas por el mercado.

“De allí en adelante el Fondo ha asistido a países con crisis de balance de pagos, pero prestando poca atención a los efectos sistémicos de las medidas que se adoptan. Por ejemplo, el Fondo no tuvo nada que decir cuando Brasil devaluó fuertemente el real a fines de los años de 1990, a pesar de que Argentina –país para el cual Brasil es un destino importante de sus exportaciones– operaba con tipo de cambio fijo con respecto al dólar”, aseveró Calvo.

El experto dijo que en la actualidad el FMI está dispuesto a aumentarles los grados de libertad a sus miembros, “mucho más allá de lo que acostumbraba hacer hasta hace muy poco”, como la mayor disposición a aceptar que los países pongan controles a la entrada de capitales que bien pueden “exacerbar” los flujos que se dirigen a otra nación.

“Todo ello podría tolerarse si el Fondo se hubiese transformado en un Prestamista de Última Instancia, pero está muy lejos de serlo cuando se lo compara con la Fed, por ejemplo. Se han creado nuevas líneas de crédito para emergencias, pero son muy pequeñas todavía y, además, muchos países prefieren no optar por ellas por la pérdida de reputación y aun de soberanía que esas líneas implican”, insistió Calvo.

Países como Uruguay, Argentina y Brasil han cerrado sus deudas con el FMI y con ella se dio el fin a una etapa.

Carlos Steneri, uno de los negociadores del gobierno ante los organismos internacionales durante la crisis uruguaya de 2002, también contempla la idea de que el FMI perdió pie en el mundo actual por una falta de modernización del instrumento como administrador de las finanzas mundiales. Para este magíster en economía, el Fondo se ha visto “superado por el tamaño de la crisis actual”, al ser creado para otra realidad “totalmente distinta”.

El autor de Al borde de abismo, libro que trata acerca de la última crisis de Uruguay, señaló a El Observador que el paradigma de Bretton Woods, las resoluciones de la conferencia monetaria y financiera de las Naciones Unidas surgidas tras la segunda guerra mundial, empezó a desaparecer en la década de 1970 de la mano del aumento del flujo de capitales, en una nueva realidad que el Fondo no logró adaptarse. El FMI es “un acuerdo entre muchos países y ese tipo de cambios son muy lentos”. “El Fondo no está diseñado ni tiene capacidad financiera para tratar crisis de la envergadura de las actuales, tanto en países desarrollados como en desarrollo”, agregó.

La realidad política del mundo, continuó, ha llevado a que el Fondo tenga una mayor eficacia en los países pequeños, con poco poder político. A su vez, es más complicado lidiar con los poderosos y decirles qué tienen que hacer. “Es muy difícil decirle a Inglaterra, a Francia o a Japón, ‘ustedes tienen un problema fiscal o de deuda’”, aseveró Steneri.

En este análisis, que apunta a que el FMI nunca enfrentó a Europa como sí lo ha hecho con América Latina u otra región no rica, no desarrollada, no industrializada, coinciden otros especialistas a nivel mundial.

Un análisis de hace dos años de Kenneth Rogoff, profesor de economía y política en la Universidad de Harvard y ex economista jefe del FMI, destacaba que el organismo apoyaba hasta ese momento todas las iniciativas europeas para rescatar a la periferia sobreendeudada de la zona euro, sin ir a fondo y sin solicitar una reforma del quebrado sistema bancario del continente, arriesgando el dinero de sus 187 miembros y su credibilidad.

Durante los primeros años de la crisis europea, el Fondo intentó convencer en los foros internacionales que la deuda de la zona euro era “sólida como una roca”, según Rogoff. Pero esto, y otras cosas, para el experto se trataba de una “sarta de disparates”. “Probablemente, el mayor deseo de los líderes europeos son créditos fáciles y un fuerte apoyo retórico de parte del Fondo. Pero lo que realmente necesita Europa es el tipo de evaluación honesta y la afectuosa dureza que tradicionalmente ha ofrecido el Fondo a sus otros clientes, aquellos con menos influencia política”, indicó el analista.

En Europa pareció predominar la idea de que la crisis pronto pasaría y que lograrían superar la recesión porque, justamente, se trataba de Europa. Rogoff sugirió que el FMI tuviera un poco del escepticismo que adoptan los analistas de mercados emergentes ante las promesas oficiales y que en el caso europeo no tomara todo al pie de la letra de lo que afirmaban sus dirigentes. “El FMI debe incorporar mucho más de este tipo de escepticismo en su evaluación de las dinámicas de la deuda de la eurozona, en vez de intentar continuamente suposiciones forzadas que harían aparecer a la deuda como sostenible”.

Sigue prestando. En el FMI incluso se ha trabado un proceso de reforma por el cual se establecería un nuevo sistema para el reparto de cuotas, con la idea de incrementar las aportaciones –y la influencia– de las economías emergentes. El nuevo esquema, aprobado en una cumbre del G 20 en Seúl en 2010, no ha entrado en vigor al no ser ratificada por algunos parlamentos de los países miembros, entre ellos Estados Unidos.

La reforma prevé que los países desarrollados cedan hasta 6% de su poder de decisión a las naciones emergentes, algo que se traspasaría a la cuota al FMI de cada cual. Estados Unidos seguiría conservando su cuota del 17%, al igual que Japón que tiene el 6%; China subiría al tercer lugar superando a Alemania, Francia y el Reino Unido, mientras que los BRICS –Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica– aumentarían su participación del 10% al 14%.

Las reservas del Fondo se encuentran en torno a los US$ 400.000 millones, cifra escasa para afrontar una crisis de gran calado. En 2012, el Banco Central Europeo (BCE) incrementó los recursos del fondo de rescate de la eurozona hasta en torno a US$1 billón. Expertos aseguran que los países emergentes ya están en condiciones de ser grandes aportantes a esta reserva. El año pasado el FMI intentó sin suerte captar más dinero de sus países miembros con el que incrementar su capacidad crediticia en US$500.000 millones.

De cualquier modo, el organismo internacional continúa prestando y colaborando, más no sea en conjunto como sucede en Europa, donde conforma la “troika” de acreedores –junto a la Comisión Europea y el BCE– que gestiona los rescates de varios países de la zona del euro, conformada por 17 naciones.

“Claramente, el FMI ha cambiado su rol. Específicamente, al mejorar las condiciones relativas de los países emergentes, el FMI ha dejado de prestar, particularmente en Asia y en América Latina”, dijo a El Observador Claudio Loser, ex director del FMI para el Hemisferio Occidental.

El economista argentino explicó que el Fondo ha seguido prestando a los países europeos y ha dado línea de crédito a otros. Concuerda en que al compartir las decisiones en el viejo continente con el gobierno de la UE y el BCE, el poder del FMI en Europa se ha diluido. “Pero sigue teniendo una posición de liderazgo”, aclara. “Una diferencia importante es que los países europeos no sólo dependen del FMI sino de las otras dos entidades para las operaciones de rescate y por eso el FMI aparece como con menos poder. Sin embargo, aun en las crisis latinoamericanas, los principales países ‘avanzados’ tenían gran influencia y contrapesaban al FMI. El caso más claro fue el de Uruguay en 2002”, añadió.

Ante la afirmación de que el fin del Fondo se ha tornado obsoleto, Loser indicó que eso forma parte de la retórica latinoamericana. “Se dijo en la década de 1970 con el boom petrolero y financiero. También en la década de 1990 (salvo México, Argentina y Uruguay en 1995), y ahora de nuevo. El FMI parece perder importancia cuando hay boom, pero la situación se revierte cuando las circunstancias cambian”, insistió el ex hombre del organismo internacional.

En ese sentido, afirmó que es muy probable que se vaya hacia un resurgimiento del FMI en la región ante una Argentina y un Brasil en desaceleración y con precios internacionales estáticos. Detalló que el Fondo prestó el máximo como porcentaje del PIB mundial en la década de 1980, cuando América Latina no tenía acceso a mercados privados, con préstamos desembolsados de 0,5% del PIB mundial.

“Con vaivenes, este número se contrajo hasta alcanzar solo el 0,03% en 2007, en el pico del boom. Desde entonces los montos prestados han alcanzado niveles de 0,2% en este momento, niveles muy parecidos a los de fines de hace 15 años. Más aun, los montos comprometidos, que en 1996 sumaban US$30.000 millones (15% del PIB mundial), ahora llegan a US$150.000 millones, que es el doble en proporción del PIB mundial. En definitiva, más allá de los montos en sí, que parecen siempre pequeños el FMI presta más que nunca y con el mismo tipo de críticas que existieron en el pasado, solamente que por ahora no en América Latina”.

El final de una época. El FMI mantiene vínculos a través de líneas de créditos con las naciones de la región, pero ya no se trata de la dependencia de antaño.

Países como Uruguay, Argentina y Brasil han cerrado sus deudas con el FMI y con ella se dio el fin a una etapa. 

En noviembre de 2006, Uruguay terminó de cancelar la deuda que mantenía con el FMI, de US$1.080 millones, por lo que cumplió todas las obligaciones por capital e intereses. Fue un pago anticipado, acordado entre las partes, de un programa que finalizaba en 2008. “Al cancelarse la deuda, se permitirá una importante reducción de la deuda pública bruta del Uruguay, continuando el proceso que significa seguir reduciendo el cociente entre deuda y producto”, indicó el entonces ministro de Economía, Danilo Astori. 

Argentina y Brasil, en cambio, decidieron cortar con el vínculo en decisión unilateral. Tras la tormentosa relación durante y después de la crisis de finales de 2001 y principios de 2002, Argentina pagó la deuda con el FMI a comienzos de 2005 al desembolsar US$9.500 millones. De esa manera, Argentina salió del default. “Argentina podrá ahora marchar hacia el futuro sin imposiciones, con autonomía y tranquilidad, sin urgencias impuestas ni presiones indebidas”, dijo el entonces presidente argentino, el fallecido Néstor Kirchner. 

Brasil, por su parte, saldó lo debido con el FMI el mismo año que Argentina, pero sobre diciembre, al adelantar un pago de US$15.500 millones al organismo multilateral. El préstamo con Brasil, acordado en 2002, había sido de US$41.750 millones. “Estamos en una situación en la cual podemos anticipar y eso habla de nuestras reservas líquidas”, dijo el ministro de Finanzas brasileño del aquel momento, Antonio Palocci. 

Los brasileños sustentaron el pago con las reservas internacionales que crecieron aquel año gracias a un fortalecimiento del real que llevó al Banco Central a una fuerte adquisición de divisas. El real en aquel entonces había alcanzado su nivel máximo en cuatro años y medio, según un análisis de BBC Mundo.