América Latina enfoca un área peculiar del globo. Un espacio del planeta donde hasta hoy nadie se ha desarrollado. En el cual, cuando algún país ha bordeado temporalmente indicadores de nación desarrollada, pronto la tendencia se ha quebrado y el retroceso ha aparecido, largo y difícil de revertir. Argentina o Cuba grafican bien esta observación.

Aquí -desde el Rio Grande hasta la Patagonia- creemos en la diferencia entre crecimiento y desarrollo. Como si realmente configurasen fenómenos diferentes. Como si un proceso pronunciado y sostenido de crecimiento económico no nos llevase inexorablemente al desarrollo.

Aquí en Latinoamérica, frente a casi cualquier problema o frustración, sostenemos que “hay un déficit de Estado”. Nos resulta cómodo y fácil. Con diferentes matices en cada país, el Estado (léase: el aparato y las regulaciones cambiantes del gobierno de turno) debería ser el gran curador de todos los males. Si nos falta una oferta de capital humano competitivamente formado, descargamos nuestra preocupación sobre la burocracia. Después de todo, a lo largo de toda la región, queremos -dizque exigimos- una educación masiva y de calidad y gratuita. Si esto no sucede -si la educación pública en mano de la burocracia y los sindicatos bordea estándares de calidad e integridad deplorables- en la región se cierra los ojos.

Después de todo, hasta el más cándido elector puede entender que el costo o financiamiento del presupuesto de un sistema educativo que proporcione una educación de calidad y masiva resulta inalcanzable. Sobre todo si -además- todos tendremos que aceptar que existen muchos otros déficits de Estado por cubrir como la salud pública, defensa medioambiental y de la biodiversidad, seguridad ciudadana, defensa nacional, sistemas previsionales estatales, y provisión de justicia o de infraestructura básica a lo largo de todas las provincias, entre otros.

Aquí también -como los supuestos déficits de Estado abundan- aparece la inclinación a proteger y controlar. Hay que proteger al que no se esfuerza o al que se equivocó. Y controlar todo lo que se pueda. No miremos solo episodios en Brasil, Chile, Venezuela o Perú.  Ponderemos la norma: le tenemos terror al mercado y a sus soluciones. El miedo a dejar flotar el tipo de cambio ha explicado centenas de crisis macroeconómicas en la región, sólo en las últimas décadas. En medio de la actual crisis global –por ejemplo– comparemos cómo ha golpeado nuestro ritmo de exportación el apostar a pasar la crisis sin dejar que el mercado se ajuste vis a vis con lo sucedido en China.

Pero si usted cree que solamente debemos reenfocar la forma en que permitimos que lo estatal modele nuestra economía, está equivocado. La mayor diferencia entre la Latinoamérica hasta hoy siempre subdesarrollada y la Europa desarrollada y un sudeste asiático con varias naciones desarrolladas, estriba en el hecho de que ellos resultaron capaces de no bloquear a sus agentes más exitosos. La inclinación de sospechar o hacer que pague más el que tiene éxito es altamente destructiva. Bill Easterly, economista de la Universidad de Nueva York, nos recuerda continuamente que las naciones pobres piden ayuda y tienen mamones mercantilistas. Las naciones desarrolladas tienen mercados y billonarios.

Aquí, nos gusta el progreso, pero nos dejamos encandilar por ideas fáciles y socialistonas. Nos encanta “crecer con equidad” por más que resulte toda una herejía (refrendada por la evidencia empírica). El buscar crecer y además buscar equidad, implica crecer menos y mucho más lentamente.

Nadie en nuestra clase política parece conocer que crecer con equidad también implica reducir la pobreza mucho más lentamente. Como sostenía Paul Samuelson, los políticos ofrecen lo que la gente quiere escuchar. Así terminamos escogiendo gobiernos que por parecer más progresistas, redistributivos o románticos, optan por esquemas que implican tener más pobreza.

La búsqueda continua de equidad explica nuestra lentitud creciendo y desarrollándonos. Para que Chile, la estrella económica regional -con un ingreso per cápita equivalente a un quinto del de un habitante de Singapur- se nivele con esta pequeña economía asiática (cuyo ingreso real por habitante le resultaba similar a mediados de los 60), tendría que ajustar muchas cosas en su modelo de estos tiempos. ¿Podrá Chile? ¿Podrá su nuevo presidente comprometido a no desechar “lo avanzado”?

Algo debe quedarnos claro. América Latina, hoy, puede desinflar su problema y desarrollarse. Pero para eso requiere liderazgos. Liderazgos que entiendan que las ideas erradas cuestan.