Conociéndose la magnitud de los desequilibrios que fueron derrumbando la arquitectura financiera aceleradamente entre 2007 y 2008, y anticipándose las consecuencias globales que ello tendría, las reacciones de los gobiernos fueron agresivas e inmediatas, tal como lo recomendaban los expertos en crisis y depresiones. Por esas coincidencias que tiene la vida, uno de sus más grandes exponentes, Ben Bernanke, ya se encontraba dirigiendo la Reserva Federal, y le tocó poner en práctica todo aquello que escribió prolijamente durante su etapa en la academia. Hubo un convencimiento global de las acciones a desarrollar y con ello se fueron poniendo en práctica un conjunto alucinante de ayudas fiscales así como aquellas destinadas a proveer liquidez a los mercados.

Con todo ello, luego de estabilizar las enormes caídas de la producción, ya se empieza a observar recuperaciones. Los países emergentes son los que claramente vienen saliendo, pero son los desarrollados los que muestran recuperaciones débiles, lentas y aún no extendidas. Los resultados de Estados Unidos, el Reino Unido y los países de Europa, si bien cada vez más  positivos, no terminan de ser consistentes y aún se observa una enorme debilidad en el consumo y los datos crediticios. Y no hay que minimizar la gran preocupación que trae la situación del mercado de trabajo, con tasas de desocupados que en algunos países han duplicado su nivel previo. Y es que si bien se observan signos de mejora, es evidente que las economías continúan manteniéndose con respirador artificial y que por tanto, en la situación actual, es más que arriesgado dejar al paciente a su suerte. Ejemplos de ello están más que documentados en la historia de las crisis. Pero la pregunta que cae por su propio peso es ¿por cuánto tiempo más dejar las ayudas?; sabiendo sobre todo que los recursos no son infinitos. Esto nos lleva a pensar en los costos y los retos que se imponen hacia el largo plazo.

La “salvación del mundo” ha significado altos déficits fiscales y elevadas deudas públicas. De  acuerdo a las proyecciones del Fondo Monetario Internacional, el desbalance fiscal de las  economías de Estados Unidos y el Reino Unido son históricos. Cuando uno hace un análisis a los déficits primarios estructurales, se observan niveles negativos cercanos al 8 % del PIB en el Reino Unido, 7% en Japón y bordeando el 4% en Estados Unidos. Proyecciones para los próximos cinco años muestran saltos desde el 50% del PIB al 100% en el caso del Reino Unido y desde el 68% al 100% en el caso estadounidense. Esta situación financiera ya plantea una enorme desconfianza de los agentes en la sostenibilidad de estas políticas, cosa que se refleja en la actual pendiente de los Spreads y en los cambios de perspectivas y downgrades que las agencias clasificadoras de riesgo están empezando a circular para algunas economías importantes.

En el lado monetario, los bancos centrales han sido sumamente agresivos, reduciendo tasas de interés y proporcionando toda la liquidez que garanticen reacciones inmediatas en caso de que los mercados se encuentren bajo stress, a fin de evitar volatilidades y asegurar la confianza de los agentes. Pero estas políticas de tasas de interés bajas (o casi cero) han generado enormes desequilibrios llevando particularmente a que los mercados bursátiles se presenten en niveles altos desde las perspectivas de muchos, lo que hace temer la presencia de burbujas. Esto puede estar siempre en discusión, porque las burbujas son a veces difíciles de identificar dado que en su momento son tomadas como signos de fortaleza. Aunque en la situación actual, con el crédito y la demanda aún estancados, es muy difícil hablar de fortalezas. No obstante, ahoracualquier noticia parece alimentar esta espiral. Cuando las noticias de la recuperación son buenas implica inmediatamente incremento de las bolsas; y, cuando las informaciones son negativas, pues también el mercado va al alza, porque ello significa que los bancos centrales no subirán sus tasas de interés.

Todo esto nos plantea el dilema de las salidas. Por un lado están los riesgos de la insostenibilidad de las deudas públicas y el elevado estímulo monetario que pudiera dañar las perspectivas a largo plazo de las economías, y por el otro lado está el hecho de que las mismas siguen estando muy débiles y que una salida muy temprana pueda generar un double dip a la japonesa o peor. Entonces, ¿Cuál es el timing adecuado para la salida? ¿Cómo evitar dañar la recuperación aparentemente en marcha, cuando ya los mercados parecen también exigir poner en orden la casa? Difícil panorama el que se nos viene.