Lo ocurrido en estos tiempos en Atenas no se asemeja a las moralejas de las tragedias griegas del período clásico. En este caso no parece haber enseñanzas, por lo menos no son absorbidas por buena parte de los gobernantes socios de la Unión Europea, que insisten con colosal tozudez en las mismas recetas que provocan la debacle.

En la tierra de Sófocles, donde en boca de Antígona nace la idea del derecho como anterior y superior a los aparatos estatales, se entroniza el omnipotente Leviatán que invade todas las esferas privadas, donde la deuda asciende a US$420.000 millones (115% del PBN), el déficit fiscal ha trepado a casi el 14% de lo producido y el gasto público llega al 60% de esa producción anual, además de haber creado una espesa maraña tributaria, haber implantado un sistema de pensiones quebrado de antemano y la regulación salarial conduce a que 580.000 personas no encuentren la posibilidad de emplearse (a pesar de las incorporaciones en la administración pública de los últimos tiempos).

El gobierno socialista de Giorgos Papandreu piensa resolver la crisis mayúscula que ha sumido a su país, con la financiación compulsiva por parte de los habitantes de otros países miembros de la antedicha unión (30.000 millones de euros y 15.000 millones adicionales del FMI, según declara el actual ministro de Economía, G. Papaconstantinon). Entre tanto, como una muestra de lo que curiosamente se considera una señal seria de autodisciplina, se congelan salarios en la administración pública, se propone incrementar impuestos y se estira con retroactividad la edad jubilatoria, con lo que naturalmente aumenta la intensidad de la luz roja de la célebre calificadora newyorkina fundada por John Moody en 1909.

Por su lado, Christis Katosiotis, el líder sindical afiliado al Partido Comunista, interpreta que la fenomenal crisis se debe al sistema capitalista que “declara la guerra a los trabajadores, lo cual amerita la guerra defensiva puesta en marcha”. Las calles de varias de las ciudades griegas se llenan de enfurecidos manifestantes que, bajo la lluvia y otras inclemencias del tiempo, se pronuncian por más intervención gubernamental en los negocios privados.

Se cree que las aludidas financiaciones “salvarán al euro” sin percatarse que no sólo acentuará el riesgo moral, sino que intensificará los graves problemas de otras naciones miembro. Después de Grecia le tocará el turno a Irlanda, Portugal, España e Inglaterra (en este caso en buena medida el curso de los acontecimientos dependerá de las elecciones del 6 de mayo), que se encuentran en situaciones límite, debido a las mismas causas de demagogia y despilfarro gubernamental en gran escala (para no decir nada de los desaguisados en EE.UU. En este sentido, dada la admiración que la actual administración le profesa a F.D. Roosevelt, resulta oportuno recordar un pensamiento del ex senador Robert A. Taft: “existe un peligro mucho mayor de infiltración de las ideas que provienen del círculo del New Deal en Washington, que  todas las que puedan existir por parte de cualquier actividad de los comunistas y de los nazis juntos”).

Es increíble, pero cierto, que cada uno de estos grotescos barquinazos provocados por el apartamiento de los valores, principios e instituciones de la sociedad abierta, es decir, por el constante rechazo a los consejos del liberalismo clásico, reiterados una y otra vez por las opiniones más autorizadas, cada nueva caída decimos, paradójicamente, se le endosa la responsabilidad al capitalismo y a los mercados libres.

Los gobernantes de nuestra época operan como lo hizo Agamenón cuando fue descubierto cortejando la mujer de Aquiles. Relata Homero, en La Ilíada, que el primero se justificó diciendo “yo no soy el culpable, sino Zeus […] La divinidad es la que lo dispone todo”. Como Agamenón, los gobernantes no asumen sus responsabilidades y pretenden distraer las miradas en causas inexistentes.

Es notable cómo a raíz de la estafa de Madoff, basada en el esquema Ponzi (realizada con más enjundia, perseverancia y volumen por los gobiernos todos los días), muchos de los burlados, en lugar de asumir las responsabilidades, le endosan las culpas al gobierno estadounidense, lo cual estimula a los burócratas a intervenir más allá de sus funciones específicas.

Precisamente, en otra manifestación de arrogancia, ahora ese gobierno pretende inmiscuirse aún más en el mercado financiero, a través de una mayor regulación (momentáneamente suspendida en el Senado), entre otras cosas, para la utilización de los derivados o derivativos (instrumentos financieros que se traducen en contratos sobre valores futuros subyacentes como materias primas, acciones, tasas de interés, tipos de cambio, etc., que se pueden concretar a través de opciones, swaps y otras variantes, riesgos que pueden eventualmente mitigarse operando simultáneamente con otros activos cuyos valores se conjetura se moverán en la dirección opuesta) y, en lugar de apuntar a Freddie Mac y Fannie Mae, la Ley de Inversión Comunitaria y la manipulación gubernamental de la tasa de interés (de descuento y referenciales) como causantes de la burbuja inmobiliaria, busca chivos expiatorios como son ahora los casos de Lloyd Blankfein y Fabrice Tourre de Goldman Sachs (sin perjuico del lobby inaudito de esta y otras empresas... parecen ignorar la rotunda condena de Madison a las facciones en el número 10 de los Papeles Federalistas).

No se comprenden los principios jurídicos establecidos por los Padres Fundadores estadounidenses tomados de las mejores tradiciones de Occidente, en cuanto a que el aparato de la fuerza castiga las lesiones al derecho, pero no se inmiscuye en nuestros domicilios por si estuviéramos tramando un delito. Un fraude denunciado y debidamente comprobado no debe confundirse con el “excesivo” riesgo que asume y acepta un cliente, y si hubiera malas o pésimas administraciones, como surge de algunos correos electrónicos (que no deberían haberse interferido), no es cuestión del gobierno, sino de los inversores.

Los “delitos de intención” de Robespierre no caben en las estructuras jurídicas civilizadas. Cada uno debe asumir las responsabilidades por los contratos que lleva a cabo, con o sin las auditorias que crea conveniente incorporar, y solo se recurre a la fuerza de carácter defensivo cuando se ha producido una lesión al derecho. El aparato de la fuerza no debe inmiscuirse en los negocios de Wall Street, pero tampoco “ayudarlos” con los recursos detraídos coactivamente de los contribuyentes (por más que algunos devuelvan los recursos, se trata de un saqueo, ya en caso de que operadores estimen que debe prestárseles, lo harían en los plazos, tasas y condiciones que el mercado establece).

También respecto de EE.UU., en esta instancia, con sus endeudamientos colosales y las impertinentes intromisiones en los negocios privados, ha marcado el camino para la tragedia griega y otras muchas tragedias del momento. Recordemos que Earl Brown, quien fuera la cabeza del Partido Comunista estadounidense, ya el 19 de junio de 1966 consignó en el Pittsburgh Press que “América [EE.UU.] está recibiendo el socialismo de a pasos, a través de los programas del Estado benefactor […] Los americanos [estadounidenses] no estarían dispuestos a votar por un programa bajo el rótulo de 'socialismo', pero con la etiqueta de Republicano o Demócrata están en gran medida a favor de la idea”.

No me explico el porqué de las pocas voces que se levantan airadas en protesta por esta tragedia griega, que no solo tiene lugar en Grecia. Sospecho que, en gran medida, las llamadas “mayorías silenciosas” se mantienen en silencio por la sencilla razón de que no tienen nada especial que decir.

Antes que nada, lo que estimo sí conviene decir y en voz alta es que hay que ser cuidadoso al referirse a las cuentas fiscales. No debe ponerse el carro delante de los caballos: la responsabilidad fiscal tiene su importancia, pero lo realmente relevante es el respeto por las autonomías individuales, es decir, respetar los espacios de libertad que pertenecen a cada uno.

Como he escrito antes, puede concebirse que en un país no haya déficit fiscal y, sin embargo, instaure un inmenso Gulag. De lo que se trata es que cada persona sea libre de seguir el camino que considere pertinente, sin la intromisión de los aparatos estatales ni de nadie. Cada uno debe asumir la responsabilidad por sus propios actos. El ser humano tiene un valor en sí mismo y no es el medio para los fines de otros. La solidaridad es por definición un acto libre y voluntario, de lo contrario no es solidaridad, sino un atraco y una invasión a la privacidad y al derecho de otros. No hay derecho contra el derecho, no puede alegarse la facultad de bloquear las facultades de otros al hacer uso del fruto del trabajo ajeno. Este es el método por el que se establece un sistema en el que la sociedad se convierte en un inmenso círculo en el que todos tienen metidas las manos en los bolsillos del prójimo, con lo que se derrumba todo incentivo para progresar. No es que deba hacerse la apología de la irresponsabilidad fiscal, pero el motivo por el que las personas se reúnen en sociedad es la cooperación social pacífica y voluntaria, y no el saqueo recíproco y el consiguiente canibalismo colectivo.

Desde Luxemburgo, ahora Miguel Ángel Moratinos, el ministro de Asuntos Exteriores español, presiona para que el “salvataje” a Grecia se acelere, porque ve venir que el próximo país en línea para el pedido de socorro será España, que ya está en una situación negra, también por la irresponsabilidad socialista.

Lo que hoy ocurre en Grecia se generalizará a otros lares en la medida en que se generalicen los implacables tentáculos del Leviatán. Ya es hora de aplacar a los megalómanos en su sed ilimitada por tratar a los gobernados como simples apéndices de los caprichos de quienes detentan el poder. Es menester que se estudien y repasen los fundamentos de una sociedad abierta para que las “mayorías silenciosas” dejen de mantenerse silenciosas, en defensa de sus propia supervivencia.

Hace falta una buena dosis de ejercicio filosófico: la gimnasia de pasar de lo patente a lo latente, en el contexto de una dialéctica siempre actualizada y pulida sobre la sociedad libre (desde luego, en el sentido original-platónico de la dialéctica, y no en la acepción hegeliana-marxista de la expresión).

En términos más generales, la forma de salir del marasmo en el que en gran medida hoy se encuentra el mundo consiste en hacer un alto en el camino y tener una mirada interior más atenta. En este sentido, me parece oportuno cerrar esta columna con algunos pensamientos de George Carlin -me los envió mi amigo don Julio Lowenthal-, en los que se comprueba que un comediante puede escribir cosas más serias de las que exhiben muchos de los que se consideran serios: “la paradoja de nuestro tiempo en la historia es que contamos con edificios más altos pero temperamentos más escuetos; carreteras más anchas pero puntos de vista mas estrechos. Gastamos más pero tenemos menos, compramos más pero gozamos menos […] Contamos con más expertos pero tenemos más problemas […] leemos muy poco pero vemos demasiada televisión […] Hemos multiplicado nuestras posesiones pero reducido nuestro valores […] Hemos aprendido a ganarnos la vida pero no una vida […] Hemos conquistado el espacio exterior pero no nuestro espacio interior […] Hemos limpiado el aire pero hemos contaminado el alma […] Planeamos más pero logramos menos […] En estos días, contamos con casas más vistosas pero hogares destruidos […] Es un tiempo donde hay más en la vidriera pero nada en el depósito […] Y siempre recordemos: la vida no se mide por el número de alientos, sino por los momentos en los que quedamos sin aliento”.

Esta columna fue publicado inicialmente en el centro de investigación de políticas públicas El Cato.org.