Tal parece que, después de todo, el fantasma de la inflación no recorre aún los pasillos de los bancos centrales del hemisferio. Pero en previsión de su posible retorno, cabría hacer algunas reflexiones sobre las mutaciones que habría sufrido ese monstruo en décadas recientes.

Años atrás una revista de la región convocó a una serie de analistas para realizar un ejercicio de futurología en torno al tema “América Latina 2021”. El personaje encargado de hacer predicciones en torno a la evolución de los gobiernos comenzaba sosteniendo lo siguiente: “no quiero pasar por pitoniso, pero no cabe la menor duda de que los gobiernos, en el año 2021, tendrán un nivel optimo de información. Se basarán en proyecciones más confiables sobre el comportamiento de la economía y, sobre todo, las tendencias del electorado”.

Suena razonable: nuestra capacidad para recopilar, almacenar, procesar y distribuir información se ha incrementado exponencialmente en las últimas décadas, gracias a los desarrollos en la informática y las telecomunicaciones. Pero paradójicamente es ese desarrollo tecnológico el que nos exige desempañar nuestra bola de cristal para dar una nueva (e incierta) mirada al futuro.

La paradoja consiste en que, mientras por un lado las “tecnologías de la información” nos proveen de los medios necesarios para hacer mensurable hasta el último gramo de la producción primaria e industrial, por el otro está dando origen a una economía basada en servicios cada vez menos tangibles y visibles, particularmente difíciles de cuantificar. Un ejemplo de ello es un informe elaborado hacia fines de los 90 por una comisión de economistas designada por el Comité de Finanzas del Senado estadounidense. En éste se indicaba que el Índice de Precios al Consumidor (IPC) habría sobrestimado la inflación anual de los Estados Unidos en 1,1% como promedio en las dos décadas previas (ello en un país donde, en esos años, la inflación anual había permanecido por debajo del 3%). El informe pasó desapercibido no porque lidiara con abstrusas consideraciones técnicas fuera de alcance para el común de los mortales, sino más bien por sus explosivas implicancias políticas. Por citar sólo un ejemplo: las pensiones de jubilación en los Estados Unidos están indexadas a la inflación.

La sobrestimación de la inflación tendría dos causas. Una de ellas tiene que ver con el hecho de que las variaciones en los niveles de precios y producción de un bien o servicio han de medirse en una unidad de producto claramente definida. Ello no supone mayor problema cuando lo que se mide son, por ejemplo, toneladas métricas de hierro, pero ¿cuál es la unidad de producto en servicios que, como la “producción” de software, consisten esencialmente en la generación y empleo de ideas?

Recordemos, por ejemplo, la denuncia contra Microsoft por hacer uso indebido de su virtual monopolio de sistemas operativos (a través de Windows), con el fin de promover su programa de acceso a internet (Explorer) a expensas del programa Navigator de su competidora Netscape. El argumento de Microsoft fue que el sistema operativo  Windows y su software Explorer constituían en realidad un sólo producto, y el proceso judicial se abocó en buena medida a determinar si ese era un argumento válido.

Ahora bien, lo dicho no explicaría por qué los errores en la medición de la tasa de inflación suponen una sobrestimación sistemática de la misma. Ello se explica por un problema previo con las técnicas de medición convencionales: éstas no sólo tienen problemas para definir la unidad de medida relevante para cuantificar variaciones en los niveles de precios y producción de ciertos bienes y servicios, sino que, además, tienen problemas para definir cuáles son los bienes y servicios cuya medición es relevante.

El argumento en síntesis es que la canasta de bienes y servicios, en base a la cual se confecciona el IPC, subestima la incidencia de los nuevos productos que introducen en el mercado las nuevas tecnologías, así como las mejoras que éstas suponen en la calidad de los productos ya existentes. Ello provocaría no sólo una sobrestimación de la inflación, sino además una subestimación del crecimiento en los niveles de producción y productividad.

Por ejemplo, el aporte de las tecnologías de la información (TIC) al incremento de la productividad, en diversos sectores de la economía, antes que en los criterios de medición convencionales (reducción del costo por unidad de producto), suele expresarse a través de mejoras en la calidad del servicio y ahorro de tiempo en su prestación.