El triunfo de Sebastián Piñera en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del 17 de enero pasado en Chile, hizo historia al entregarle a la derecha chilena su primer triunfo en 52 años. Guardando las proporciones, el triunfo de Piñera es equivalente al de Vicente Fox en México que desterró del poder al PRI en el año 2000, después de 70 años en el poder. Tal como en México en su momento, las expectativas son muy altas y será muy difícil satisfacerlas; ello se ha notado en los análisis clasistas que muchos han hecho para evaluar el nombramiento del primer gabinete que acompañará al presidente electo desde el 11 de marzo.

En efecto, se ha dicho que, en general, pertenecen a la elite económica del país y no representan su diversidad, y que, por lo tanto, no entienden los problemas del chileno medio. Que es muy tecnocrático; que casi todos son de la misma universidad, que tienen apellidos extranjeros (¿no lo son casi todos en un país de origen colonial?), etc. Con ello se juzga y condena a priori y no se les permite mostrar si son capaces o no de resolver los problemas del país y se ignora el sacrificio económico que casi todos están haciendo por entrar al servicio público en el cual pueden permanecer, tal vez, pocos meses en algunos casos, o cuatro años como máximo. Si, por otro lado, se tratara que el gabinete fuera “representativo” del país, cosa que tampoco ocurrió en los cuatro gobiernos de la Concertación, los ministros no deberían ser más que egresados de enseñanza media. ¿Absurdo, no?

Sin embargo, ésta es la realidad con que comienza un gobierno a cuyo término esperamos que, en lo político, se hayan reducido las odiosidades de clase tan características de nuestra historia y que comenzaron a desaparecer con la misma elección de Piñera que derrotó a los históricos dos tercios del centro y la izquierda chilena. Esperamos, además, que todos aquellos representantes de la vieja guardia, protagonistas de la lucha por la democracia durante la dictadura del general Pinochet y quienes contribuyeron, por el otro lado, a una transición ejemplar en 1988-1990, pasen definitivamente a retiro y les dejen la responsabilidad, a ambos lados del espectro político, a las nuevas generaciones, mejor preparadas para enfrentar el futuro y dejar el pasado en los libros de historia, aunque no en el olvido.

Como se ve, el desafío político no es menor y, como a Fox, a Piñera puede resultarle poco grata la evaluación popular en cuatro años más, pero que, como aquél, les deje a sus conciudadanos un país irreversiblemente diferente y mejor al que está comenzando a gobernar. En lo económico, el desafío tampoco es pequeño ni fácil. El nuevo gobierno tiene que sentar las bases para que el crecimiento económico en el mediano plazo sea sustancialmente más elevado que el pobrísimo 2,6% de los últimos cuatro años y el pobre 3,2% de los últimos 12. Lo fundamental es lograr que la productividad, estancada desde 1997, vuelva a crecer un 2% al año, que la inversión se acelere hasta promediar 28% o 30% del PIB (a precios corrientes) y el empleo crezca de manera que la tasa de participación se eleve del 56% al 64% en los próximos 10 años, incorporando un millón de chilenos al mercado laboral y beneficiando especialmente a los dos quintiles más pobres de la sociedad.

¿Cómo se hace lo anterior? Transformando al sector público en un facilitador del emprendimiento y no lo contrario, flexibilizando mercados, con regulación más eficaz y menos distorsionadora; facilitando e impulsando el emprendimiento de las pymes, para lo que la guía del estudio Doing Business del Banco Mundial puede ser un referente esencial, particularmente en todo lo vinculado al capítulo “cierre de un negocio”, en el que Chile se ubica en el lugar 114 del mundo. Un cambio fundamental, por otro lado, que debe producirse con el cambio de gobierno, es respecto de la forma en que se resuelven los problemas. El enfoque actual es regulación y más Estado, donde se pueda y cada vez que se pueda. El enfoque correcto, y que debería adoptarse, es generar las condiciones para que exista más competencia cuando ésta contribuye a resolver los problemas que existan en el mercado y la generación de incentivos adecuados para provocar las conductas deseadas y desincentivar las indeseadas. Ya veremos, en cuatro años más.