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Dulce Chaco

Las abejas nativas sin aguijón podrían convertir al Norte Grande de Argentina en un oasis sustentable. Tanto así, que el Banco Mundial se ha interesado en potenciar el ancestral oficio de la meliponicultura para que las comunidades se beneficien de la biodiversidad
Sábado, 29/02/2020 Gianni Amador

Cada mañana, con la salida del sol, Hugo Enggist inicia su jornada de pastoreo llevando su ganado campo adentro, en Bermejo, al este de la provincia argentina del Chaco. En su recorrido, es habitual toparse con árboles añosos que, de tanta vida, han caído inertes al suelo arcilloso. No se trata de árboles cualquiera: son refugios de abejas nativas sin aguijón, una especie propia del trópico que abunda en el Norte Grande de Argentina y que ha convertido a esta región en un yacimiento inexplorado para la producción de la miel.

Para Enggist, esta realidad no representa ninguna novedad. Conoce a esas abejas desde niño, acostumbrado al zumbido de las Tetragonisca fiebrigi o las Scaptotrigona jujuyensis, como buen nativo del Chaco. Sin embargo, es él quien ha dado un vuelo transformador: cuando su existencia cumple 63 años de dedicación exclusiva a la ganadería, ha sumado a su vida un oficio delicado y sutil en medio de la rudeza del campo, la meliponicultura o crianza de las abejas sin aguijón para “salvar el bosque”.

El Chaco es una de las diez provincias que constituyen el Norte Grande argentino, y casi la mitad de su superficie está cubierta de bosques nativos. Se trata de una extensa área vegetal protegida que sirve de hábitat para las más de 400 especies de meliponas (sin aguijón) y que depende de ellas para su preservación. Pero hoy el bosque se encuentra fuertemente amenazada por la deforestación y la degradación, y las abejas pueden ser su salvación.

“La relación entre la abeja y el bosque es como una simbiosis. La supervivencia de uno colabora con el otro”, sentencia Rubén Geijo, jefe del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria-Extensión Rural Basail (Chaco). Un dato que ratifica la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO): el 73% de las especies cultivadas en el mundo son polinizadas por las abejas. Eso significa que colaboran con una cantidad importante de especies y ayudan a su propagación.

Pero sin bosque nativo tampoco hay abejas y, por tanto, peligraría la producción de miel en Argentina, un escenario que a toda costa quiere evitar el tercer país exportador mundial del fluido dulce y viscoso (solo superada por Nueva Zelanda y China), con una producción de 52.000 toneladas al año, aunque una amenaza que no está lejana: el país, a su vez, ocupa el quinto lugar entre los países de Latinoamérica con mayor mortalidad de estos insectos, con 34% de pérdida de colmenas, según un estudio realizado por la Sociedad Latinoamericana de Investigación en Abejas (Solatina), en 2017. Solo la superan en esta mortandad Chile (56,1%), Colombia (45%), Venezuela (45%) y Brasil (37%).

Y aunque las ventas de miel en Argentina corresponden principalmente a la producción apícola y no a la de abejas sin aguijón, su potencial exportador es considerable y representa la mayor oportunidad sustentable para el Norte Grande del país. “Es un yacimiento inexplorado de un producto de altísima calidad”, destaca Emiliano Ezcurra, vicepresidente de Administración de Parques Nacionales de Argentina, quien no duda en comparar hasta parecer exagerado a la región con otras potencias: “El norte argentino es una especie de Kuwait de la miel, o una Vaca Muerta de la miel, que estamos comenzando a explorar”.

Manos a la obra

El ganadero Hugo Enggist, ahora aprendiz de melinopolicultor, rescata los nidos de los árboles caídos con los que se topa o cuando sabe que una colmena está en peligro. Para ello, ha sido capacitado y dotado de herramientas que le permiten combinar el conocimiento ancestral y la tecnología para el cuidado y cosecha de las colmenas. “Hay que tener muchos conocimientos técnicos para darle el tratamiento correcto a las abejas”, justifica.

La reconversión de Enggist es apenas una entre los muchos habitantes locales que se han involucrado en esta nueva actividad, como resultado de las oportunidades surgidas de un conjunto de proyectos que buscan impulsar la meliponicultura para que las comunidades se beneficien de la biodiversidad.

Uno de ellos es el proyecto Corredores Rurales de la Administración de Parques Nacionales, financiado por el Banco Mundial (BM), que desde hace casi tres años viene apoyando a pequeños productores y grupos de familias nativas en la producción de miel de meliponas en la región del Chaco. “Es un desafío importante, porque tenemos que lograr que las personas cambien su conducta productiva, de muchos años, por otras nuevas para proteger el bosque”, explica Ezcurra, encargado de ejecutar el proyecto. La idea, según añade, es lograr un sistema productivo que no destruya el medio ambiente y beneficie a la comunidad local en el corto, mediano y largo plazo.

Por ello, la Administración de Parques Nacionales se ha enfocado en la generación de la miel. “Lo que estamos haciendo es una escalada exponencial de la producción para que los pueblos prefieran dedicarle más tiempo a la miel, porque les dará más dinero”, explica el vicepresidente de Parques Nacionales. Se trata de una alternativa productiva a partir de un aprovechamiento de bajo impacto de los recursos naturales, una estrategia que el BM considera fundamental para el combate de la pobreza y la conservación del capital natural de los bosques: su biodiversidad y servicios ambientales, como la polinización, el control de la erosión y las inundaciones, la regulación hídrica y del clima local.

“Esta iniciativa pone a trabajar los bosques y sus recursos naturales en favor de los más pobres y a una escala compatible con la de los problemas que buscan enfrentar”, explica Pablo Herrera, especialista del BM en Práctica Global de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Economía Azul. De esta manera, la labor a la que ya se han sumado al menos 40 familias, en cuatro comunidades del Chaco, muestra la viabilidad de un proceso por el que pocos apostaban: el manejo sustentable de los recursos naturales para resolver las necesidades de la sociedad.

Otra iniciativa que impulsa el desarrollo responsable de la meliponicultura es el plan del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, enfocado en el aprovechamiento racional de las abejas nativas sin aguijón, y que obtuvo hace dos años un financiamiento del Fondo Mundial de Medio Ambiente (GEF, por sus siglas en inglés); así como el proyecto de Recuperación de Nidos en Peligro, del Centro de Investigación y Desarrollo Apícola y Meliponícola del Profesorado en Ciencias Agrarias y Protección Ambiental (PROCAyPA). Este último, está siendo aplicado en las provincias de Misiones y Chaco, y ha permitido el rescate de más de 400 nidos.

Las tres iniciativas tienen como base a las comunidades nativas, involucrándolas para que sean parte de la solución. En algunos casos, grupo de familias que ya sabían producir la miel se han constituido en cooperativas, luego de haber cumplido la capacitación y posterior construcción de la infraestructura de purificación de la miel. En el desarrollo de ese proceso, reciben el acompañamiento técnico y son auditados por representantes del BM, hasta la última etapa, correspondiente a la comercialización, para lo cual deben aprobar estándares sanitarios y de calidad.

Un esfuerzo que comienza a dar resultados alentadores: “Con las ventas iniciales de miel de melipona, las comunidades involucradas han obtenido un precio 35 veces superior al de la venta de la miel tradicional”, comenta el especialista ambiental del organismo multilateral, destacando que en otros países se ha logrado agregar incluso más valor a la miel de abejas sin aguijón, mediante su utilización en productos cosméticos y medicinales. “Eso indica un enorme potencial de desarrollo”, proyecta Herrera.

Miel curativa

Ese potencial se sustenta en las propiedades curativas de la miel de abejas sin aguijón, por sobre la de la especie más conocida, la Apis mellifera, debido a que las meliponas pueden absorber mucho más los nutrientes de las plantas, característica que la ha hecho ancestralmente utilizada por los pueblos nativos como medicina. “Es buena para cicatrizar y cuenta con una propiedad bacteriológica muy fuerte, capaz de combatir hongos y bacterias que se transmiten por los alimentos mal conservados”, detalla Rubén Geijo, del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria.

Sin embargo, ¿por qué su comercialización es menor a la de la miel de Apis mellifera? La respuesta está en el ritmo de trabajo de la especie nativa. La producción de kilos por colmenas es cuatro o cinco veces menor que la de las abejas “tradicionales” y se requiere de un gran número de colmenas -no menos de 50 en opinión de Geijo- para lograr una cantidad comerciable. Así, la meliponicultura no ha logrado constituirse con más fuerza como una actividad productiva en el Norte Grande. “En Argentina, no tenemos aún una cultura de producción, es algo nuevo”, explica el experto, al comparar a la nación austral con países como México, Brasil y Colombia, donde -asegura- están más avanzados en la meliponicultura, en cuanto a número de productores, cantidad de producción y comercialización.

Pero Argentina ha comenzado a dar pasos importantes para revertir el escenario y aprovechar esa especie de “yacimiento inexplorado” del que habla la autoridad de Parques Nacionales. El año pasado, la Secretaría de Gobierno de Agroindustria incorporó al código alimentario la miel de la especie nativa Tetragonisca fiebrigi como producto autorizado. “Con esta norma se está impulsando la incorporación de otras abejas al código y dar un mayor respaldo a su comercialización”, celebra Geijo.

Tiempos extremos

Aunque Argentina no solo mira los dólares posibles. También ha internalizado la relación fundamental que existe entre las abejas y el ambiente, un vínculo que el técnico en producción apícola, Fernando Müller, jefe del Centro de Investigación y Desarrollo Apícola y Meliponícola del PROCAyPA, describe nada menos que como “el motor del medio ambiente”.

“Si la abeja no traslada el polen, la flor no se fecunda y entonces no nace el fruto, que sirve de alimento para los animales nativos y el hombre. Pero sin fruto tampoco hay semilla para replantar el bosque”, detalla. Este “ciclo vital” está siendo interrumpido cada vez con más frecuencia por efecto de los eventos extremos que trae consigo el cambio climático, poniendo en peligro la supervivencia de las abejas. “Si se interrumpe el ciclo de la colmena, por mucha lluvia o falta de agua, se modifica su comportamiento, su reproducción y, en consecuencia, su preservación”, enfatiza Müller.

Por eso el BM ha puesto su esfuerzo en el proyecto de Corredores Rurales como parte de una estrategia clave de adaptación, al permitir que las especies de planta del bosque nativo y los animales tengan una mayor “conectividad” sobre la cual contar para desplazarse bajo la presión de los cambios en el régimen hídrico y de temperatura.

“Buscamos que las inversiones ayuden a la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero provenientes de la deforestación y la degradación de bosques y apoyen la conservación de stocks de carbono forestal”, añade Pablo Herrera. En este caso, la meliponicultura genera beneficios extra en términos de conservación de la diversidad de abejas nativas, y de las especies forestales de las cuales las abejas meliponas se nutren.

Esta iniciativa de aprovechamiento de la miel de abejas sin aguijón contribuye además con el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sustentable (ODS), al generar ingresos adicionales que permitan ir reduciendo la pobreza de las comunidades rurales, a la vez que aporta una mejora a la nutrición y promociona un tipo de agricultura sostenible (ODS1 y 2). También contribuye con la producción y consumo responsables que busca el ODS12, mediante una actividad económica basada en recursos naturales vivos que buscan ser conservados, como el caso de la meliponicultura. Asimismo, la conservación de los bosques y, en consecuencia, la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, están en línea con los ODS13 y 15.

“Hay un gran yacimiento y nosotros apenas hemos logrado hacer el primer pozo, pero esto tiene que escalar”, insiste Emiliano Ezcurra, vicepresidente de Administración de Parques Nacionales, en un claro llamado a los distintos niveles del gobierno argentino, para que sumen esfuerzos en pro de las especies nativas. 

“Hay que priorizar a las abejas, no hay que pensar en más nada, pasar a la acción”, sentencia. Su planteamiento incluye generar una economía de transición y de descarbonización que regenere los ecosistemas. Una idea que comparte el especialista ambiental del BM, quien además aboga por una distribución justa de los beneficios, a través de políticas que protejan el conocimiento y el espíritu emprendedor de quienes se involucran en este tipo de iniciativas de impacto. 

De ser así, la transformación de Hugo Enggist, en Bermejo, rescatando los nidos de las meliponas dentro los troncos de los árboles caídos, tendrá más probabilidades de mantenerse en el tiempo, no decaer. Se lo agradecerán esas abejas disciplinadas que cuidan el bosque, tanto como él.