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La encrucijada del rey Midas

El sistema financiero de la región, incluida la industria bancaria, comienza a cambiar su cultura y a adoptar herramientas en el marco de la demanda de sostenibilidad. Pero ¿lo está haciendo con la convicción, amplitud y velocidad necesarias?
Jueves, 16/04/2020 Adolfo Urra

Es simple. El valor del capital creado por la actividad económica se vuelve cero si el capital natural desaparece. De eso se trata la sostenibilidad. La creación de riqueza por parte de las flotas pesqueras del mundo se esfumaría si se acabaran los peces.

Parece un ejemplo de sala de clases para adolescentes. La mala noticia es que no lo es: los peces se están acabando en varias “pesquerías”, y no solo ello, nuestras economías están -al repletar los mares con plásticos- haciendo que los peces restantes cueste más encontrarlos y valgan menos al venderlos: ¿quién querría comer un medallón de corvina lleno de microplásticos?

Es una de las cada vez más abundantes situaciones en que la economía global se ve obligada a reconocer que se expande dentro de una biósfera que le impone límites. Por lo tanto, la escala de las operaciones de un sector productivo dado ahora no resulta indiferente.

Durante los siglos XIX y XX, los sistemas financieros nacionales, primero, y después, el global, se negaron a reconocerlo. Hoy sabemos que, a diferencia de la frase aquella referida a ciertos bancos en la crisis de 2008 (“too big to fail”), hay sectores económicos que, precisamente, al llegar a un tamaño demasiado grande se ven o se verán obligados a caer, si no toman en cuenta la renovación del capital natural. ¿Por qué “capital natural” y no “recursos naturales”? Porque hoy sabemos que los que llamábamos recursos naturales son el resultado de procesos activos interrelacionados entre sí. Esos procesos (los servicios de ecosistema, por ejemplo) pueden ser interrumpidos, lo que destruye la formación de ese capital.

Dicho en sencillo, hasta hace poco quienes ganaban su sueldo decidiendo la alocación de capital (distribución de activos), evaluando el riesgo de las inversiones, no consideraban que las economías eran parte de un sistema mayor, dinámico, excepto en casos extremos (como la falta de crédito para la famosa fábrica de estufas en el Sahara). Para volver al ejemplo inicial, en un planeta con cada vez más habitantes de mayores ingresos, que -a su vez- consumen cada vez más pescado, parece razonable que los bancos financien la inversión de empresas pesqueras en flotas más y más eficientes. Sin embargo, ahora que sabemos que los océanos no son un barril sin fondo con una dotación de peces infinita, ¿es razonable prestarles dinero a sabiendas de que en pocos años colapsarán cuando colapse el recurso?

¿Proliferación excesiva?

Ponce, por el contrario, ve en la adhesión voluntaria una virtud: “No es la regulación la que logra que la industria trabaje en temas ambientales y sociales. Por el contrario, considero que es la falta de conocimiento la que impide que la industria avance más rápidamente. Una regulación puede llegar a hacer que las entidades reaccionen frente a unos requisitos impuestos; pero sin el conocimiento. El riesgo es que la implementen sin entender plenamente los factores a tener en cuenta, la infraestructura necesaria para tomar medidas alrededor de los riesgos o las oportunidades que ofrece el tema ambiental a las instituciones financieras”.

Otro de los polos globales de finanzas sostenibles es la United Nations Environment Programme Finance Initiative (UNEP FI). Tiene más de 300 integrantes (52 de ellos bancos o entidades financieras de América Latina y el Caribe). En septiembre del año pasado, lanzó un modelo de Principios para la Banca Responsables, con el apoyo de 130 bancos de 49 países. “Representan el primer marco mundial del sector para incorporar la sostenibilidad, en todas las áreas del negocio bancario -desde la estrategia hasta la gestión de fondos, o las operaciones financieras-, a las relaciones de todos los directivos y trabajadores con sus respectivos grupos de interés o stakeholders”, se planteó al lanzarlos.

Entre los múltiples aspectos que engloba, presenta “una lista de recomendaciones de productos sostenibles entre los que incluye préstamos comerciales para financiamiento de la economía circular, servicios de asesoría ambiental y social, ONG con enfoque en sostenibilidad, alquiler verde, etc.”, dice Daniela Muñoz, socióloga y socia fundadora de Kellun, consultora chilena enfocada en gestión estratégica de la sostenibilidad, quien recuerda la firma del Acuerdo Verde, liderado por el Ministerio de Hacienda chileno, en 2019, y en el cual participaron también la Comisión para el Mercado Financiero, el Banco Central, la Superintendencia de Pensiones y diversos actores privados, entre otras instituciones. “Este acuerdo, firmado en diciembre del año pasado, tiene por objetivo contribuir a la estabilidad financiera y al logro de los compromisos de Chile en materia climática y surge de la mesa de Finanzas Verdes establecida por el Ministerio de Hacienda”, dice.

Es el espíritu de los tiempos. En la vecina Argentina, cuenta Soledad Barrera, coordinadora de Comisiones de ADEBA (Asociación de Bancos Argentinos), “en julio de 2019 se concretó la firma del primer Protocolo de Finanzas Sostenibles de Argentina, con la adhesión de 18 bancos fundadores, de los cuales once son miembros de la Asociación de Bancos Argentinos (ADEBA)”. Los firmantes “se comprometieron a trabajar en cuatro ejes estratégicos: desarrollar políticas internas para implementar estrategias de sostenibilidad; crear productos y servicios financieros para apoyar el financiamiento de proyectos con impacto ambiental y social positivo; optimizar los actuales sistemas de análisis de riesgo con un foco medioambiental y promover una cultura de sostenibilidad”.

Frente a esta verdadera hipertrofia de acuerdos, ¿no corremos el peligro de tener un Parto de los Montes? Esto es, una abundancia discursiva, pero con un impacto bajo o mínimo, como relata la famosa fábula de Esopo.

Un ejemplo, en su día a día los bancos enfrentan un problema de resolución compleja: medir lo “sostenible” de negocios ligados a la exportación de alimentos procesados, carnes, pesca, madera. Aunque empresas y proyectos específicos cumplan con requisitos específicos de impacto ambiental in situ, una planta puede tener un impacto bajo o nulo, y aun así ser parte de una cadena con gran huella de carbono. O sus productos, al final de su vida útil, contaminar de manera extraordinaria (el caso de la indumentaria de rayón, tela hecha de fibras de celulosa purificada). ¿De qué manera se puede medir, evaluar estas variables de manera que el apoyo financiero apunte a lo sostenible? 

“Precisamente el cómo hacerlo es uno de los principales desafíos. Hay muchas entidades que ya se convencieron de avanzar en este ámbito. Tienen claro lo que quieren lograr, pero quedan entrampadas en el cómo hacerlo”, dice German Sáenz E., director asociado de Corporate Citizenship, consultora global de negocios con un fuerte acento en el medioambiente y la sostenibilidad. Y comenta que “existen más de 600 rankings, clasificaciones y sistemas de evaluación de sostenibilidad y siguen apareciendo más, y ante esa proliferación de referencias (que en muchos casos resultan en diagnósticos contradictorios) es muy difícil poder elegir. Nuestro trabajo en muchas ocasiones tiene que ver con ayudar a las empresas a navegar en estas aguas que, a priori, pueden resultar muy confusas”.

Innovaciones útiles

De todas formas, se han logrado crear herramientas tan novedosas como útiles. “Es interesante el caso de 2° Investing Initiative, un proyecto que ofrece una plataforma gratuita para que los actores del sistema financiero puedan conocer el impacto climático de sus inversiones o portafolios. Con solo ingresar los códigos ISIN -que identifican los valores mobiliarios- de un determinado valor o cartera, la plataforma permite conocer el impacto climático y a partir de ahí, gestionarlo para, por ejemplo, disminuir la exposición a combustibles fósiles. Ya hay entidades de la región usando esta herramienta, pero por ahora son pocas. Esperamos que esto tenga un fuerte crecimiento”, menciona Sáenz.

Otro desafío es la aplicación del ERMS (Enviromental Risk Management System) o algún sistema similar. “Nuestra experiencia es que muchas áreas y personas dentro de una institución financiera perciben en primera instancia que el considerar riesgos sociales ambientales o de gobernanza puede restringir la operación y limitar la capacidad de crecimiento”, dice Sáenz. Quien agrega que “hemos visto que suele tomar un tiempo que los hechos demuestren que, al contrario, esto agrega valor en lugar de restarlo. Por esto, cada entidad debe avanzar a su propio ritmo para que su adopción de las finanzas sostenibles sea compatible con su propia cultura organizacional y su contexto de mercado”.

Gema Sacristán (BID Invest),

En ocasiones, la banca multilateral puede venir al rescate, cuando el banco no posee la experiencia o el equipo humano formado para esta tarea. Gema Sacristán, directora general de Negocios de BID Invest, el brazo para el sector privado del Grupo BID, explica que “lo que hacemos es trabajar con nuestros potenciales clientes de forma que analicen su propia cadena de valor, y mejoren sus indicadores respecto al impacto medioambiental y social que pueden tener esas cadenas. Ya existen instrumentos financieros que generan incentivos para ello. Por ejemplo, como los préstamos y bonos, cuya tasa de interés y cupón, respectivamente, está vinculada al desempeño en ciertos aspectos de sostenibilidad (sustainability-linked loans/bonds)”.

En la región “ya se han dado dos operaciones de este tipo en préstamos. Uno es del BBVA, que otorgó un préstamo a la empresa peruana Ferreycorp, por US$ 70 millones, cuya tasa está vinculada al desempeño de la firma en determinados indicadores de sostenibilidad ambiental, social y de buen gobierno corporativo. Otro es el préstamo de Santander a favor de Acciona para financiar inversiones en energía solar y eólica en Chile, por un total de US$ 200 millones (estructurado en un crédito sindicado y una línea de capital de trabajo)”. En bonos, “tenemos un ejemplo en la italiana Enel y su emisión por US$1.500 millones, por la cual la firma pagará un cupón mayor a los inversores si no consigue su objetivo de que la capacidad renovable instalada supere en 2021 el 55% del total”.

De dulce y de grasa

A veces la barrera, más que efecto de una cultura corporativa interna, es la pura y simple ignorancia. Ponce, del IFC, lo reconoce y explica que “con el ánimo de sobrepasar esa barrera de conocimiento, creamos la Green Banking Academy (IFC-GBAC), una iniciativa que busca acelerar la transformación de la banca hacia un modelo de negocio más verde, a partir de la creación de herramientas de conocimiento de financiamiento sostenible que le permitan a los banqueros, reguladores y principales actores absorber información relevante para el rol que cumplen en el mercado y dentro de sus instituciones”.

Aunque haya mucho que aprender, Luciana Nicola, Superintendente de Sostentabilidad de Itaú Unibanco, en Brasil, cree que los productos financieros “verdes” ya empiezan a aparecer. “Hubo un crecimiento expresivo de productos ecológicos en el mercado, lo que refleja que el privado está interesado en negocios con propósito, y esto es impulsado por los liderazgos bancarios y los marcos regulatorios, directa o indirectamente, pero también por la creciente atención de los gobiernos y el público en general para temas climáticos y el impacto generado por las grandes empresas”, dice. Por eso, “incluso en un escenario económico más restrictivo, es imperativo que el sistema financiero actúe para proporcionar los flujos financieros necesarios para una nueva economía”.

De todas maneras, el balance es agridulce. Si bien es indiscutible que, “a nivel regional hay muchas entidades que han tomado un rol de vanguardia: basta mencionar como ejemplo que dos de los cinco bancos más sostenibles a nivel mundial son de la región, Banco do Brasil SA y Bancolombia SA, quienes están en el Top 5 del último ranking Dow Jones Sustainability Index”, puntualiza Sáenz. Y también “es indiscutible que existe un creciente interés por este tema, y así lo demuestra el hecho que el continente ostenta el mayor crecimiento porcentual de signatarios de PRI (Principles for Responsible Investment). Sin embargo, la contracara es que aún son muy pocas estas entidades vanguardistas, y más bien constituyen la excepción y no aun la norma. De hecho, en referencia a los PRI, América Latina es el continente con menos entidades signatarias, muy por debajo de Europa, Norteamérica y Asia, e incluso por debajo de Oceanía y África”.

“Verdes” en bonos verdes

Donde el horizonte resulta más promisorio es en los bonos verdes. Manuel Romera, director del Sector Financiero del Instituto de Empresa (IE Business School) en Madrid, los define con claridad: “Los bonos verdes, para ser verdes, tienen que dedicar la financiación a mejorar los problemas hídricos o las energías renovables; mejorar los problemas de sostenibilidad en ciudades o aminorar las consecuencias de los gases de efecto invernadero”, enumera. La región se encuentra bastante atrás en lo que respecta a ellos, en comparación con Europa, China y Estados Unidos, pero ya comienza a moverse más.

Luciana Nicola, de Itaú Unibanco, enfatiza que “el mercado latinoamericano de bonos verdes ha crecido desde 2014, y 2019 solo ha sido señalado como muy positivo por las últimas publicaciones CBI (Climate Bond Initiative). En lo que refiere a los datos, solo Brasil representa el 41% de las emisiones realizadas hasta hoy. Esperamos el crecimiento de los bonos verdes en todo el continente, debido a la necesidad de inversiones en infraestructura y también al crecimiento económico en ciertas actividades económicas”.

En específico, “en 2017 y 2019, fuimos coordinadores de las emisiones de bonos verdes de Klabin, en operaciones que suman más de US$ 500 millones. Klabin es el mayor productor, exportador y reciclador de papel de embalaje en Brasil, y uno de los mayores productores de papel en América Latina. En el mercado extranjero, también participamos en la emisión de bono verde de Suzano, también por un monto de US$ 500 millones. En el mercado interno, nuestra participación es igualmente fuerte: ejemplos recientes de emisiones son títulos a AES Tietê, CTEEP y Rio Energy, del sector de energía”, relata Nicola.

Para Romera, los bonos verdes llegaron para quedarse. Cada vez hay más organismos a nivel mundial que los usan, ya que “están muy concienciados con el cambio climático, pudiendo poner como ejemplo la emisión que ha realizado el Banco Centroamericano de Integración Económica (BCEI) este mismo mes (marzo) que, por primera vez en su historia, ha emitido un bono verde por US$ 375 millones, con el fin de apoyar a sectores estratégicos bajos en carbono, en Centroamérica; como por ejemplo la red eléctrica costarricense, llevándola a mayor generación de energía solar y eólica”, celebra.

¿Y los banqueros centrales?

El siguiente paso podría ser un compromiso más activo de las superintendencias y los bancos centrales con la sostenibilidad. Sin embargo, todavía no hay consenso respecto a esto último en el mundo financiero. Lo expresó con claridad Jerome “Jay” Powell, chairman de la Reserva Federal de EE.UU., al decir hace poco que “el cambio climático es un tema importante, pero no de los centrales, para la Fed”.

De todas maneras, es posible imaginar la puesta en marcha de incentivos financieros como tasas de interés especiales para sectores o productos, o subsidios específicos “verdes”. Nicola, de Itaú Unibanco, recuerda que en Brasil “ya existen instrumentos con incentivos fiscales”. Estos, “también pueden usarse como un bono verde, en el caso que cumplan con las características ´verdes´, ya que están vinculadas al desarrollo del país y están exentas del Impuesto sobre la Renta”. En un horizonte cercano, agrega, “con la diversificación de los productos financieros verdes, pueden surgir más funciones con diferentes atractivos”. 

En el marco de este debate, para Markus K. Brunnermeier, economista de Stanford y Jean-Pierre Landau, de Sciences Po (Francia), “los bancos centrales podrían adoptar un enfoque más proactivo para financiar la transición climática”. Ello, sin necesidad de hacer cambios significativos en el marco operativo actual. Una opción: “Reorientar sus compras de activos hacia valores verdes”. La segunda, “modular los ‘haircuts’ aplicados a diferentes tipos de garantías utilizadas en operaciones de refinanciación, creando así un incentivo para desalentar a algunas y promover otras”.

Sacristán, del BID, no lo ve como problemático. “Si bien es cierto que ninguna de estas instituciones tiene entre sus mandatos el ´reorientar´ flujos de capitales hacia este tipo de inversiones (verdes), el mandato de estos reguladores de velar por el riesgo sistémico del sector financiero implica que las entidades vigiladas incorporen los riesgos climáticos en sus políticas de manejo de riesgos en general, por lo que no vemos utópico pensar en una reorientación de flujos hacia inversiones sostenibles”.

Al final del todo, sin embargo, volvemos a lo planteado al inicio de ese reportaje: ¿aceptará o no la sociedad y el sistema financiero que hemos llegado al punto en que la “escala” de la economía global sobrepasa la capacidad de la biósfera de regenerarse por sí sola? 

Puesto de otro modo, una cosa es “mitigar” inviernos más cálidos y otra reconocer que la creación de capital (monetario y físico) está o se acerca a un punto en el cual, bajo su organización actual, puede haber abierto la Caja de Pandora del cambio climático. 

En el sector de las finanzas, quizá, una prueba de fuego sea la implementación universal o el rechazo de las propuestas que piden un Green Weighting Factor; esto es, ajustar las ganancias financieras de los proyectos y de la banca misma, según un umbral, basado en el impacto (positivo/negativo) de las mismas en el cambio climático; midiendo el impacto haciendo ajustes en los RWA (Risk Weighted Asset). 

En el fondo, lo que está en discusión es si podremos tener una visión menos estrecha de qué es la creación de “riqueza”. En ese marco, la historia del Rey Midas se vuelve profética en este siglo XXI: no es nada bueno convertir todo lo que se toca en oro.