Los sistemas financieros latinoamericanos han logrado corregir muchos de sus viejos problemas de ineficiencia, que se derivaban de gobiernos que intervenían demasiado pero regulaban mal y vigilaban muy poco. Prueba de las mejoras es que la banca latinoamericana ha resistido incólume la crisis financiera mundial. No obstante, la profundidad de los sistemas crediticios latinoamericanos sigue siendo muy baja para los patrones internacionales, y en muchos países no ha regresado a los niveles que alcanzó a comienzos de los 80.

La falta de crédito es una de las razones que explican que haya empresas con niveles tan diversos de productividad, especialmente entre las firmas medianas y pequeñas. Por falta de acceso al crédito las firmas que son más productivas no pueden expandirse y las que son menos productivas no pueden adoptar los cambios tecnológicos y las inversiones que podrían aumentar su productividad. Por eso en los sectores en que predominan las empresas pequeñas, la productividad depende fuertemente del acceso al crédito. Un estudio para Colombia encontró que en los sectores de firmas pequeñas un aumento del 14% en los montos de créditos recibidos en el curso de una década dio lugar a incrementos en la productividad del 50%.

La falta de crédito tiene otro efecto dañino sobre la productividad: reduce los incentivos para que las firmas informales se acojan a las normas tributarias y laborales. Esto afecta la productividad, puesto que permite la sobrevivencia de firmas improductivas, las que pueden mantenerse operando porque tienen costos más bajos que sus pares formales. La expansión del crédito puede contribuir fuertemente a formalizar el empleo, como lo demuestra un estudio de la experiencia de Brasil entre mediados de 2004 y el comienzo de la crisis financiera mundial cuatro años más tarde. En ese período el porcentaje de trabajadores con contrato aumentó de 38% a 45% y el crédito a las firmas formales pasó del 15% del PIB al 24%. Esto no fue una simple coincidencia: los sectores más dependientes del crédito por sus necesidades de inversión y flujos de caja fueron precisamente los que experimentaron una mayor formalización de su empleo.

La mayor oferta de crédito puede representar un aliciente muy poderoso para la productividad. Pero las expansiones de crédito pueden resultar dañinas para la productividad si no son sostenibles. Esta lección que están asimilando algunos países desarrollados es vieja para América Latina.

Hay dos razones centrales por las que una súbita contracción del crédito resulta perjudicial para la productividad de largo plazo. Por un lado, los episodios de sequía crediticia llevan a aplazar inversiones que serían necesarias para adoptar nuevas tecnologías que aumentarían la productividad. Es difícil recuperar posteriormente ese atraso.

De otro lado, cuando desaparece el crédito las firmas que se ven forzadas a cerrar no son necesariamente las menos productivas, sino, en general, las más pequeñas, entre las cuales hay tanto firmas productivas como improductivas. Una firma pequeña tiene que ser tres veces y media más productiva que una grande para tener una misma probabilidad de sobrevivir durante una sequía crediticia. Si las crisis crediticias son frecuentes, las firmas pequeñas que son eficientes no tienen mayor probabilidad de sobrevivir que las ineficientes. 

¿Cómo lograr que haya más crédito y más estabilidad financiera? Aunque la región ha podido sortear de manera relativamente exitosa el terremoto financiero mundial, tiene tres retos inmediatos que afrontar. El primero es corregir cuanto antes los déficits fiscales que se crearon durante la crisis internacional por los paquetes de estímulo fiscal y la caída de los ingresos tributarios, ya que esos déficits son una amenaza para la estabilidad macro.

El segundo es reforzar la supervisión financiera, ya que muchas empresas que quedaron debilitadas por la recesión reciente están en riesgo de convertirse en morosas. Y el tercero es fortalecer los derechos de propiedad de los acreedores, de forma que los bancos puedan prestar con más seguridad jurídica a las pequeñas y medianas empresas. Éste es quizás el paso más difícil, pero a su vez el más necesario, para que los sistemas de financiamiento contribuyan más al crecimiento de la productividad.