Guatemala es un territorio privilegiado para el turismo, gracias a su riqueza natural y cultural. Cada rincón puede convertirse en una grata experiencia para explorar, practicar senderismo, canopy, rapel, rafting; observar aves, presenciar una ceremonia maya o disfrutar de la música, el arte y la gastronomía. Las opciones son muchas, pero han sido pocas las explotadas, y la mayoría de estas han causado daños al medioambiente.

Como respuesta a las críticas y quejas sobre el turismo tradicional, tanto por parte de las comunidades como de las organizaciones no gubernamentales, los científicos y los movimientos sociales, surgió hace unos diez años, en Latinoamérica, el llamado turismo comunitario.

Esta modalidad poco a poco ha ido cobrando mayor impulso en el país. Cada vez son más las asociaciones que se organizan y capacitan para ofrecer servicios que combinan, por lo general, atractivos de aventura, naturaleza y riqueza cultural, un turismo sostenible y al mismo tiempo responsable, con la ventaja de que las ganancias se distribuyen entre las familias participantes.

Marlon Calderón, gerente de Asociación Vivamos Mejor, Sololá, indica que esta organización surgió con la idea de cambiar el modelo de operadores de turismo mayorista. “La población indígena era un atractivo para ellos, lo utilizaban como un gancho y lo vendían, quedándose ellos con las ganancias. Ahora se busca beneficiar a la población local”, sostiene.

Según el Manual Turismo Comunitario, elaborado por la Universidad del Valle de Guatemala y la Fundación Soros Guatemala, no fue sino hasta el 2004 que se establecieron los criterios para propiciar este tipo de actividad en el territorio guatemalteco.

En la actualidad se desconoce cuántas localidades están organizadas, aunque el Diagnóstico del Turismo Comunitario, a cargo del Instituto Guatemalteco de Turismo (Inguat) y la Organización de Estados Americanos (OEA) en el 2011, identificó 50. Según Alejandrina Silva, encargada de patrimonio cultural del Inguat, “ahora quizá ya hallan más de cien”.

Sean 50 o mil, las preguntas que surgen son: ¿qué hace el Inguat por estas comunidades?, ¿qué servicios puede esperar el turista?, ¿tienen clasificación estos lugares?, ¿son seguros?, ¿cómo se mercadean?, ¿qué otras organizaciones los apoyan?

Apoyo clave. Esta clase de turismo tiene sus propias características, pero sobresale la autosostenibilidad.

Según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) y la Organización Mundial del Turismo (OMT), esta actividad comunitaria no solamente se reduce a la apreciación de la naturaleza, sino también a la inclusión de las culturas indígenas prevalecientes en las áreas naturales.

Una de las metas es minimizar los impactos negativos en la naturaleza y en el ambiente sociocultural, gracias a que se apoya la protección de las áreas verdes, mediante la generación de beneficios económicos para los administradores.

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“Se suministran ingresos y empleo alternativos para las comunidades locales”, agrega el estudio.

Los organismos internacionales han sido actores esenciales en este apoyo. Desde hace varios años, donantes como la Unión Europea, Usaid y Cooperación Española, entre otras entidades, han destinado fondos a fin de dotar a las comunidades rurales de infraestructura y capacitación para potenciar sus atractivos naturales y culturales.

Claudia Antonelli, oficial de Cooperación de la Unión Europea, comenta que hace cinco años se trabajó en la creación y fortalecimiento de once comités de autogestión turística en 13 comunidades, como parte de una estrategia de desarrollo económico y social en Huehuetenango.

La promoción se llamó “Antesala del cielo”, donde se mostraban sitios del área Huista, Los Cuchumatanes y región norte. El estudio de la UE escogió este departamento “por las condiciones de pobreza e inseguridad alimentaria, entre las peores del país”. El monto invertido fue de Q19,4 millones (US$2,4 millones).

Otras instituciones que han hecho esfuerzos con agendas propias son los ministerios de Economía, y el de Ambiente y Recursos Naturales. Este último impulsa el corredor biológico y cultural de desarrollo sostenible Zunil-Atitlán-Balam Juyú. Esto en una franja de territorio que abarca 22 municipios de cinco departamentos, principalmente Sololá, Suchitepéquez y Chimaltenango.

La propuesta es apoyar opciones de desarrollo sostenible que armonicen cultura, cuidado ambiental y turismo.

Falta mejorar. El Diagnóstico del Turismo Comunitario, del Inguat y la OEA, resalta en sus conclusiones que a esta opción turística le falta mucho camino por recorrer para ofrecer mejor calidad de servicios, ya que un “58% de las comunidades se encuentran en un estado crítico, grado cero en desarrollo sostenible”.

Entre otros aspectos se menciona que no se han logrado avances significativos y es evidente la falta de acompañamiento de instancias gubernamentales y privadas en el desarrollo de las comunidades. Además, no existe planificación estratégica, el modelo de las organizaciones no responde a enfoques empresariales y no se ha logrado la puesta en valor de sus atractivos naturales y culturales.

“El atractivo está, pero no está terminado el producto”, indica Silva, por lo que ninguna de estas comunidades tiene categoría A. “No cumplen con todos los requisitos. Tienen debilidad en manejo de desechos, servicios o equipamiento”, indica.

Hugo Cabrera, consultor de encadenamientos de Swisscontact y Cenpromype, quien hizo un diagnóstico sobre este tema, indica que muchas veces los servicios en los lugares simplemente no existen.

“Hay destinos donde la gente sirve la comida y no pone cubiertos o servilletas, pues ellos no las usan. A veces no hay baños, y los turistas sufren”, comenta.

“Hay que saltar una brecha grande donde hace falta un proceso de certificación”, asegura Cabrera.

Si bien se ha identificado que existe una estrategia nacional de esta vertiente, aprobada por el Inguat, la institución no tiene el financiamiento para implementar los proyectos de beneficio comunitario que permitirán crear o fortalecer esos “productos turísticos” de buena calidad y con capacidad para prestar servicios adecuados al turista nacional o extranjero, indica Cabrera.

Para Marlon Calderón, gerente de la Asociación Vivamos Mejor, parte de los impedimentos para el mejor desarrollo del sector turístico surge de la inseguridad, el mantenimiento de infraestructura vial, la vulnerabilidad ante los desastres naturales, además de la falta de políticas motivadoras para el desarrollo turístico.

Aunque existe la estrategia por parte del Inguat para mejorar la calidad de estos destinos, hasta ahora no se ha puesto en práctica.

“Todos estos grupos que hoy se encuentran dispersos pueden agruparse en una sola página web que permita al turista escoger todas las opciones sin tener que buscar cada uno de estos sitios”, comenta Maru Acevedo, subdirectora del Inguat.

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El desarrollo de estas comunidades puede ir de la mano del turismo, siempre y cuando se logre el apoyo necesario para que despeguen.

En Sololá. Las comunidades que se encuentran ubicadas cerca del lago de Atitlán, Sololá, son, según el Inguat, de las mejores organizadas en este tipo de turismo. Una de ellas es Santa Clara La Laguna, donde se encuentra el parque Chui Rax Amoló.

Se trata de un bosque nuboso en el que se puede practicar turismo extremo. Su atracción principal es un canopy de 400 metros de recorrido.

Pero si el visitante prefiere algo más apacible, puede recorrer el sendero de dos kilómetros y respirar aire puro, y en medio del camino sorprenderse con un centro ceremonial maya. En el camino encontrará estaciones interpretativas como la leyenda de Chui Rax Amoló.

Este parque ecológico, de 232 hectáreas de terreno, es un área protegida municipal que puede ser el punto de partida para luego dirigirse a visitar las plantaciones de café orgánico de los pequeños productores de Santa Clara La Laguna, hacer un recorrido a pie o a caballo, disfrutar de un almuerzo típico y una taza de café de exportación marca Kamalyá, producido por la Asociación de Pequeños Caficultores (Asuvim).

El recorrido finaliza con la visita a las casas de los artesanos que elaboran canastos con caña de veral, uno de los distintivos por los que más se conoce este municipio. Además le enseñarán la técnica o podrá visitar la sala de ventas con novedosos diseños de canastos en la Cooperativa Copikaj.

El recorrido es parte de los servicios que ofrece la red de turismo comunitario Asociación Vivamos Mejor, de Sololá, la primera operadora de turismo comunitario del país que integra a nueve asociaciones mayas, las cuales, a través del desarrollo turístico sostenible, buscan un complemento para mejorar sus ingresos y calidad de vida.

En Huehue. La diversidad es una de las características de este tipo de turismo. En el municipio de Nentón, Huehuetenango, por ejemplo, la comunidad Nueva Esperanza administra la finca Chaculá. Aquí la oferta visual es diferente. Una de las mayores atracciones es la visita a los cenotes —estanque formado por aguas subterráneas—, la Laguna Brava, el cimarrón —agujero con bosque natural en el fondo donde abundan flora y fauna— y hasta pinturas rupestres, indica Isaías Andrés, de la cooperativa Los Pinos R.L.

La estadía puede hacerse en la antigua casa patronal o en pequeños hospedajes dentro de la comunidad, explica Andrés, quien dice con orgullo que cada año se incrementa el número de clientes a partir de su inauguración en el 2010.

Andrés comenta que una de sus estrategias es una alianza comercial con la Posada Rural el Unicornio Azul, ubicada en la cima de la Sierra de Los Cuchumatanes, “quienes por su experiencia de 15 años y amistad nos ayudan transfiriédonos a sus clientes”.

En Petén. En el norte de Guatemala hay varias comunidades que se han organizado, una de estas es Carmelita, en San Andrés, Petén, a 85 kilómetros de la cabecera, Flores, y a 585 kilómetros de la capital.

Sus habitantes se han organizado para atender a quienes se dirigen al sitio arqueológico El Mirador y otros como El Tintal, La Florida y Nakbé.

En Carmelita se cuenta con cuatro cabañas y un hotel, para los exploradores, además de experimentados guías locales que encabezan las largas caminatas a los sitios arqueológicos. Ellos son también quienes se encargan de las bestias de carga y el equipo de cocineros.

Manuel Marroquín, presidente de la comisión de turismo de la cooperativa, cuenta que se organizaron hace cinco o seis años, gracias a varias organizaciones no gubernamentales, entre ellas la Asociación Balam y Fundesa, que los han apoyado. Los han capacitado con cursos sobre preparación de alimentos y bebidas y sobre guías. A la fecha reciben un promedio de dos tours por semana.

Siempre en el municipio de San Andrés, Petén, a 560 kilómetros de la capital, la Asociación Paso Caballos ofrece recorridos hacia el sitio arqueológico de Waka Perú, el cual también tiene como atractivo la observación de guacamayas, el nacimiento del río San Pedro y el peñón de Buena Vista, en la Laguna del Tigre.

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En oriente. La mancomunidad Copanch’ortí’ integrada por los municipios de Olopa, Camotán, Jocotán y San Juan Ermita, en Chiquimula, se ha organizado para destacar bellezas naturales como el bosque El Zompopero, El Peñasco Los Migueles, donde se pueden encontrar pinturas rupestres, el balneario de aguas termales El Brasilar, en Camotán, y el río Carcaj, entre otros.

“Tenemos unos ocho lugares turísticos que incluyen las iglesias coloniales, así como conocer más sobre la cultura maya chortí”, destaca Carlos Zaparolli, comunicador de esa mancomunidad, que ha invertido en mejoras para estos lugares y el diseño de folletos promocionales.

Otra opción: posadas rurales. Una opción novedosa es la Red de Posadas Rurales, conformada por un grupo de diez fincas, de las cuales dos son comunitarias —Chaculá, en Huehuetenango, y Nueva Alianza, en Retalhuleu— y el resto son privadas. Estas trabajan unidas en una asociación cuya principal ventaja es que brinda un servicio con mayor comodidad y calidad.

Ana Mercedes Lembke, presidenta de la Red, indica que esta es una opción que converge con el turismo rural comunitario.

“Las fincas son una opción para conocer la actividad agrícola y pecuaria de una localidad, y como complemento cuentan con hospedaje”, indica Lembke.

En el 2008 recibieron asesoría del gobierno de Francia y la Cámara de Turismo (Camtur) a escala centroamericana. De esa cuenta son lugares autosostenibles, respetan el medioambiente, cumplen con todas las leyes y promueven y preservan la cultura.

Los dueños deben vivir en el lugar y ser anfitriones de los huéspedes; sin embargo, aclara que trabajan bajo previa reservación. “El hospedaje es un complemento a las tareas de la finca”.

Lembke cuenta que el apoyo que han recibido ha sido de entidades internacionales, más que del mismo Inguat, institución de la cual se queja, pues, según dice, solo funciona para cobrar impuestos y no los promociona en la página de Visit Guatemala porque no existe la categoría de Posada Rural.

También existe un grupo de 25 fincas privadas destinadas al agroturismo y tours de café en distintos departamentos del país, con paquetes diversos.