Uber tiene unas 5.000 bicicletas electroasistidas en Estados Unidos y ninguna de ellas tiene supervisores humanos. “Es mejor que tomar el transporte público o pedir un Uber para recorrer distancias cortas”, dijo un usuario de la nueva tendencia de la marca en San Francisco, California, “excepto cuando algo sale mal”.

Las probabilidades de que algo no salga como se espera dependen del algoritmo implementado en las diferentes ciudades, teniendo en cuenta la ubicación geográfica, infraestructura, población y comportamientos, entre otras. Por ahora, Uber ha extendido el servicio de las bicicletas compartidas, como parte de la misma aplicación de transporte, a 11 ciudades de Estados Unidos desde su implementación en mayo de 2018, luego de comprar la empresa Jump, una marca poco reconocida en el emprendimiento de las bicicletas eléctricas.

Esa compañía, liderada por su fundador Ryan Rzepecki, se adhirió a Uber como parte de la estrategia de movilidad complementaria que tiene la firma a largo plazo, con opciones que incluyen bicicletas, scooters y autos eléctricos. El eje central de esta nueva tendencia radica en dejar los vehículos en cualquier punto de la ciudad dentro de los parámetros geográficos impartidos por Uber.

La bicicleta cuenta con un motor eléctrico de 250 W, que ayuda a pedalear más rápido y aumenta la velocidad hasta 30 km/h. Tiene una batería que se recarga con energía solar y permite una autonomía de 60 km. En caso de que se descargue por completo, un empleado debe cambiar la pila manualmente. Según Nick Foley, cabeza del ensamblaje de Jump, el costo de producción de cada bicicleta ronda los US$1.000.

Uber se juega una gran apuesta que promete revolucionar el sistema global de transporte. “Estas nuevas modalidades, como lo son las bicicletas y las scooters, pueden satisfacer de manera única los recorridos que comprenden menos de 5 km de distancia. Hay una gran oportunidad en América Latina, puesto que más del 55% de los viajes duran menos de esa distancia”, afirma Gui Telles, director de Jump.

Por otro lado, el programa establece un límite de velocidad de 24 km/h para las scooters. Estas deben estacionarse en posición vertical, en el borde de la acera, cerca de los bancos de buses. De lo contrario, la compañía tiene dos horas para retirarlas y si un empleado de la ciudad tiene que mover una scooter, la multinacional deberá pagar US$28.00 por hora.

Los permisos que Uber necesita para implementar los servicios de Jump en Estados Unidos cuestan US$20.000 por año, más US$130 por cada vehículo.

En el agregado de sus unidades de negocio, la firma con sede en San Francisco perdió cerca de US$1.000 millones durante el último trimestre del año, un 20 % más con respecto al trimestre anterior, pero un 27 % menos que hace un año, cuando la compañía registró la mayor pérdida trimestral en su historia.

“Tuvimos otro trimestre sólido para un negocio de nuestro tamaño y alcance global”, dijo Nelson Chai, director financiero de Uber. La compañía intenta expandirse en el negocio de carga, entrega de alimentos, bicicletas eléctricas y scooters, a medida que su negocio convencional de transporte disminuye. Valorada en US$76.000 millones, enfrenta la presión para demostrar que aún puede crecer lo suficiente como para ser rentable y satisfacer a los inversionistas en una oferta pública inicial, prevista para el próximo año.

Uber se juega una gran apuesta que promete revolucionar el sistema global de transporte. “Estas nuevas modalidades, como lo son las bicicletas y las scooters, pueden satisfacer de manera única los recorridos que comprenden menos de 5 km de distancia. Hay una gran oportunidad en América Latina, puesto que más del 55% de los viajes duran menos de esa distancia”, afirma Gui Telles, director de Jump.

No obstante, Uber no es la primera compañía en indagar en esta tendencia. La historia de las bicicletas compartidas comenzó en Ámsterdam en 1964. El plan consistía en distribuir bicicletas gratuitas por toda la ciudad. Al pasar un mes, la mayoría de las bicicletas fueron robadas o tiradas a los canales. Con el paso de los años el programa se perfeccionó y cada vez son más quienes se interesan en este potencial económico.

Las calles de San Francisco pueden estar llenas de bicicletas y scooters de Bird, Lime y Ford GoBike, pero es Jump la que obtuvo el primer permiso para operar los vehículos eléctricos compartidos en la ciudad. Las características técnicas no varían mayormente de una marca a la otra. En cuanto al precio, está alrededor de los US$2 por media hora. Pero la competencia no termina ahí. Cabify, la empresa española, decidió apostarle al negocio de las scooters eléctricas compartidas y planea masificar su producto a lo largo de América Latina en 2019.

En cuanto a Uber, aún se desconocen las fechas exactas de la implementación de este producto en Colombia. “Nos estamos preparando para un agresivo plan de expansión en 2019 que nos posicionará en ciudades de todo el mundo”, explicó Rachel Holt, vicepresidenta de nuevas opciones de movilidad de Uber, quien también afirmó que México y Brasil son los mercados más fuertes en los que ven la oportunidad de llevar a cabo el proyecto piloto a comienzos del próximo año.

Reducir el uso del automóvil para aliviar la congestión vehicular es uno de los mayores retos que enfrentan las grandes capitales del mundo. Esto, y la lucha para promover energías limpias en los medios de trasporte, es el gran reto al que se enfrenta Uber. Sin embargo, y a pesar de realizar los respectivos estudios en cada una de las ciudades en las que se planea implementar el servicio y de adelantar conversaciones con los diferentes gobiernos, Uber no tiene un plan de contingencia en cuanto a cómo afrontar el tema de la seguridad y el vandalismo en América Latina. “No podemos asegurar que no se cometerán este tipo de actos, esperaríamos que las personas respetarán el servicio”, concluyó Gui Telles.