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Rosario Valley: súper innovación en el granero del mundo

El ecosistema de la agricultura innovadora de Rosario, en Argentina, se ha convertido en un oasis de resiliencia en medio de la incertidumbre económica del país, desarrollando un virtuoso modelo de emprendimientos que hoy sobresalen en el mercado internacional Agtech
Domingo, 16/06/2019 Sol Park

Amarillo. Todo era de un frágil amarillo. Bastaba que soplara el viento para que las espigas de trigo cayeran inertes sobre la tierra agrietada. Una demostración de la peor sequía que azotaba a Rosario en los últimos 50 años, esa primavera de 2018, un noviembre ventoso que en apariencia estaba lejos de traer una cuota de esperanza.

Si la sequía ya había hecho caer en 17% la cosecha de granos, respecto al año anterior, y había arrebatado más de US$ 6 mil millones a la economía del país, según las estimaciones de la Sociedad Rural Argentina, ¿qué cabía esperar para ese fin de año? ¿Nada más que otra tragedia?, ¿imposible algo mejor?

Habría bastado con recurrir a la sabiduría popular para sobreponerse y ver algo positivo alrededor. Confirmar el refrán que dice que “el pasto siempre es más verde en la casa del vecino”. Ahí, donde un inusual trigal parecía un maravilloso espejismo: trenzas verdes que se meneaban con suavidad, al final de tallos erguidos, firmes, esperando el otoño para encorvarse y entregar sus mieses doradas. La robustez del Trigo HB4, el primer transgénico de su especie, producido por Bioceres, una empresa biotecnológica rosarina. Un ejemplo del ecosistema de la agricultura innovadora de Rosario, en Argentina, un oasis en medio de la incertidumbre y la crisis del país, que ha desarrollado un virtuoso modelo de emprendimientos que hoy sobresale en el mercado internacional Agtech.

“HB4 es el nombre de una tecnología que deriva del gen de girasol Hahb-4, que permite a las plantas ajustarse a las condiciones cambiantes del clima. Cuando se expresa en la soja o el trigo, logramos una tolerancia a la falta de agua sin perjudicar su rendimiento”, explica el milagro el CEO de Bioceres, Federico Trucco. “Creemos que es la única tecnología disponible a mediano plazo en lo que es tolerancia a la sequía y salinidad en cultivos como soja y trigo”, agrega sin inquietarse.

La creación del Trigo HB4 fue seguida por el desarrollo de la Soja HB4 por la Universidad Nacional del Litoral y el Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) de Santa Fe, liberada para su cultivo en Argentina y que incluso ya se puede producir sin restricciones en Bolivia. La tecnología es el producto estrella de Bioceres Crop Solutions, la empresa del grupo Bioceres que comenzó a operar en la bolsa de Nueva York en noviembre de 2018, con una venta acumulada de casi US$150 millones en el mercado internacional.

Según Trucco, la tecnología HB4 es contraintiuitiva: en vez de hacer la planta más resistente físicamente a la sequía -como podría ser una planta del desierto-, el gen permite a la planta ignorar las condiciones extremas del entorno y mantener sus actividades fisiológicas. Es decir, el gen hace que el trigo siga creciendo y produzca con normalidad, soportando períodos más prolongados de estrés.

La resistencia es un concepto perfecto para simbolizar el origen de Bioceres, surgida en diciembre de 2001, en plena crisis argentina, luego de la imposición del llamado “Corralito”, imposición del gobierno de Fernando de la Rúa que prohibía a los argentinos extraer dinero en efectivo desde los bancos. Una horrorosa época para emprender, aunque “mi padre, con 25 amigos, creó Bioceres, pensando que ya las compañías multinacionales iban a tener poco interés para traer sus desarrollos a nuestro país”, recuerda Trucco. Pero han pasado 17 años desde su fundación, y Bioceres es la punta de lanza científica y tecnológica del Agtech argentino que, más allá del HB4, explora desde la biotecnología industrial hasta la medicina de precisión.

El polo del agro

Pero Bioceres no es la única joya de la corona rosarina. Los entrevistados por AméricaEconomía intentan no abusar del estereotipo, aclarando que no es por ser argentino ni por ser soberbio, pero no pueden evitar narrar una larga lista de razones de por qué la ciudad es la protagonista de la agroindustria nacional y regional.

Con casi 9 millones de hectáreas destinadas al uso agropecuario y forestal, según el Censo Nacional Agropecuario 2018, la provincia de Santa Fe se ubica en el corazón de la zona agroindustrial formada junto a Buenos Aires, Entre Ríos y Córdoba. Concentra 19.214 empresas agrícolas, el 8% de un total de 236.601 explotaciones en todo el país, como también reúne el 78% del complejo industrial oleaginoso nacional, constituido por las fábricas de las principales multinacionales del rubro, como Bunge, ADM, Glencore, Cargill y Louis Dreyfus.

Sus 20 terminales portuarios, sobre el río Paraná, hacen que el Gran Rosario también se consolide como el principal complejo exportador de harina de soja del país. Durante el año pasado, más de un tercio de los 28 millones de toneladas de soja exportadas por Argentina salieron de sus terminales. Razón suficiente para decir que Rosario es clave en el liderazgo mundial de Argentina como el principal exportador de harina de soja, dueña del 43% de ese mercado, superando a Brasil y a Estados Unidos, según la Bolsa de Comercio de Rosario.

Para colmo de bondades, en el triángulo geográfico entre las tres ciudades de Santa Fe, Armstrong, Las Parejas y La Rosas, se ubica el polo metal-mecánico del país, donde se produce el 70% de las maquinarias agrícolas de Argentina.

“Rosario es el centro neurálgico de la agropecuaria del mundo, no solo por sus antecedentes y la exportación, sino también por la idiosincrasia del chacarero argentino y santafesino, que tiene una impronta de siempre tener ganas de innovar y rendir más”, resume el subsecretario de Coordinador en la Secretaria de Comercio Exterior de la Provincia de Santa Fe, Lucas Candioti. Razón tiene al resaltar ese gen innovador, porque Argentina fue pionera, en los años 70 y 90 del siglo pasado, en adoptar la técnica de siembra directa y de silos para el almacenamiento de granos.

Chacarero del siglo XXI

Tal vez sepa el efecto de las heladas nocturnas, de una plaga de insectos o la irrupción de malezas resistentes: las hectáreas de esta plantación, al sur de Córdoba, cambiaron desde la semana pasada. Eso no es bueno para el asesor agrícola Juan Maisterrena, quien realiza una videoconferencia por Skype con el encargado del campo. Antes de colgar, le solicita que busque el problema.

Este chacarero del siglo XXI, un agricultor promedio del ecosistema Agtech de Rosario, está inquieto. Maisterrena reflexiona en silencio y se recuesta en su asiento para observar la imagen satelital del lote. La fotografía brilla en la pantalla del computador del ingeniero agrónomo, iluminando su home office ubicada en Funes, una ciudad de poco más de 20 mil habitantes, en la provincia de Santa Fe. Su alteración del ánimo ocurre mientras, a 400 kilómetros, el encargado del campo se sube a una camioneta y va hasta el lugar geoposicionado, mirando la misma inquietante imagen desde su smartphone.

Pero Maisterrena no puede entregar más atención, por ahora, a este lote alterado. Prepara su mochila para viajar a otro campo en Buenos Aires, abre una pestaña para ver las últimas imágenes satelitales y planifica su reunión del día siguiente. “No uso las tecnologías por un capricho, sino porque entiendo que es la mejor forma de gestionar los recursos al tener todo en una plataforma que nos permite ver el total de su operación en tiempo real, y estar mucho más pendientes del ambiente que antes”, justifica Maisterrena.

Las imágenes satelitales son una de las tecnologías que permiten la aplicación de la agricultura de precisión, una nueva técnica agrícola que diferencia los distintos ambientes de un campo y aplica insumos como semillas, fertilizantes e híbridos, según sus características individuales. “Por ejemplo, el campo al sudeste de la provincia de Buenos Aires es una zona de sierras. Entre una punta del lote y la otra hay 20 metros de diferencia de altura, con 3 a 5% de pendiente. Entonces, no rinden lo mismo y por eso no necesitan la misma cantidad de insumos”, argumenta Maisterrena para justificar su gran utilidad.

Es que la inversión en nuevas tecnologías se traduce en mayor productividad. Maisterrena detalla que, por ejemplo, el “rinde” -expresión argentina para señalar la utilidad de una cosa en relación con lo que gasta- general de la cebada aumentó en 30%, mientras que las zonas de alto rendimiento han mejorado casi en 50%, llegando a tener más de US$ 200 por hectárea de diferencia en el margen neto entre un manejo por agricultura de precisión y un manejo tradicional.

Rodolfo di Pollina, cofundador de Geoagro, la empresa que presta los servicios de imágenes satelitales a Maisterrena, confirma que al aplicar tecnología en cada proceso agrícola -la siembra previa, la siembra, la fertilización, el seguimiento del cultivo, el cuidado de malezas y la auditoría de la cosecha-, se llega a una mejora del margen bruto entre un US$ 40 a US$ 80 por hectárea en promedio.

Pero además de las imágenes satelitales, Maisterrena trabaja con Acronex, una startup santafesina que provee servicios de gestión de pulverización a tiempo real, lo que permite al agricultor controlar la aplicación de los agroquímicos según la localización, temperatura o humedad. Y también está preparando incorporar sensores de clorofila en las máquinas, adelanto que le permitirá aplicar selectivamente herbicidas al detectar malezas, esperando reducir hasta en 80% el uso de estos insumos y, por consiguiente, el impacto ambiental.

“En el fondo, hacemos todo al revés: en vez de vender la tecnología primero, entendemos la problemática a resolver y a partir de ahí encontramos una tecnología adecuada. Sea un dron, un satélite o un mapa de productividad”, explica di Pollina. “Entendemos que la tecnología no tiene un valor por sí, sino cuando empieza a resolver problemas y a tomar decisiones”, refuerza.

Un concepto fácil de entender, pero difícil de aplicar para un emprendedor enamorado de su proyecto. “Al principio, cualquier disrupción tecnológica genera mucha más expectativa que realidad, pero esos productos necesitan madurar”, dice Alejandro Larosa, cofundador y gerente general de FYO, al referirse al ecosistema del Agtech rosarino, pero también desde su propia experiencia luego de cruzar el “valle de la muerte” del emprendedor.

FYO fue fundada en 1999, como el primer marketplace agrícola digital del país, pero rápidamente se desinfló no solo por la crisis de 2001, sino también por la falta de cultura digital que existía. Sin embargo, los fundadores cambiaron el modelo de negocios y actualmente la empresa es uno de los principales brókers de granos de Argentina.

Después de 16 años, las condiciones del mercado habían cambiado, permiten do que el proyecto inicial de Larosa germinara. En 2015, el emprendedor fundó Agrofy, un marketplace que conecta al productor con proveedores en internet. “El agro tiene sistemas de crédito, pago o logística muy distintos a otras categorías, como el retail, y la oportunidad es inmensa, por representar casi el 3% del PIB mundial y el 23% de Argentina. Y con esa visión armamos Agrofy, que es la versión actualizada de lo que queríamos hacer en 1999”, dice.

Hoy, Agrofy, en Argentina, tiene casi 7 mil empresas que transan en la plataforma y más de 70 mil productos, conectando a todos los actores de la cadena del agro a través de sus 15 categorías, como insumos agrícolas, maquinarias, vehículos y terrenos. En 2018, Agrofy cerró US$ 6 millones en su Serie A de financiamiento, que estuvo liderada por SP Ventures, el fondo de capital de riesgo Agtech más importante de Brasil, y tuvo la participación de Endeavor Catalyst y Cresud. Actualmente, opera en cuatro países de América Latina y durante este año va a hacer su estreno en Chile, Perú y Colombia.

“El agro es de los sectores más atrasados de la economía mundial respecto a la digitalización y transacciones online, pero ya no hay vuelta atrás”, sentencia Larosa. “Nosotros estamos ayudando a esas empresas a subirse al carro de la transformación digital con medios de pagos y soluciones desarrolladas específicamente para la industria”, finaliza.

De granero del mundo a polo de innovación

“Si hay un lugar que tiene características especiales para volverse en un hub del Agtech, es Rosario, la zona neurálgica de la agroindustria del país”, comenta Martín Rainaudo, el gerente de Prospectiva de la Asociación de Productores en Siembra Directa (Aapresid), uno de los gremios de productores agropecuarios más grandes del país. Pero de ahí, ¿cómo convertirlo en un polo de innovación?

Es una pregunta que hace Bernardo Milesy, el fundador de la primera aceleradora de startups y empresas medianas de Agtech de América Latina, Glocal: “No es casualidad que nosotros hayamos nacido en Rosario, ya sea por nuestra pasión por los negocios o por las oportunidades de esta ciudad”.

Creada en 2015, ya cuenta con 20 empresas aceleradas y seis compañías invertidas. Pero, más allá de las cifras y los logros puntuales, la aceleradora organiza eventos, encuentros y mesas de discusión para fortalecer el ecosistema: “El gran desafío ahora es consolidarnos como un cluster de innovación, y la clave para ello es el trabajo colaborativo y alinear intereses”, cuenta el fundador.

Pero la clave para entender el círculo virtuoso que explica el desarrollo del ecosistema de innovación de Rosario podría estar en la manera en que las principales universidades de la provincia participan con sus propias incubadoras y parques tecnológicos, como es el caso de la Universidad Nacional de Rosario y la Universidad Nacional del Litoral. Mientras, en paralelo, las mismas empresas Agtech apoyan startups que contribuyen en sus cadenas de valor: por ejemplo, Bioceres forma parte de Grid Exponential, una company builder enfocada en empresas de biotecnología; y FYO es inversor en NEST, una potenciadora de proyectos Agtech.

“Nuestro éxito no depende de cuán grande terminemos siendo como empresa o cuánta plata terminen ganando nuestros accionistas. Bioceres propone ser un caldo de cultivo para que otros se animen a hacer cosas similares, evitando los errores que nosotros hemos cometido. Así, contribuimos al ecosistema emprendedor, a la sociedad y al conocimiento”, reflexiona Trucco.

Pymes se transforman

La cooperativa de software más grande de Argentina, Tecso, con más de 120 socios y oficinas en Rosario, Buenos Aires y Medellín, ha logrado sumar a las pymes al ecosistema de innovación local. Inicialmente dedicada a crear soluciones digitales a la industria financiera, Tecso abrió otra vertical, esta vez en el agro, asociándose con tres cooperativas agrarias de Santa Fe para crear Dataterra, en 2018, una spin-off que presta servicios de drones a pequeños y medianos productores agropecuarios para generar mapas de información.

La asociación construyó el Centro de Innovación y Tecnología Aplicada, en San Jerónimo Sur, a 30 minutos en auto de Rosario. Ubicado en el mismo edificio que una de las cooperativas agrarias, la idea del centro es fomentar el uso de la tecnología en la industria, a través de capacitaciones para el productor y el emprendedor. En esta startup solamente tres integrantes trabajan a tiempo completo, mientras que los otros participan también en otros proyectos de Tecso o son ingenieros o técnicos agrónomos de las cooperativas.

“Los grandes productores pueden acceder a estas tecnologías, ya sea porque ellos mismos las producen o porque tienen recursos para contratar a empresas que prestan estos servicios”, explica el presidente de Tecso, Ignacio Sanseovich. “Por eso el foco está en pymes, porque si ellos no lo hacen en un esquema de cooperativas, difícilmente pueden acceder a estas tecnologías”, justifica.

Actualmente, Tecso está creando otra spin-off llamada AgroIntelligence, un emprendimiento enfocado en drones para la pulverización de precisión. Este proyecto lo está realizando junto a AgroSpray, una empresa que, junto a Tecso, se ubica en la Zona I, el parque tecnológico de 30 hectáreas gestionada por el Polo Tecnológico de Rosario, el Gobierno de la Provincia de Santa Fe, empresarios privados y las universidades Nacional de Rosario y Tecnológica Nacional.

“Rosario está en medio de un conglomerado del agro y, entonces, es natural que muchas empresas, de manera directa o indirecta, aporten a la industria”, dice Juan Pablo Manson, presidente del Polo Tecnológico de Rosario. “El Polo ha creado una cultura de interacción y confianza entre las empresas, porque se juntan en los pasillos y van a comer juntos al restorán, que hace que las empresas se animen a desarrollar proyectos conjuntos y se apoyen entre sí”, resume.

El virtuoso modelo cooperativista y de asociatividad no han pasado inadvertido a los ojos atentos de los inversionistas internacionales. Una evidencia del potencial del ecosistema de Rosario es que, a finales de 2016, se instaló The Yield Lab, la primera incubadora y aceleradora de Agtech del mercado global, en Argentina. Desde el país, están evaluando su expansión a Piracicaba y Santiago, los hubs innovadores de Brasil y Chile.

Aunque su sede está en Buenos Aires, The Yield Lab fue el principal impulsor del hermanamiento entre Rosario y Saint Louis, la ciudad origen de esta incubadora en Estados Unidos y, según Brookings Institution, el principal ecosistema de Agtech del mundo. A partir de esta celebración, la Universidad Austral, Washington University, The Yield Lab y el Gobierno de la Provincia de Santa Fe, están realizando una investigación para conocer cómo se desarrolló el ecosistema Agtech de Saint Louis y cómo poder aplicar lo aprendido en la ciudad argentina.

“Una de las particularidades de emprender en el agro es el tiempo. Por eso es tan interesante la relación con Saint Louis, porque podemos experimentar las tecnologías durante todo el año en los cultivos de extensión de la soja y maíz, tan característicos de Argentina y Estados Unidos”, ejemplifica el director ejecutivo de The Yield Lab LatAm, Tomás Peña.

Grandes adquisiciones

“El principal problema del emprendedor es la falta de inversión, porque el inversor tiene miedo a la alta volatilidad y a la incertidumbre”, explica Rainaudo, de Aapresid. De hecho, Argentina queda en el cuarto puesto entre los países latinoamericanos al contar la cantidad de iniciativas de corporate venture, según un estudio de Prodem, think tank de ecosistemas de innovación. El país cuenta con 23 empresas con proyectos de inversión en startups, mientras que Brasil, Chile y México tienen 64, 28 y 24, respectivamente.

Adicionalmente, las startups Agtech partieron con una desventaja, ya que su desarrollo recién fue visibilizado cuando Monsanto adquierió la empresa de agricultura digital Climate Corporation, en 2013.

Aun así, en Rosario “hay inversión, y las grandes empresas agrícolas están empezando a entender que tienen que acercarse a científicos para desarrollar mejor sus empresas”, según el funcionario público Lucas Candioti. Entre esas están Cresud y Lartirigoyen, que participan en el directorio de FYO y Bioceres, respectivamente. Por otro lado, existen incubadoras y aceleradoras corporativas, como Cites, de Sancor Seguros, y Eklos, de Cervecería y Maltería Quilmes; mientras que Adecoagro, Arcor, Mondelez, Don Mario y San Miguel han creado fondos de inversión destinados a apoyar el desarrollo de startups.

El Agtech argentino también tiene ejemplos de grandes adquisiciones, los eventos más espectaculares en el mundo de los venture corp. El caso más representativo es la compra que realizó John Deere, en 2018, de dos empresas nacionales: King Agro, especializada en fibra de carbono, y Pla, la primera empresa que ha fabricado pulverizadoras autopropulsadas en la región.

Estas inversiones son el resultado de la apuesta de John Deere, también perteneciente al ecosistema de Rosario, por la innovación y el trabajo colaborativo con otros actores de la cadena de valor del agro. “Con el paso del tiempo, la empresa fue pasando de la maquinaria de hierro hacia la agricultura agronómica y digital”, dice Maximiliano Bonadeo, experto en agricultura de precisión de John Deere Argentina.

Entonces, con un ojo en los productores agrícolas y el otro en los emprendedores, John Deere desarrolló una plataforma online donde une a ambos. El Centro de Operaciones es un espacio donde los productores, ingenieros agrónomos y los contratistas -propietarios de maquinarias que prestan servicios rurales como siembra, pulverización y cosecha- pueden acceder a información interna y externa, a datos financieros y sobre el clima del campo, de forma unificada.

Al mismo tiempo, la plataforma es una puerta de entrada a distintas empresas del agro que buscan visibilidad y conexión con los posibles clientes. Es el caso de Metos, una empresa del grupo Pessl, que ofrece datos meteorológicos y servicios de monitoreo de plagas y enfermedades; y de Echelon, del grupo Nutrien, una plataforma para la aplicación variable de fertilizantes. Todos estos datos son vinculados de forma online a las maquinarias de John Deere, permitiendo a los productores tomar decisiones de forma automatizada y certera.

“Aprovechamos los eventos de participación masiva de productores e interactuamos con las startups, empresas muy pequeñas de cuatro o cinco integrantes que han logrado encontrar y desarrollar una información muy valiosa para los usuarios”, explica Bonadeo. “Tratamos de incorporarlos en nuestra plataforma con una mínima inversión por parte de la startup”, agrega.

Terreno movedizo

A corto plazo, el ecosistema Agtech rosarino tiene un futuro brillante: Glocal y The Yield Lab abrieron nuevas convocatorias para seleccionar startups de la región, y hay una serie de actividades programadas en 2019, como el evento internacional FIAR FoodTech, y los nacionales AgenCarne y Congreso Aapresid, mientras que el parque empresarial Zona i va a inaugurar un espacio maker para desarrolladores.

Asimismo, para 2022, el 0,5% del presupuesto provincial de Rosario estará destinado para financiar proyectos de I+D, y en mayo de este año el gobierno provincial va a coordinar la primera mesa Agtech, donde va a juntar universidades, polos tecnológicos, startups, fondos de inversión y empresas privadas para crear un roadmap, a largo plazo, para promover el ecosistema.

El gobierno nacional ha realizado sus propias iniciativas: Glocal fue una de las 20 aceleradoras tecnológicas, sociales y/o científicas electas para integrar el Fondo Nacional de Capital Emprendedor (Fondce), donde el Estado coinvierte en proyectos argentinos, aportando la misma cantidad que la aceleradora. El año pasado sancionó la Ley del Emprendedor, que ha facilitado la creación de empresas y la inversión en capital de riesgo en startups, y se está estudiando la nueva Ley del Conocimiento, que entregaría beneficios impositivos a empresas basadas en la Economía del Conocimiento.

Pero sabemos que todas estas expectativas se sostienen en el terreno movedizo de la incertidumbre que caracteriza a las políticas y a los negocios en Argentina. “Este año se estaba avanzando rápido y se estaban recibiendo muchísimas inversiones, pero hubo un párate por el contexto macroeconómico y el impuesto a la exportación de servicios (12%). Además, es un año eleccionario. Nadie tiene una visión clara de qué va a pasar realmente. El que lo tenga en Argentina se saca la lotería”, bromea Candioti.

De hecho, Juan Maisterrena reclama que no pudo implementar los sensores de clorofila durante el año pasado, ya que “los créditos están por sobre las nubes y el sensor, por el dólar, vale casi lo mismo que un aplicador de herbicida nuevo”.

Empresas como Agrofy tampoco han escapado de la inclemencia macroeconómica de Argentina -hubo una inflación de 54,7% en 2018, la más alta en 27 años. Producto de lo anterior es que Larosa afirma que en su última ronda de inversión tuvieron que idear un plan B: “nos mostramos como una empresa multilatina para recibir la inversión de Estados Unidos, que constituye el 70% del fondo. Si fuéramos solo argentinos, lamentablemente en este contexto las cosas hubieran sido más difíciles”.

Pero los emprendedores no han perdido su actitud positiva: “Los argentinos estamos muy acostumbrados a lidiar con variables todo el tiempo. Que la economía siempre cambie o que las reglas sean poco claras. Eso no está bueno, pero sí te hace más resiliente”, analiza positivo Milesy.

Es que “si hubiésemos tomado las decisiones mirando la tapa de los diarios de Argentina, no habríamos hecho nada”, concuerda Larosa, desde el corazón de la súper innovación en el granero del mundo.