Nueva York. El destacado coleccionista de vinos Lloyd Flatt fue un hombre que vivió a sus anchas y tenía una pasión por las grandes reservas.

La colección de cerca de 1500 botellas, incluye un Jeroboam o una botella de tres litros de un Lafite Rothschild de 1959, que podría alcanzar un precio de US$30 mil y una caja de Haut Brion blanco de 1989, cuyo precio estimado llegaría a los US$15 mil, podría superar los US$600 mil en total en la venta programada para el 20 de marzo.

"Flatt era delgado y alto, con una barba prolijamente recortada", recordó Benjamin Wallace describiendo al ex ingeniero aeroespacial y uno de los principales coleccionistas de vino de Estados Unidos, en su libro "The Billionaire's Vinegar".

"Su tenida habitual de un traje hecho a la medida compensaba elegantemente el parche triangular negro que llevaba sobre su ojo derecho desde un accidente en su niñez", agregó.

Flatt murió en enero del 2008 tras acumular una colección de vinos que se volvió casi tan famosa en los círculos vinícolas como lo era él. Flatt inició su colección en la década de 1960, mucho antes de que aparecieran los críticos del vino y la revista Wine Spectator.

"Los coleccionistas no tenían otra alternativa que seguir sus propias ideas", dijo Flatt una vez.

Su colección era tan grande que se mudó desde su vivienda en Nueva Orleans, en el barrio francés, a otra cercana y convirtió la primera en una gigantesca bodega de vinos con controles de temperatura e iluminación especial.

En cierto momento, tuvo cerca de 30 mil botellas de la primera cosecha Bordeaux, las mejores burgundies y grandes botellas de champagne, más que la mayoría de los más finos restaurantes franceses.

Trabajando en la colección. Después de su divorcio en la década de 1990, él vendió la colección, se trasladó a Alexandria, Virginia, y volvió a reunir otras 3.000 botellas.

"Estuvo la reconstrucción de Europa, la reconstrucción de Atlanta y luego estaba la reconstrucción de la bodega de Lloyd Flatt", comentó su viuda Laure. Además de coleccionar botellas, a Flatt le gustaba beber vino.

"El no las compraba para invertir en ellas, las compraba para consumirlas", dijo Laure sobre su marido, quien dejó la granja de su familia en Tennesse con US$35 en el bolsillo y un boleto de ida en bus para ir a trabajar en General Motors.

A pesar de que jamás obtuvo un título universitario, se convirtió en consultor aeroespacial y en millonario por sus propios méritos.

Laure comentó que Flatt se autoeducó sobre vinos después de su primer viaje a Londres "en donde se burlaron de él y de su modo pueblerino. No sabía nada sobre vino. Regresó queriendo saberlo todo".

Finalmente lo consiguió. En una degustación de 60 cosechas diferentes de Chateau Ausone convocada por Flatt, el entonces reportero de vinos del diario New York Times Frank Prial describió a su anfitrión como "un tipo especiamente entusiasta por el vino".

Alguien "capaz de mirar a su botella de Chateau Ausone de 1879, reconocer que probablemente no está muy buena, darse cuenta de que puede venderla literalmente por miles de dólares más de los que pagó y aún así decir 'probémosla, saca el corcho'.

Serena Sutcliffe, directora de vinos de Sotheby's y amiga de Flatt comentó que "él no era un esnob de vinos y la comida".

A menudo disfrutaba beber una Dom Perignon con pizza de Domino's o una Lafite con una hamburguesa de queso, aseguró su viuda.