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SUSTENTABILIDAD

El nuevo GPS vital para la economía

En momentos en que la esperanza de un planeta térmicamente normal puede depender del bloque China-Europa, AméricaEconomía Intelligence estrena su Ranking de Sustentabilidad 2020, una iniciativa que pretende aportar al debate de recrear nuestras economías
Domingo, 01/03/2020 Rodrigo Lara Serrano

Revise elPrimer Ranking Latinoamericano de Sustentabilidad

Vista desde afuera, la COP 25 Chile-Madrid tuvo un aire a convención cosplay -costumbre de fans que adoptan la vestimenta de sus héroes del entretenimiento- de los personajes que acompañan a la pequeña Dorothy en el “El mago de OZ”. Por un lado, el espantapájaros diciendo: “¡Quiero tener un cerebro!”; por otro, hombres hechos de trozos de lata gritando: “¡Necesito un corazón para sentir!”; y, finalmente, leones deprimidos suspirando: “Cómo me gustaría que los otros fueran valientes”. Ello, porque la conferencia anual que busca evitar un colapso global por el alza de la temperatura del planeta fue un fracaso, aunque no un desastre. La diferencia la explicó con claridad Mohamed Adow, director del centro de estudios Power Shift Africa, a la ONG Carbon Brief: “Creo que hay un rayo de esperanza de que el corazón del Acuerdo de París todavía esté latiendo, pero su pulso es muy débil”.

El objetivo del Acuerdo es asegurar que la temperatura promedio del mundo no sobrepase 1,5 °C a fines de este siglo. Eso supone que la totalidad de los países no emitan más de una cierta cantidad de los gases que provocan el efecto invernadero. Como casi todo lo que hacemos los libera (desde volar estas vacaciones, hasta quemar la Amazonía para criar vacas), se trata de que cada economía se “descarbonice” (referencia a uno de los gases, el dióxido de carbono) en un cierto porcentaje y plazos. 

Esto tiene costos políticos y monetarios, además de obligar a cambios en los estilos de vida y patrones de consumo. Naturalmente, hay países y líderes que no quieren pagarlos. O quieren que el resto pague más o antes que ellos, ya que en su visión, las mayores responsabilidades por la situación actual son/han sido de otros. Se trata de un terreno abonado para querellas, mezquindades y cegueras, lo cual explica por qué se avanza a pasitos de tortuga en las negociaciones, mientras Groenlandia y Australia se derriten y queman, respectivamente, a saltos de liebre.

Sin embargo, también es verdadero que existen problemas genuinos y atendibles debido a que el mundo está políticamente muy fragmentado, y las desigualdades en el desarrollo son grandes.  Para entenderlo, veamos los problemas para establecer la reglamentación del artículo 6 del Acuerdo de París de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. En la COP 25 no se logró. Y era -y sigue siendo- tan importante que se mantendrá como el mayor desafío de la COP26 en Londres en 2020: fija un sistema de oferta y demanda que podría establecer un precio global del CO2 y, por ende, permite los incentivos para que tanto los mercados privados como los Estados financien las reducciones de este gas, en un marco de confianza global.

Para ponerlos en marcha es necesario (y de eso trata el punto 6.2 del artículo citado) establecer reglas de cooperación bilateral para los ITMOs (Internationally Transferred Mitigation Outcomes). Un ITMO es cualquier tipo de esquema de comercio de crédito de emisiones (de carbono) bilateral, regional o multilateral. Pero también de transferencias de tecnología y provisión de financiamiento climático. Lo que se encuentra detrás de esta descripción “burocrática” es la posibilidad de que una economía le pase a otra el cumplimiento de las obligaciones que ya tomó para disminuir sus emisiones. Es decir, un país puede pagarle a otro para que haga el esfuerzo o sacrificio que no puede o quiere hacer.

No haber llegado a un acuerdo en Madrid supuso una barrera a la expectativa formal y acordada de que, en este 2020, los países firmantes del Acuerdo apostasen a disminuir más intensamente sus emisiones, porque los ITMOs son necesarios para facilitarlo.

Sustentabilidad en el centro

No todo fueron malas noticias. Quizá la mejor fue el anuncio de la Alianza de la Ambición Climática (un grupo de 73 países, 14 regiones de países más grandes, 798 ciudades, 786 empresas y 16 grupos inversores) que se comprometieron a trabajar para llegar a liberar cero carbono en 2050. El lado bueno es que en las “regiones” se encuentran California (por sí sola la quinta economía del mundo) y el estado de Nueva York, que se han apartado de la política negacionista del cambio climático adoptada por el gobierno de Donald Trump. Y la presencia de bastantes empresas emblemáticas como Adidas, Ambev, Danone, Inditex, Mahindra, Nestlé, Nike y Unilever. También en la zona luminosa se encuentra la participación de todos los países europeos más grandes (con la ausencia de Polonia). ¿El lado malo? Del resto del mundo sólo naciones muy pequeñas, a excepción de Argentina, Chile, Colombia, México y Perú.

Los resultados de la COP25 son un nuevo síntoma de que el siglo XX se acabó, geopolíticamente hablando. En medio del pesimismo de su cierre, la esperanza se trasladó no a la COP26, sino a la Cumbre Unión Europea-China de septiembre próximo en Leipzig.  A esa mesa, la UE lleva una carta nueva en la baraja: su anuncio de que convertirá en ley la propuesta de gastar el 25% de su presupuesto anual en “acción climática”. En 2019, el presupuesto total del bloque fue de €165 mil 800 millones (cerca del 2% del gasto público de todos los países que lo integran y el 1% del PBI europeo). Por su parte, si China se volviese más audaz en sus propias metas, se crearía un eje de liderazgo climático.

Esto podría ocurrir debido al rechazo de Estados Unidos a encabezar un movimiento en pos de la sustentabilidad global. Rechazo paradójico: la National Oceanic and Atmospheric Administration de ese país indicó, a fines de 2019, que su territorio ha sufrido 115 desastres climáticos y medioambientales en la última década, con costos superiores (por cada uno de ellos) a US$ 1.000 millones (los tres más grandes: US$130, US$93 y US$73 mil millones, respectivamente). Además, la cantidad de desastres se duplicó respecto de la década anterior.

Que la esperanza de un planeta térmicamente más o menos normal pueda depender de un bloque China-Europa, es señal de cómo la sustentabilidad ya dejó de ser un tema en los márgenes y comienza a reordenar el mundo. De hecho, se ha producido una unión de facto entre Australia, Brasil, Estados Unidos, India, Rusia y los países árabes, la que opera, en la práctica, a favor del alza de la temperatura planetaria.

Pasemos a la alarma

La presencia de Brasil en este último grupo es adecuada para hablar de nuestro nuevo Ranking de Sustentabilidad, realizado por AméricaEconomía Intelligence. El gigante sudamericano se encuentra en el tercer puesto, debajo de Costa Rica (1°) y Uruguay (2°). Esta ubicación es así de auspiciosa porque en la actualidad el gigante verde-amarelho es sustentable: sus recursos hídricos, su matriz energética renovable, la intensidad energética del PIB, la calidad de su aire (a excepción de las ciudades de Sao Paulo y Río), las áreas protegidas terrestres y su biodiversidad/bosques, y en general un esfuerzo de gobiernos anteriores, le suman puntaje y lo explican. Pero esta es la foto actual. La película hacia adelante toma otro cariz…

Hoy se ve lejano el 2013, año en que la entonces ministra Izabella Teixeira recibía el reconocimiento “Campeones de la Tierra”, por las medidas desarrolladas en su país para reducir la deforestación de la Amazonía. Las medidas regresivas del actual gobierno, como la reducción de las instituciones estatales especializadas en el monitoreo y conservación, así como su actitud frente a los incendios de 2019, mostraron el rostro más regresivo de la gestión actual. Hay motivos no solo para la preocupación, sino para la alarma: en la dimensión Variación de Áreas Forestales de este ranking, por ejemplo, ya ocupa el lugar 7°. Y, si bien, la cifra de disminución parece escasa (-2,35), eso se debe solo a la inmensidad de sus recursos boscosos. Recordemos que del Matto del Atlántico (1,1 millones de km2 iniciales) apenas quedan 143.000 km2, el 11,7%, y que únicamente el 0,03% corresponde a superficies mayores de 10.000 hectáreas. “Este colapso no tiene precedentes, tanto en la historia como en la prehistoria”, ha dicho Juliano Bogoni, investigador de la Universidad de Sao Paulo. Disminución cuya mecánica se repite hoy en día en vastas zonas de Matto Grosso do Sul y también en la Amazonía, como en el caso de Rondonia y Pará.

Revise elPrimer Ranking Latinoamericano de Sustentabilidad

Vale recordar que nuestro ranking no incluye, por ahora, una dimensión específica de emisión de gases de efecto invernadero externa a la economía, que mida lo liberado por incendios forestales, ni una dimensión de la captura de esos mismos gases que llevan a cabo bosques y humedales. En próximas ediciones del ranking cuidaremos de estos aspectos, así como de evaluar las políticas más recientes de los gobiernos y su capacidad de fiscalización. De haberlo hecho en esta primera edición del ranking, la posición de Brasil seguramente se hubiera debilitado. El lugar que ocupa esta nación en la dimensión de impuestos ambientales de nuestro ranking, penúltimo, agrega motivos de pesimismo: señala la escasa o nula conciencia del gobierno y los legisladores, quienes, finalmente, representan a la sociedad en general, sobre lo necesarios que son este tipo de (des)incentivos para evitar la ilusión de que el medioambiente es un “escenario” que nos provee de recursos infinitos. 

Entonces, tras cinco siglos de una “bonanza medioambiental” constante, debido a su extraordinaria abundancia de recursos naturales, la sociedad y autoridades de Brasil parecen dispuestas a autoengañarse abiertamente respecto de la sustentabilidad. El desastre ambiental ocurrido en Brumadinho, Mina Gerais, en enero de 2019, se conecta con esta actitud. El derrumbe de un embalse que contenía barros minerales de la empresa Vale mató a 256 personas y contaminó una cuenca hídrica que cruza cuatro estados con barros tóxicos. De esa tragedia, dos elementos a destacar: primero, la calamidad ocurrió tres años y medio después de uno similar en otro embalse (Mariana), considerado ahora el peor desastre ambiental en la historia del país. Vale, en ese caso, era copropietario. Segundo, una auditoría previa había indicado que el peligro de derrumbe era el doble del máximo permitido. Aun así, la empresa no hizo nada.

La misma inconsciencia atraviesa a la industria agropecuaria en cuanto a los peligros del cambio climático. En toda la zona amazónica (la cual también incluye a Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela y las Guyanas) la temperatura promedio ha aumentado un grado desde 1975. En algunos lugares cerca de dos. Un reciente trabajo, que se centró en 2.000 muestras desde el Cerrado -la sabana tropical de Brasil- a la Amazonía, reveló que la temperatura aumenta de manera inmediata hasta 50 kilómetros alrededor de una nueva zona deforestada. A mediano plazo, esto podría volver inviable la agricultura convencional en vastas regiones de Brasil (aunque no la ganadería). La transformación del centro, este y sur de la Amazonía en praderas -una situación que se activaría por sí misma llegado un cierto porcentaje de destrucción de los bosques-, impactará también a las economías de Colombia, Bolivia, Paraguay, Uruguay y Argentina, al debilitarse o cesar el flujo de los “ríos aéreos”; esto es, de los sistemas de transferencia de humedad en el aire en casi todo el este de los Andes. Modelaciones de estos cambios anticipan la chocante posibilidad de que Brasil se convierta en un país emisor masivo de migrantes climáticos a fines de este siglo, producto de las sequías y aumentos de temperaturas consecuentes.

Crucemos a la costa del Pacífico. En nuestro ranking, Chile se encuentra en la posición 5 y Perú en la 10 (este último recibe una mayor caída debido a su bajo desempeño en impuestos ambientales). Ambas naciones tendrían un perfil mejor si hubiesen elaborado una respuesta efectiva a la contaminación del aire de sus ciudades, debido al Material Particulado (PM 2,5). Hablamos aquí de una amenaza directa, con efectos a mediano plazo, sobre la salud de millones. La correlación entre el MP 2,5 y su impacto sanitario ya no solo está clara en enfermedades respiratorias, sino en afecciones cardíacas y vasculares como los derrames cerebrales. Peor aún, se confirmó que los niños y adolescentes criados en urbes como Ciudad de México, que poseen una variación genética específica (Apo ε4), sufren cambios en su metabolismo cerebral conectados al Alzheimer, y desarrollan un coeficiente de inteligencia 10 puntos menor.

El tema del aire nos sirve para indicar que el Ranking de Sustentabilidad mide también, indirectamente, el uso (y abuso) de los “servicios ecosistémicos”; en lenguaje económico: el acceso de una economía a externalidades positivas o “almuerzos gratis”. En este caso, el aire limpio (o no dañino) es un bien que es generado por la biósfera. No obstante, como lo muestran los casos de Chile, Perú y México, su uso debe de ser sustentable, ya que su renovación no es ni instantánea, ni “mágica”.

El dato anterior era esperado por los economistas del cada vez más influyente ámbito de la ecological economics. Sucede que la economía global, así como ocurre con muchas economías nacionales, es ahora tan grande “que ya no puede pretender más que operar en un ecosistema sin límites”, en palabras del economista Herman E. Daly. Del mismo modo, la certeza de que en el comienzo del crecimiento económico de un país la contaminación aumenta, alcanza un máximo y luego cae (la llamada Curva Medioambiental de Kuznets), como ley “natural”, ya no es válida. El economista especializado en medioambiente y economía, David I. Stern, indica que, más bien, hay un desplazamiento: “Está claro que las emisiones de muchos contaminantes por unidad de producción han disminuido con el tiempo en países desarrollados con normativa ambiental cada vez más estrictas e innovaciones técnicas. Pero la mezcla de residuos ha cambiado de azufre y óxidos de nitrógeno a dióxido carbono y desechos sólidos, por lo que los desechos agregados siguen siendo altos y los desechos per cápita pueden no haber declinado”.

Visto así, en la medida en que cada economía es entendida como un subsistema de la biósfera finita que la sostiene, el concepto de sustentabilidad adquiere un peso central. “Cuando la expansión de la economía invada demasiado el ecosistema circundante, comenzaremos a sacrificar el capital natural (como peces, minerales y combustibles fósiles) que vale más que el capital creado por el hombre (como carreteras, fábricas y electrodomésticos) agregado por crecimiento”, postuló Daly hace doce años. La dimensión de Biodiversidad de este ranking intenta medirlo de una forma gruesa. Aunque el resultado no es efectivo del todo, ya que la dimensión va unida a la presencia de bosques. La correlación biodiversidad-bosques no es directa, dado que las áreas forestales cultivadas muchas veces son “desiertos verdes”. En un futuro mediato, sin embargo, la medición de la presencia de insectos nativos y sofisticación bacteriana del suelo serán elementos que permitirán afinarla.  

En este nuevo escenario, herramientas como este Ranking de Sustentabilidad se irán haciendo cada vez más necesarias y sofisticadas. Pronto, el “crecimiento” económico a secas no será más fuente y meta de satisfacción universal: cuando se perciba que no es sostenible ambientalmente ni deseable humanamente, dado que la calidad de vida se deteriorará en un mundo recalentado. 

Según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, aun en el caso en que los países cumplan lo que han prometido para 2030 (en limitación de emisiones de gases), la cifra estará 38% por sobre lo necesario para que la temperatura no suba de 1,5 °C. Entonces, a menos que tengamos mucha suerte, es prácticamente seguro que la temperatura planetaria escalará 2 a 2,5 °C. En ese mundo, el sistema productivo agropecuario de Centroamérica, Colombia y Venezuela deberá reinventarse o desaparecer (por mencionar un efecto). Debido a ello, medir la sustentabilidad será cada vez más vital para mantener funcionando y recrear nuestras economías, pero -sobre todo- para debatir formas nuevas de pensar y trabajar para hacerla posible.

Detengan el daño, que me quiero bajar

Por Andrés Musalem León De La Barra

La ecological economics, como se denominan varios abordajes a la teoría económica desde la ecología, es cada vez más influyente. En términos simples, en vista del desastre ecológico al que se dirige nuestro globo, ha surgido un movimiento académico que sostiene que es imperativo desacoplar el crecimiento económico de nuestro concepto de progreso y bienestar, asociado hoy al constante incremento de la producción y consumo de bienes materiales.

Algunos de sus exponentes plantean volver al ritmo de incremento del consumo de los años 50 del siglo XX, un orden que nos permitiría mantener una biosfera habitable y donde no se perdería nada fundamental.

En vez de fijarse en el incremento del Producto Interno Bruto (PIB), habría que centrarse en los indicadores de mortalidad, nutrición y educación. Así, quizá se consumirían menos bebidas gaseosas, no se cambiaría de automóvil o celular con frecuencia, y se restringirían las escapadas o viajes de negocios cortos en avión.

En esta línea está el llamado Degrowth (neologismo en inglés que significa “decrecimiento”), un movimiento que aclara que no se trata de empobrecer al mundo, sino de fomentar el crecimiento de países como Nigeria y decrecer el consumo en EE.UU. Y otros movimientos, como el liderado por la activista sueca Greta Thunberg, que plantean el giro como una decisión entre el bien y el mal, independiente de malabares y discusiones economicistas: “abolir” el consumo que implique cualquier tipo de producción contaminante es un deber moral global.

Deber moral o no, la discusión se debe centrar hoy en que el modelo de mercado actual, y prácticamente hegemónico, no provee ningún incentivo de inversión correcto para evitar un desastre ecológico. Esta cuestión clave comenzó a ser discutida por reconocidos economistas, un grupo que fundó en 1989 la revista académica Ecological Economics. Estos académicos defendían que la forma de calcular las rentabilidades y los retornos sobre inversión y activos debía cambiar urgentemente, pues no incorporaba el daño causado al llamado “capital natural”: los bienes provistos por la naturaleza, como el propio aire.

El uso global de plásticos aumentó 20 veces en los últimos 50 años y se duplicará nuevamente en las siguientes dos décadas. Sin embargo, solo la presión pública ante el desastre del plástico arrojado en los mares presionó para que la industria de las bebidas empacadas reemplazara en el corto plazo los plásticos de un solo uso por materiales muchísimo menos dañinos y formatos de consumo responsable. Otros tiempos habrían corrido de existir incentivos de mercado correctos o un modelo de negocios que hubiera incluido los costos ecológicos. El mercado libre simplista, tal como lo imaginó Milton Friedman, no estuvo a la altura en esta pasada.

De ahí la importancia central del Artículo 6 del Acuerdo de París de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, y de los esfuerzos que debiesen seguir siendo centrales en la siguiente Conferencia de Partes (COP). Pues implementar mecanismos de mercado claros, con los incentivos correctos para bajar las emisiones de gases, todo lo que sea necesario, sería una poderosa señal de cómo avanzar, en ese y otros terrenos, hacia una economía que dé cuenta y frene el daño ecológico.