La FIFA y el Comité Olímpico Internacional tienen tres clases de clientes para sus eventos top: gobiernos de países desarrollados, de potencias aspiracionales y de países “simbólicos” dispuestos a gastar lo que tienen (o lo que no tienen) por ingresar al selecto club. Alemania y Gran Bretaña pertenecen al primer grupo, Rusia y China, al segundo, y Grecia y Sudáfrica, al tercero. El “negocio” es sencillo: los estados invierten en infraestructura, seguridad e imagen-país (esperando un aluvión de visitantes), mientras que la FIFA y el COI se llevan las ganancias por la publicidad y las entradas del evento. En el caso de Brasil, nación que cerró contrato con ambas organizaciones, la sumatoria amenaza con ser tan onerosa que ya impacta en la escena política y social como nadie jamás imaginó.

Según datos de la Matriz de Responsabilidad -listado federal de las obras que deberán estar listas para el comienzo del Mundial de Fútbol en mayo de 2014- hay proyectos comprometidos por US$13.300 millones. Parece un poco demasiado. Como comparación, el Mundial de Sudáfrica costó US$3.500 millones. Lo anterior provee de razones a los brasileños que salieron a las calles, el 14 de junio, a protestar por la mala calidad de los servicios públicos, respecto a que -dado que la cuenta la pagarán ellos mismos- no fue una buena idea ser tan pródigo con el césped y las pistas atléticas. En los hechos se sabe que el 83% del programa es financiado por los gobiernos federal o locales. Estos últimos, en algunos casos, obtienen ventajas (US$3.500 millones se destinarán al mejoramiento de las 12 ciudades sedes). También se sabe que las ganancias se las llevarán la FIFA, el comité organizador y los contratistas.

Más allá de las razonables protestas de los brasileños que pasan del reclamo malhumorado a la del supuesto “legado de la Copa”, debiera ser menor al que se esperaba en 2007, cuando el país fue elegido para ser sede de la competencia. Un primer problema ha sido la falta de proporción. La tentación de la “grandeur”. 

Es cierto que tomar las decisiones de inversión no era nada simple. “Nadie hace una obra con la finalidad de atender apenas un gran evento. Algunas ya estaban pensadas y el evento las aceleró, otras se estimó que no eran prioritarias y quedaron afuera”, afirma el profesor Cláudio Barbieri, del departamento de ingeniería de transporte de la Universidad de São Paulo (USP). El ministro de deportes y principal portavoz gubernamental del evento, Aldo Rebelo, considera que los proyectos excluidos son una parte minoritaria del paquete inicial. Su valor, en todo caso, asciende a los US$2.500 millones, afirma. Por otra parte, asegura que “el país ha sido capaz de superar el reto de proporcionar la infraestructura, la logística y las condiciones para los partidos que se celebrarán en los estadios de conformidad con los requisitos de esta Copa, en términos de comodidad y seguridad”.

Lo cierto es que la mayoría de las obras de gran envergadura que no estarán listas para el torneo fueron sustituidas por planes B: proyectos menores y más baratos. “Lo que más interesa estará listo antes de la Copa, como los estadios patrón FIFA. Ahora, las obras de entorno, telecomunicaciones, todo está siendo hecho apurado, y de esta forma el legado para la población terminará muy por debajo de lo que ha sido gastado hasta ahora”, afirma Pedro Trengrouse, coordinador del curso FIFA-FGB (Fundación Getúlio Vagas) en gestión, marketing y derechos deportivos. 

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En cuanto a la infraestructura, dentro de las ciudades, el impacto tampoco sería tan vasto. “No hay que considerar la Copa en Brasil como un evento muy complicado desde el punto de vista de la movilidad. Los partidos van a ser tarde. Entonces nadie va a construir un metro o un monorriel para el estadio, afirma sobre el punto Barbieri.

Medio lleno ¿o medio vacío? AméricaEconomía hizo un completo análisis de las obras y de la sensación de los actores un mes antes de las protestas. En el turismo había optimismo, porque mayo y junio son temporada baja y los viajeros de negocios caen claramente en esa época. Para la Copa las expectativas oficiales son de un arribo de 600.000 turistas, 20.000 periodistas y 3,1 millones de brasileños que se desplazarán internamente para seguir los partidos. En busca de optimizar el hospedaje, el BNDES desarrolló una línea de financiamiento de unos US$2.000 millones para la construcción y rehabilitación de hoteles, entrenamiento del personal y otros ítems relacionados. Como ejemplo, la mayor red hotelera del país, Accord, recibió de él cerca de US$64 millones para reformar cuatro hoteles y construir uno nuevo en Rio. 

Que la hotelería estará bien no hay duda, pero ¿era necesario ofertar esos 2.000 millones a la luz de la oferta ya existente? En palabras del mismo José Francisco Lopes, director del Departamento de Estudios y Pesquisas del Ministerio de Turismo, “lo que va a ocurrir es que esos días se van a volver un mes de alta. En junio los hoteles acostumbran recibir cerca 300.000 extranjeros; en enero, por ejemplo, el movimiento llega a 700.000 turistas del exterior”. Es decir, en teoría habría un excedente de 100.000 camas para extranjeros y, probable, pero no con total certeza, un déficit en algunas ciudades para turistas internos. Con tal escenario los beneficios post Copa no serán particularmente visibles. “Cuando hablamos de la hospitalidad, las principales ciudades ya tienen una oferta de buen nivel y ya están acostumbradas a servir a un mercado sofisticado”, dice Paul Mélega, profesor de estudios de posgrado en gestión de hotel del Centro Universitario Senac. De todas formas, no puede negarse que el boom de inversión privada en el sector hotelero tendrá una obsolescencia menor y mejor retorno gracias a los Juegos Olímpicos de 2016. 

Más positivas son las previsiones para cumplir los objetivos de calidad y cobertura de la nueva red móvil de cuarta generación (4G). En este caso las operadoras han cumplido con el plazo establecido para la primera etapa de oferta de servicio y ya comercializan planes en las ciudades sede. “Hoy las operadoras están dentro de los estadios instalando las antenas y redes indoor. Queda poco tiempo, pero el servicio será entregado dentro del plazo”, concluye.

Caros y baratos a la vez. Volviendo al gasto focalizado en las instalaciones deportivas mismas, es difícil evaluar sus bondades. Hasta antes de las protestas callejeras, se decía que el grueso de la cuenta estaba en los 12 estadios y sistemas de acceso que se debieron construir o reconstruir para albergar los partidos. Se decía que eran esos US$11.500 millones los que le dolían al brasileño de a pie, el que toma el bus y va al hospital público. Es más, que al menos siete estadios habían subido sus costos con respecto a las previsiones iniciales. Y que sólo los de Curitiba, Porto Alegre y São Paulo acaparaban US$3.500 millones. Luego del incendio callejero, las autoridades del gobierno federal indicaron que, en realidad, el gasto en las catedrales futboleras era de apenas US$3.366 millones.

Parte de la explicación para los más de US$8.000 millones de diferencia es posible que se deba a que, como algunos de los estadios (es el caso de los de Brasília y Manaos) están fuera de los grandes circuitos del fútbol local, fueron los gobiernos federales, estaduales y municipales los que tuvieron que meterse la mano en los bolsillos. Aunque la diferencia es tan grande que constituye casi un escándalo.

Aun en este marco, muchos temen que terminado el Mundial el paisaje brasileño quede tachonado de elefantes blancos poco útiles y caros de mantener. Lo cierto es que algunos tienen un futuro esplendor más seguro que otros. Pedro Trengrouse, de la FGV, cree que el de Brasília demostrará su viabilidad económica. “Los precios de las entradas serán altos y existe una demanda muy fuerte por eventos”, afirma. 

Con respecto al resto de las inversiones la duda es igual de grande. La nueva versión oficial, al parecer resultado de invertir la lógica inicial (somos una nueva potencia próspera que invierte al máximo en el deporte) en una inversa (somos una nación fiscalmente responsable que no tiene dinero para excesos) asegura que eran parte del Programa de Aceleración del Crecimiento y que “se iban a llevar a cabo independientemente de la Copa”. De los US$3.770 millones destinados a aeropuertos es posible creerlo, ya no tanto de los US$870 millones en seguridad.

A despecho de todo lo anterior, es casi cierto que el Mundial será un éxito, pero si Dilma no logra que lo ocurrido se convierta en un hito más del avance de Brasil hacia un desarrollo más igualitario, con mejoras incrementales en los servicios públicos básicos, su reelección podría caer a plomo arrastrada por ese síndrome tan asociado al “tercermundismo” regional de antaño: la resaca de la fiesta del dispendio como consuelo del estancamiento.