El pronóstico es alentador: expertos predicen que los países emergentes y sus clases medias constituyen el motor que alienta la salida de la crisis global. Que parte de este desarrollo también se refleja en la región, lo que nos hace sentir optimistas del futuro de América Latina y el Caribe.

En los últimos 50 años, la riqueza de América Latina y el Caribe no solo se duplicó, sino que casi se cuadruplicó. Aun así, y a pesar de logros recientes, la región sigue siendo una de las más desiguales del planeta. En algunos países de América Latina el ingreso del 20% de los hogares más ricos es 30 veces superior al del 20% de los más pobres.

Si la experiencia nos ha enseñado algo, es que el crecimiento a futuro de América Latina tendrá que ser distinto al del pasado. Si hemos de acercarnos a un mundo libre de pobreza, es esencial que el crecimiento económico signifique más que ganancias para unos pocos.

Aquellos países que crecen, pero excluyen sistemáticamente a una buena parte de su población terminan siendo víctimas de conflictos sociales que, al final, entorpecen el crecimiento a largo plazo.

América Latina no ha estado exenta de estos enfrentamientos. Por lo mismo, ha creado mecanismos para proveer un mínimo alivio a la pobreza. Por medio de las llamadas Transferencias Monetarias Condicionadas (TMC), hoy en día 21 millones de familias en 17 países de la región reciben un subsidio supeditado a que los niños continúen estudiando y reciban atención médica preventiva.

La idea central es que niños y jóvenes mejor educados y sanos aumentarán, por una parte, sus oportunidades laborales y de generación de riqueza y, por otra, la productividad del país. Eso, a su vez, proveerá cada vez mejores oportunidades para los pobres. Este círculo virtuoso de alivio a la pobreza ha sido replicado en países y ciudades alrededor del mundo, y en algunos países ya se transformó en política social institucionalizada.

Otras reformas estructurales y serios esfuerzos para mejorar la educaciónhan permitido un continuo descenso en la desigualdad de ingresos entre lostrabajadores mejor preparados y los que no han tenido oportunidades.

Gracias a dicho crecimiento con equilibrio social, América Latina y el Caribe empezó a revertir la tendencia de desigualdad por primera vez en 30 años. En la última década, 13 de 17 países latinoamericanos reportaron una reducción en el coeficiente de Gini, que mide la inequidad de ingresos.

Entre 2002 y 2008, 60 millones de personas salieron de la pobreza, con lo que parecería que la región podría cumplir con uno de los principales objetivos de desarrollo del milenio de Naciones Unidas: reducir a la mitad la tasa de pobreza para el 2015.

Pero como resultado de la crisis económica global, el Banco Mundial calcula que la recesión regresó a al menos unos diez millones de latinoamericanos a la pobreza, y aumentó en unos 3,5 millones la fila de los desempleados.

El riesgo ahora es que en el afán por recuperar el ritmo de crecimiento se descuiden los esfuerzos que, en los últimos años, han permitido un desarrollo económico con mayor equidad social.

Más aún, esta es la oportunidad óptima para reevaluar políticas como los llamados “subsidios universales”. Antes de la crisis la región gastaba entre 5 y 10% del PIB en subsidios (energía, educación, etc). Aproximadamente una tercera parte de ellos terminaban en manos del 20% de la población con mayores ingresos. Si esos fondos se redirigieran a programas como las TMC, podrían triplicar la ayuda a familias que más lo necesitan.

Pero las TMC no pueden confundirse con soluciones de largo plazo a la cuestión social. Representan simplemente un paliativo que requiere complementarse con políticas destinadas a responder a las profundas causas de la pobreza, tales como la pobre calidad educativa y la falta de acceso a servicios públicos esenciales.

Estos programas TMC no son generadores inmediatos de empleo. Para ello los gobiernos deberán mantener sus esfuerzos para aumentar la productividad y la diversificación económica basada en la innovación.

No olvidemos que la región aprendió de crisis pasadas, y a la hora de la crisis, se encontraba en una posición macroeconómica y financiera mucho más fuerte y estable para enfrentarla. Había tenido superávits presupuestariosy niveles de reservas internacionales nunca antes vistos, creando un ambiente para la inversión mucho más atractivo y tasas de inflación bajas.

Así pues, la última crisis mundial causó menos estragos económicos en América Latina, en comparación con otras regiones y con crisis anteriores. Ahora se trata de que el desarrollo post crisis continúe promoviendo un modelo de crecimiento con equidad social, con oportunidades para todos, haciendo que cada vez sean más los países de la región que generen una prosperidad compartida.