Agencia Pública, Anne Vigna. No hay que pasar mucho tiempo con la familia de Amarildo para entender que la Unidad de la Policia Pacificadora (UPP) de Rocinha, que desde hace dos años está presente en esta favela, se metió en un gran problema: Amarildo no es el tipo de persona que podía desaparecer sin que su familia reclamara por él; no es el padre que sus hijos iban a olvidar fácilmente; no es el sobrino, tío, primo, hermano, esposo por el que nadie iba a preguntar: ¿dónde está Amarildo?

En este rincón bien pobre de la Rocinha, donde nació, creció, vivió y desapareció Amarildo, “muchos son de nuestra familia”, dice Arildo, el hermano mayor de Amarildo, enseñando los cuatro lados de la casa. ¡Y es cierto! Siguiendo a un sobrino por las calles es fácil conocer primas y encontrarse con algunas sobrinas, beber un café con las tías arriba y regresar abajo con los hermanos y los hijos. Entre todas esas casas, se anda por escaleras construidas hace mucho, posiblemente por los abuelos de él: Amarildo, el “ hombre de bien” como todos lo describen en esas calles, y que se hizo famoso, pero que por desgracia no fue por su buen corazón.

Ninguno de los parientes conoce bien la historia familiar. Eunice, la hermana mayor de Amarildo, termina llamando por teléfono a una tía abuela, “la única que puede saber algo de la historia, es ella”, dice buscando el número. Al teléfono, la tía abuela que vive también en Rocinha, confirma que la “tátara abuela era esclava, tal vez en una hacienda de Petrópolis, pero no se sabe más que eso”.

Lo que sí se sabe es que la vida se volvió tan difícil para los abuelos de Amarildo, quienes vivían en el campo en Petrópolis (a una hora al norte de Río de Janeiro), que decidieron venirse a Río con los tres hijos muy pequeños. “La Rocinha en esa época era selva y algunas casas de madera, unos barracas como se llaman y nada más”, añade Eunice, quien fue la que retomó las raíces de la familia haciendo en su casa un centro de Umbanda.

En este centro, abajo de la casa, en la parte más silenciosa, es donde recibe a los que quieren saber sobre su hermano. “Amarildo y yo tenemos la misma madre, pero no el mismo papá. A mi mamá le gustaba cambiar”, comente riéndose esta mujer que tiene un papel muy particular en la familia y que logró tener una casa grande para abrigar a muchos. Aquí, hay permanentemente al menos diez personas entre niños y adultos. En la cocina, las cacerolas son grandes porque las bocas son numerosas. En el primer cuarto, tres mujeres comen sentadas en la cama. En el otro cuarto, dos sobrinas están frente a la computadora, trabajando sobre la página de Facebook para Amarildo, siguiendo las pancartas virtuales que la gente pone desde varias partes del país y que preguntan “¿dónde está Amarildo?”.

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La mamá de Amarildo tuvo doce hijos, varios hombres, y trabajó mucho tiempo como empleada doméstica en la casa de una actriz famosa del barrio rico de Leblón. “Esta actriz quería adoptar a uno de nosotros, pero mi mamá nunca quiso”, se acuerda Arildo, el hermano tres años mayor. Del padre de Amarildo, casi no se sabe nada: ni de dónde viene, ni cómo era. Pero todo el mundo se lo imagina “fuerte como Amarildo”. El papá era pescador, tenía su lancha en la Playa XV de Río, donde justamente conoció a su esposa. No se sabe ni cómo ni cuándo pero hubo un naufragio y una herida bien grande en la pierna, tal vez hecha por la mordida de un tiburón... el papá murió de esa herida.

Amarildo quedó huérfano de padre con apenas un año y medio de edad. Aunque nunca lo conoció, Amarildo siempre tuvo una verdadera pasión por la pesca. “De hecho, es la única cosa que hacía en la vida cuando no trabajaba y no ayudaba a la gente: iba a pescar, solo o con su primo. Él pesca sobre las rocas de Sao Conrado y regresa con mucho pescado”, cuenta orgulloso Anderson, el más grande de los hijos. Sus cañas de pescar, que él mismo confeccionó en bambú, son sus únicos objetos personales en la casa.

El domingo 14 de julio, cuando la policía lo detuvo, justo había terminado de limpiar sus pescados. Bete, como es llamada de cariño Elisabete, su esposa desde hace más de 20 años, esperaba por su regreso para freír el pescado, “como tantos domingos”, dice con la mirada perdida. Fueron 20 años juntos, seis hijos, una vida pobre y difícil en un sólo cuarto que sirve de dormitorio, cocina y de baño, pero se siente que en esta casa el amor tenía bastante espacio.

A Bete le cuesta trabajo recordar ahora el encuentro con “su hombre”, como lo llama. De repente se acuerda perfectamente de ese joven que se sentó a su lado en un banco en el barrio de Ipanema: “yo no salía mucho desde que me había ido de Natal. Llegué a Río para trabajar como empleada en una familia. Los domingos iba a caminar un poco por el barrio. Él me habló, nos conocimos y me llevó a la casa de su mamá, aquí en Rocinha. Nunca más salí de ahí”. Bete se instaló con sus dos hijos que ya tenía, no fue un problema con Amarildo, él ama a los niños. “Demasiado”, confirma Bete: “el adora a los niños”. Y para confirmar todavía más esas palabras, dos niñas de la familia cuentan enseguida que es “el tío Amarildo el que nos lleva a la playa de Sao Conrado, es el que nos enseñó a nadar”. Bete sonría apenas, fuma mucho, retoma la conversación y cuenta que está preocupada con su hija de cinco años, la más pequeña, “la que siempre estaba con su padre”. Bete le dijo al inicio que su padre se había ido de viaje. Pero tuvo que explicar que por el momento no regresará. La pequeña lo espera con toda la esperanza de una niña que siempre creyó en las palabras de su papá, que siempre le cumplió y que la última vez le prometió un gran pastel por su próximo cumpleaños.

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Amarildo no es solamente el héroe de su hija. A los once años, fue el héroe de toda la comunidad cuando se metió en una casa en llamas y salvó a su sobrino que tenía apenas cuatro años. “Era un niño, pero igual se metió. Me salvó a mí y hasta intentó salvar a mi hermana que tenía ocho años. Pero no logró sacarla, ella murió y yo me quedé meses en el hospital”, comenta Robinho, quien hoy día tiene 34 años y guarda en la piel todas las cicatrices de esa noche de fuego.

Aquí todo el mundo conoce a Amarildo como el “buey”, por ser un hombre muy fuerte y que ha cargado una infinidad de personas que necesitaban bajar de urgencia hacia el hospital por esas escaleras. “Unos días antes de desaparecer, cargó y salvó a la vecina de arriba. Él es una “persona fantástica”, siempre ayudó a la gente por una emergencia o para una mudanza”, cuenta Simone, su cuñada que no puede evitar las lágrimas: “Lo extraño muchísimo, sobre todo su sonrisa. Mi marido no dice nada, pero sé que siente una rabia muy fuerte. La primera noche se quedó todo el tiempo en la ventana esperando por el regreso de su hermano”.

La rabia la tiene toda la familia y nadie quiere callarse aunque saben de los riesgos y que varios de la familia ya fueron amenazados por los policías. “¿Por qué fueron atrás de él? ¿Estamos regresando al tiempo de la dictadura? Él trabajó toda su vida y cuando no trabajaba ayudaba a los otros o iba a pescar para darle de comer a su familia. Nunca se metió con nadie, nunca tuvo ningún problema”, comenta su prima Michelle.

El "buey" es albañil desde hace 30 años con un salario miserable. “Por eso, a veces cargaba sacos de arena los sábados, para ganar un poco más de dinero”, comenta Anderson, quien enseña los ladrillos que su padre había logrado comprar para hacer un segundo piso en la casa: “la verdad iba a tener que volver a hacer todos los cimientos de la casa porque se está cayendo y lo íbamos a ayudar mi hermano y yo”. Él describe a su papá como “un padre, un hermano, un amigo; era todo para mí”, describe aguantándose las lágrimas al llegar su otra hermana de 13 años.

La familia, a la espera de noticias que nunca llegan, mientras nadie les da respuesta, se organiza con los vecinos, amigos y finalmente con víctimas de la policía. Para la próxima manifestación en Rocinha, estarán presentes otros familiares de otros desaparecidos por otros policías en otras favelas. “Tenemos que luchar para que esa impunidad no continúe. Queremos justicia para Amarildo y para todos nosotros que vivimos ahora con esta policía”, dice su sobrina Erika.

Amarildo, a sus 43 años, desapareció sin que su familia tenga derecho a ni siquiera una explicación oficial, como tantos otros de tantas favelas brasileñas, víctimas de la violencia policiaca. Pero esta vez, nadie quiere callarse. ¿Dónde está Amarildo?

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Cómo desapareció Amarildo

El Operativo Paz Armada, que movilizó a 300 policías, entró en la favela Rocinha los días 13 y 14 de julio para detener a sospechosos, todos ellos sin antecedentes criminales, después de una táctica que tuvo lugar en los alrededores de la favela. Según la policía, fueron detenidas 30 personas, entre ellas Amarildo.

Según un testigo entrevistado por la reportera Elenilce Bottari, del periodico Globo, se lo llevaron alrededor de las 20 horas del día 14, llevando consigo todos sus documentos: “él estaba en la puerta de un bar, yendo a su casa, cuando los policías llegaron”. El Cara de Chango (como es llamado uno de los policias de la UPP) puso la mano dentro de las bolsas de Amarildo. "Él reclamó y enseñó sus documentos. El policía hizo como si fuera a confirmar por el radio, pero casi de inmediato se volteó hacia él y le dijo al buey que tenía que ir con ellos”, según un testigo.
En cuanto Bete lo supo, se fue a la base de la UPP en el Parque Ecológico y llegó a ver al esposo que estaba dentro. “El me miró y me dijo que el policía estaba con sus documentos. Entonces ellos dijeron que en breve regresaría a casa y que no lo podiamos esperar ahí. Fuimos a la casa y esperamos toda la noche. Después, mi hijo buscó al comandante, quien dijo que ya habían liberado a Amarildo, pero que no se podían ver las imágenes en las cámaras de la UPP porque habían tenido un problema técnico con ellas. Ellos creen que el pobre es burro”, dijo Bete al Globo.
El caso está siendo investigado por el delegado Orlando Zaccone, de la 15ª DP (Gávea), y hasta la fecha no hay ninguna conclusión.