¿Estamos mucho más cerca de lo que creemos de una guerra internacional destructora? “El año pasado, el reloj del Doomsday ─sistema que fija las posibilidades de un conflicto que ponga en peligro a toda la humanidad─ se movió a cinco minutos de las doce de la noche. Y hay que recordar que estaba a siete minutos de ella cuando se creó, en 1947”. Así expresó el experto en relaciones internacionales, Juan Gabriel Toklatián, los peligros de “este tránsito de poder tan complejo que estamos viviendo”, en el cual “se ha exacerbado el nacionalismo en un marco de propagación armamentista”.

Las afirmaciones de Toklatián surgen en el contexto del lanzamiento del libro "El crimen de la guerra", del emprendedor web y ejecutivo de medios Roberto Vivo Chaneton, donde también afirmó que una señal de la posibilidad citada “es el deterioro de las instituciones globales como las Naciones Unidas, con actores internacionales que prefieren salir de estas instituciones consensuadas después de la II Guerra Mundial”.

En el evento, que tuvo lugar este jueves en Buenos Aires, el uruguayo Vivo Chaneton, fundador del grupo Claxson, planteó de entrada la pregunta: “¿por qué un empresario como yo se interesa en el tema de la guerra?”. Y no sólo eso, sino que también encabeza una campaña, lanzada en paralelo, este mismo día, de recolección global de firmas para obtener que la guerra sea declarada un crimen de lesa humanidad.

La respuesta, indicó, se encuentra tanto en su historia personal (en su juventud pudo haber combatido en la guerra de Vietnam, si su familia no hubiera abandonado los EE.UU.) como en lo que consideró una situación inédita en la historia humana. “Pese a que todas las grandes religiones tienen en común la llamada regla de oro (no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti mismo), explicó, hubo siempre una barrera psicológica que dificulta cumplirla: el temor a lo desconocido”. Sin embargo, ahora, tal temor ─que gatilla reacciones destructivas─, aseguró, “con la globalización, no digo que no exista, como barrera, pero está sensiblemente derruida”.

Es la oportunidad, entonces, para la iniciativa nacida, entre otros, de la mano de Benjamin Berell Ferencz, uno de los inspiradores de su libro. Con 94 años, el último de los fiscales jefe de los Juicios de Nuremberg que todavía vive, el abogado lucha por codificar el “crimen de agresión militar” como “crimen de lesa humanidad”, cambio que dificultaría enormemente las guerras no civiles, al poder perseguirse en todo el mundo a cualquiera que declare una guerra no defensiva sin apoyo de las Naciones Unidas. Eliminar los conflictos bélicos es cada vez más imperioso, aseguró, porque -a diferencia de las guerras de hace apenas 100 años (en la Primera Guerra mundial “sólo” 11% de las víctimas fueron civiles)- hoy los civiles que mueren en los conflictos “superan largamente el 90%” del total.

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Por si lo anterior fuera poco, Vivo Chaneton recordó que, si bien históricamente la posibilidad de ganar un conflicto entre dos contendores en equilibrio de fuerzas daba una posibilidad de 50%, “ya en 1980, la posibilidad de que cualquiera de los dos bandos gane una guerra es de apenas del 19%”. El periodista y politólogo presente, Claudio Fantini, reafirmó esta idea al indicar que, contra lo que se cree, actualmente “las guerras que se acaban son la excepción que confirma la regla. Las guerras tienden a no terminar: se da vuelta la página en los medios, pero continúan, metamorfoseándose”. Y citó el caso de la guerra del Congo, en proceso desde hace 20 años, con 5 millones de muertos: “la cantidad de víctimas más grande después de las de la II Guerra Mundial y de la que nadie habla, por lo incómodo que es saber que se debe a la disputa sobre las reservas de coltán, elemento esencial para los celulares y laptops“.

Lamentablemente las perspectivas no son optimistas. De ello se lamentó Toklatián, académico de la Universidad Di Tella, al puntalizar que lo vital es tratar de delinear las precondiciones de la guerra, de manera de poder evitar que estas surjan. Porque, cuando éstas ya están dadas, ya “no es cuestión de la voluntad de las personas, sino de las condiciones objetivas en el sistema internacional” el que estallen o no.

De hecho, tales precondiciones, alertó, se incrementan año a año. Una de ellas, dijo, “son las tasas de desigualdad social pavorosas en India y China”, unidas a las de EE.UU., dónde la desigualdad ha revertido a la que era en 1929; en tanto que en Europa el estado de bienestar se acerca al colapso. Aunque indicó que, por otra parte, la pérdida de poder de EE.UU. era muchísimo más lento de lo que se alega y el aumento de poder de China mucho más exiguo, con lo cual el proceso de cambio en el liderazgo mundial no era tan acelerado, las otras tendencias que promueven las guerras se incrementan.

En tal contexto, la historia enseña que basta la aparición de los “precipitantes”, que “son disparadores y no la razón de la guerra”, para que estalle el conflicto. Estos son disputas territoriales y “errores de percepción: siempre se entra en la guerra con la idea de que será corta, eficiente, con pocas bajas”, dijo sin ironía. De allí lo vital de lograr que las naciones se declaren partidarias de la paz por convicción, en un entorno donde no estén presentes las precondiciones para la guerra.

En un mundo con nueve potencias nucleares que disponen de 17.200 armas nucleares (equivalentes a un millón de bombas de Hiroshima) y en el cual naciones como EE.UU., Rusia, China, Israel e Irak, entre otras, se niegan a firmar o ratificar su sujeción a la Corte Penal Internacional, las perspectivas no son para sonreír.