Más allá del color o tendencia política, lo que Chile necesita es un potente discurso político, integral y de unidad nacional para el cambio de mando.

No hay duda que las recriminaciones por el accionar del gobierno de Michelle Bachelet frente al terremoto, válidas o no, serán el pilar de los próximos meses. Los culpables por omisión, incapacidad o negligencia deberán responder con sus cargos y carreras (económicas, militares y políticas). Porque dada la magnitud del error, será muy difícil para cualquiera involucrado evitar u ocultar sus responsabilidades. Asimismo, sobre todo será difícil no exigir el máximo rigor para aquellos que se permitieron el derecho, por sobre la ley, de transformarse en vándalos en momentos de tanto dolor.

Sin embargo, más allá de cualquier simpatía política por la centro-izquierda o la centro-derecha, o por la obligación de avanzar en reparar los errores de conducción y toma de decisiones, y sobre todo de gestión efectiva, lo que se necesita Chile es un potentísimo discurso para el 11 de marzo.

Este terremoto dista de cualquiera otro que hubiera afectado a Chile durante el siglo XX, y lo que hemos vivido del XXI. La destrucción es cuantiosa y las cifras se han transformado en millonarias. Sin embargo, el presente no tiene doble lectura, ni menos dos oportunidades. La forma en que los recursos sean ofrecidos y utilizados marcará el éxito o fracaso de la reconstrucción. Esta no puede ser la lógica de la Teletón o de una red de ayuda social-comunitaria: esta es la reconstrucción de un país, Estado, nación, es decir, de un nuevo Chile. Por eso, este momento demanda capacidad de decisión, empuje, don de mando, gestión y mucho coraje.

Así, el discurso del 11 de Marzo de 2010 deberá imprimir y transmitir fortaleza, unidad, creatividad, y sobre todo, la certeza de que los recursos estarán disponibles. El gobierno entrante no puede dudar entre la visión de mercado versus Estado.

Así, el Estado tendrá una función de fundamento basal y el mercado de ejecución. Al apoyo externo y el ofrecimiento de créditos blandos del mundo, se debe sumar la fuerza del financiamiento nacional. Hoy existe dinero suficiente que respalde una reconstrucción vigorosa y moderna, por ende los índices podrían cambiar de manera sustancial, haciendo bajar el desempleo, aumentando el crecimiento y, dado el alcance, generando los indicadores necesarios para que la próxima administración cumpla con las expectativas que permitan satisfacer las promesas electorales.

Los recursos deben fluir y estar al alcance de cualquiera que los necesite y en los tiempos necesarios para desarrollar el proyecto reconstructivo. El mensaje debe se transversal e incluir todas las áreas: educación, salud, vivienda, infraestructura vial e incluso apoyo de políticas sociales integrales y efectivas.

Entonces, la reconstrucción efectiva depende en gran medida de cómo el nuevo gobierno imprima un sello de optimismo y de unidad social. Así, el discurso del 11 de marzo de 2010, como ya lo han sostenido algunos especialistas, es y por causas naturales, la única oportunidad que tiene el presidente entrante de generar desde el comienzo un impacto revitalizador de unidad y de confianza en el país. Dicho en otras palabras, no hay espacio para el error.