La ira, el miedo, la ansiedad y, sobre todo, el rechazo, son los factores que están moviendo a los votantes en el duelo electoral de Brasil, el próximo domingo 7 de octubre. Las elecciones más imprevisibles que el país ha visto desde que recuperó la democracia y que tendrán un segundo capítulo, el domingo 28 de octubre. Porque el país está tan dividido que ningún candidato podría ganar en primera vuelta.

Las encuestas coinciden: el ultraderechista Jair Bolsonaro es favorito, con el 31 % del voto, seguido por el candidato del Partido de los Trabajadores, Fernando Haddad, con 22 % de respaldo.

Pero hay algo muy revelador en estos sondeos: Bolsonaro tiene el 45 % de rechazo y Haddad acumula el 41 % (y va en aumento), de acuerdo con Datafolha.

“Muchos electores de Bolsonaro nunca vieron su programa ni sus propuestas, solo votan por rabia contra el PT”, afirma Geraldo Monteiro, director del Centro Brasileño de Estudios sobre la democracia, de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (Cebrad/UERJ).

Bolsonaro ha dicho que “Brasil no merece ser gobernado desde la prisión”, en referencia a Lula, preso y condenado por corrupción. Ni siquiera el rechazo de las mujeres lo ha afectado.

Analistas coinciden en que en estas elecciones se impondrá el voto “anti”, bien sea contra la línea de “dictadura y mano militar” que ofrece Bolsonaro, o contra la corrupción que ha marcado a Luiz Inácio Lula da Silva y al Partido de los Trabajadores (PT), que representa Haddad.

Lula y corrupción. Desde la cárcel en la ciudad de Curitiba, donde se encuentra desde el pasado 7 de abril, Lula (2003-2010) capitalizó la atención mediática durante las primeras semanas de campaña y desde allí ungió a Haddad como su sucesor cuando fue inhabilitado para ser candidato.

Acorralado por la justicia, Lula dio un paso al lado y permitió la entrada de su delfín en el juego político, pero continuó calculando desde su celda cada detalle del cronograma del Partido de los Trabajadores (PT), el cual ayudó a fundar en la década de 1980.

Pero el PT perdió liderazgo con Haddad, exalcalde de Sao Paulo, pero quien es un desconocido para muchos en Brasil y no ha podido hacer frente a la mancha que persigue a su partido.

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La gigantesca investigación Lava Jato, sobre un sistema de sobornos en Petrobras, sentó en el banquillo o puso tras las rejas a decenas de empresarios de primer plano y a responsables de casi todos los partidos políticos, pero no llegó a revolucionar la práctica de la política en Brasil.

Analistas explican que, a pesar del rechazo de los brasileños hacia la corrupción, caciques políticos del país seguirán al frente del país, principalmente en las regiones. La corrupción es un mal enquistado en la sociedad.

“Hay una cosa clara: hay un resentimiento grande de la clase media brasileña, la gente blanca está en contra de Lula, rechazan los pocos pasos que Lula logró dar para disminuir la enorme desigualdad de Brasil (...). Eso trajo mucha molestia. Y bueno, la corrupción, que aunque siempre ha existido en el país, pasó de ser una marca de la derecha a ser un pecado de la izquierda, que también resultó ser corrupta”, le dijo a este periódico Luiz Ruffato, uno de los escritores más reconocidos de ese país.

“El proceso de intolerancia y odio que atraviesa la sociedad es tal vez inédito en Brasil", afirma la historiadora Heloisa Starling, coautora de Brasil: una biografía, un libro de referencia.

Capitalizar el descontento. Pero Bolsonaro, excapitán del Ejército de 63 años, homofóbico, misógino y nostálgico de la dictadura, supo capitalizar el malestar de los brasileños, cansados de la crisis, los escándalos de corrupción y la criminalidad.

El 6 de septiembre el líder ultraderechista fue apuñalado con un cuchillo de cocina en la ciudad de Juiz de Fora, un atentado que le dejó ingresado durante más de tres semanas. Desde su lecho de enfermo sigue hablándoles a los inconformes del país: acusa al Partido de los Trabajadores de ser la causa de todos los males que vive el país, principalmente la crisis económica y la corrupción.

Bolsonaro ha dicho que “Brasil no merece ser gobernado desde la prisión”, en referencia a Lula, preso y condenado por corrupción. Ni siquiera el rechazo de las mujeres lo ha afectado.

El analista Monteiro ve además el empuje de Bolsonaro como un paradójico contragolpe de las manifestaciones masivas de mujeres que el sábado pasado salieron a las calles al grito de “Él no”, para pedir que los brasileños impidan la llegada al poder del excapitán del Ejército, conocido por sus declaraciones misóginas, homófobas y racistas.

“Me parece claro que este crecimiento se dio en reacción a las manifestaciones del fin de semana. El lado de Bolsonaro también se movilizó y muchos indecisos escogieron su lado”, afirma Monteiro.

“Vamos a juntarnos para impedir que destruyan Brasil”, dijo Bolsonaro en un mensaje en el que destacó su condición de símbolo “anti PT”, que le ha ayudado a atraer a millones de seguidores.

“Nunca vi una elección tan polarizada”, con tantos electores que votan principalmente contra quienes detestan y no por aquellos que se identifican con sus ideas, dice Monteiro.