Lo dijo Emilia, una morena de Montes de María, en el Caribe colombiano, a la que probablemente la edad no la deje cumplir su anhelo: “Lo único que yo quiero es volver a cultivar en paz la yuca y el plátano”. Su profundo deseo, dicho de tan simple manera -mientras lava platos plásticos con desgano- es el de millones de colombianos a los cuales el conflicto armado interno los despojó de sus tierras, sus cultivos y sus arraigos familiares.

De ahí la esperanza que albergan muchos tras el anuncio de que, por primera vez en la historia, el gobierno de Colombia y las Fuerzas Armadas Revolucionarias lograron llegar a un primer acuerdo en el tema agrario, en los diálogos de paz que se desarrollan desde noviembre pasado en La Habana. Es, sin duda alguna, un importante avance para el país, pero en especial para el área rural.

“Colombia pierde anualmente entre un punto y uno y medio del PIB debido a la dificultad de producción agrícola por el conflicto armado”, asegura el ex ministro de Agricultura Juan Camilo Restrepo.

Y las cifras lo confirman. Investigaciones de la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (Codhes) revelan que alrededor de 5,7 millones de colombianos fueron desplazados de sus lugares de origen por la violencia. De éstos unos 40.000 reclaman actualmente 2,9 millones de hectáreas de cultivo que tuvieron que abandonar o vender a muy bajo precio por presión de algún grupo armado. 

“La guerra no sólo ha perjudicado a campesinos de pequeñas parcelas, sino a medianas agroempresas, ganaderos, floricultores y toda la producción formalizada del país”, afirma el presidente de la Sociedad de Agricultores de Colombia, que representa al 74% de los gremios productivos del sector del campo.

Pero a pesar de los lentos avances y aún inmensas dificultades, la mayoría de los trabajadores del campo quiere creer que una firma de paz con la guerrilla aliviará su situación.

Restrepo -quien fue el encargado de implementar e iniciar el proyecto de restitución de tierras del presidente Juan Manuel Santos desde el principio de su mandato en 2010- dice que cerca de 25 millones de hectáreas se han dejado de cultivar debido a la falta de incentivo que significa “la violencia endémica que vive Colombia”. 

Según la FAO, Colombia utiliza sólo el 24,1% de su potencial agrícola, es decir, 5,3 millones de hectáreas de los 22,1 millones disponibles para cultivos. Esto, pese a su alta disponibilidad de recursos hídricos y condiciones agroecológicas que le permiten cultivos diversificados, como asegura el organismo.

La tenencia de la tierra es un tema de tanta importancia en Colombia que se constituyó en el primer punto de discusión en los diálogos de paz, por encima de la participación política de las FARC y el narcotráfico. El Alto Comisionado para la Paz, Sergio Jaramillo, ha sostenido que el gobierno cree que la paz se construye ante todo en el campo y que, sin una transformación profunda del sector rural -que rompa el círculo vicioso de violencia en el campo- el fin del conflicto no está garantizado.

¿Tierra quieren? Sin embargo, aunque se lograra llegar a un acuerdo de paz con las FARC, la tarea no es fácil. Está, en primer lugar, el hecho de que esta guerrilla no es la única despojadora de los campesinos. También lo son los paramilitares, narcotraficantes y el Ejército de Liberación Nacional (ELN). A esto se le suma que en muchas zonas los registros catastrales -si es que existen- así como los registros de propiedad, no son confiables. Y, como si fuera poco, el ministerio de Defensa afirma que el 70% de las tierras en conflicto están minadas.

La resistencia de los despojadores a devolver las tierras es alarmante. A la fecha al menos “20 reclamantes de tierras han sido asesinados desde que empezó el proceso de restitución y más de 700 han sido amenazados”, según denuncia Carmen Palencia, líder de las víctimas. 

Pese a esto el gobierno está avanzando en las políticas de retorno al campo y devolución de terrenos. La Ley de Víctimas y Restitución de Tierras -según precisa Restrepo- está implementada en su totalidad en cuanto a las instituciones encargadas de llevar adelante el programa. “Se aprobó la ley, se creó la unidad de restitución de tierras, y se aprobó la procuraduría agraria”. Desde octubre de 2012, cuando se profirió la primera sentencia de restitución a favor de las víctimas, ya son 100 los fallos que han determinado la devolución de más de 14.000 hectáreas. “De aquí al año entrante vamos a tener, por lo menos, unas 100.000 hectáreas restituidas por fallos judiciales”, asegura Restrepo.

El desafío es enorme. El ex ministro de Santos dice que, con o sin acuerdos de paz, se va a requerir más presupuesto para el campo, más normas, más institucionalidad en los próximos siete u ocho años. “No son sólo subsidios, son inversiones, es presencia del Estado en ciencia, tecnología, asistencia técnica, riego y drenaje”, precisa. Asimismo, explica que con el proyecto de creación de un Fondo de Tierras se masificará el acceso de los campesinos a la propiedad. “El Fondo habrá que arbitrar -en estos próximos años- recursos de tierras en una extensión de tres a cuatro millones de hectáreas”.

Palencia, por su parte, denuncia la “falta de resultados en la investigación, captura y judicialización de los despojadores y de sacar a los que, desde su poder como autoridad en las regiones, legalizaron el despojo”.

Pero a pesar de los lentos avances y aún inmensas dificultades, la mayoría de los trabajadores del campo quiere creer que una firma de paz con la guerrilla aliviará su situación. Una encuesta realizada el año pasado por la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC) al inicio del proceso, a 2.500 personas en 250 municipios de 25 apartamentos, reveló que el 66% de la población rural apoyaba el proceso, frente a un 11% que no lo aprobaba. Ante la pregunta ¿cree usted que se beneficiaría su agroempresa si hay un acuerdo de paz? el 60% dijo que sí. En un sondeo similar realizado en el primer trimestre de este año, la cifra de apoyo se elevó a un 74% y los que pensaban que la paz beneficiaría su producción subió a 72%. La abnegada Emilia sigue soñando con yucas y plátanos saliendo de la tierra rebosante, como en los viejos tiempos.