Excelsior.com.mx. Como un virus se multiplican los feminicidios en México: rápido y en todas direcciones. Todavía hace cinco años 20% de municipios estaban libres de este fenómeno, pero hoy apenas 10% del territorio mexicano puede presumir que ahí no se asesinó alguna mujer. A las localidades que eran seguras también las contagió este mal.

Marco Valdivia advirtió un creciente efecto de contagio de los feminicidios en el Estudio Nacional sobre las Fuentes, Orígenes y Factores que Reproducen la Violencia contra las Mujeres, realizado por la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres (Conavim), dependiente de la Secretaría de Gobernación (Segob).

Un municipio rodeado por localidades con altas tasas de homicidios contra mujeres, así éste tenga un índice bajo, incrementa su probabilidad de elevar drásticamente su cifras de asesinatos. Este comportamiento se detectó en 18 municipios (de más de cien mil habitantes) que de un año a otro (2008 a 2009) pasaron de una condición de violenta Bajo-Alto a Alto-Alto, como: Ojinaga y Práxedis G. Guerrero, en Chihuahua; Arteaga, en Michoacán; Caborca, en Sonora; Pánuco de Coronado, en Durango, o Benito Juárez y Petatlán, en Guerrero.

La tendencia nacional es hacia una homogeneización de las tasas de homicidios de mujeres en todas las zonas del país.

“Puedes ver cómo México va pintándose de rojo”, afirmó Florinda Riquer, socióloga de la UNAM.

Consideró que una mirilla para poder dimensionar el nivel de agresión contra las mujeres es la prensa y puso como un ejemplo reciente que durante tres días continuos, del 16 al 18 de junio, se documentó un nivel inédito de violencia.

Primero observamos imágenes reales (que un celular grabó dentro de una primaria) en las que un alumno se le abalanzó al cuello de su compañera para aplicarle una llamada “llave china” hasta dejarla inconsciente. Después el circuito cerrado de una gasolinera mostró el momento en que un conductor embistió a una mujer con su camioneta para asesinarla. Al siguiente día, los periódicos describieron otro aberrante crimen en un hogar, en el que una bebé de cuatro meses murió asfixiada en la cuna, su madre murió víctima de cuatro disparos y la empleada doméstica fue degollada.

“El trato que se le da a las mujeres habla del tipo de sociedad que tenemos”, aseguró Ana Murillo, investigadora y feminista de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS).

Estos tres sucesivos hechos violentos ocurrieron en tres diferentes zonas del país: una el norte (Hermosillo, Sonora), otra en el centro (Cuernavaca, Morelos) y la última en el sur (Tabasco), como para no dejar duda de que la agresión que se ejerce contra las mujeres es a diario, por todo México y en cualquier lugar: escuela, vía pública u hogar, indicó.

El narcotráfico. La guerra contra el crimen organizado también llegó a recrudecer la violencia y a que se registrara la mayor aceleración de homicidios de mujeres hasta ahora.

A partir de 2007 los indicadores de asesinatos se fueron hacia arriba. Hubo incrementos impresionantes.

Las gráficas de cada año crecen sin poder detenerse o descender. De 2007 a 2008 los feminicidios subieron 30,8%; para el siguiente año 32,5% y de 2009 a 2010, 19%, respecto al anterior periodo.

La coincidencia entre el crimen organizado y la proliferación de homicidios de mujeres fue tal, que un cuarto de todos los asesinatos registrados por el INEGI (36. 606) durante 25 años (1985-2010), se cometieron en los últimos cinco años.

“Nosotros, por lo menos, no encontramos una referencia directa de que el narcotráfico sea el que haya dado muerte a las mujeres, más bien sucede en un contexto de la lucha contra el narcotráfico”, explicó Felipe Mora, de la Universidad Autónoma de Sonora, encargado de recabar los datos de feminicidios en la región Noreste del país (Chihuahua, Tamaulipas, Durango, Nuevo León, Coahuila y Zacatecas).

En esta zona fronteriza, donde el riesgo de homicidios para mujeres aumentó más de 400% en la última década, operan al menos siete carteles de grupos de narcotraficantes que luchan, desde hace varios años, por las rutas de tránsito de drogas y estupefacientes hacia Estados Unidos.

En el Noroeste, la región más peligrosa del país: una mujer de 25 a 29 años tiene un riesgo 61 veces mayor de morir por homicidio que una mujer de la misma edad de la zona centro de México.

“Es como si en tiempos de guerra hubiera permiso para matar”, definió la socióloga Florinda Riquer.

En la región del Noreste, recordó la especialista, fue donde el ex presidente Felipe Calderón concentró la llamada lucha contra el crimen organizado.

La Organización de las Naciones Unidas han planteado que la violencia se exacerba contra mujeres y niñas durante y después de conflictos armados. Se calculó que 70% de las bajas de inocentes registradas durante los conflictos vividos en la ex Yugoslavia, Ruanda y Afganistán correspondía a mujeres y niñas.

Y México no es la excepción. Desde el comienzo de la guerra contra el narcotráfico se multiplicaron cuatro veces los homicidios por arma de fuego y explosivos y se triplicó el asesinato por golpes y violación.

Antes de 2007 sólo se usaban armas de fuego en uno de cada tres casos, pero después de este año se convirtió en la forma de agresión más mortal. Más de la mitad de mexicanas asesinadas ha muerto por al menos un disparo.

Las necropsias hechas a las víctimas han documentado que en territorio nacional se emplea mucha saña y los medios más brutales para asesinar mujeres. Es casi tres veces mayor la proporción de casos en las que se recurrió a un ahorcamiento, estrangulación, sofocación y ahogamiento en un feminicidio que en el homicidio de un hombre. También es ligeramente mayor el uso de navajas y cuchillos y si se compara el género en cadáveres envenenados o quemados son 4,4 veces más recurrentes las mujeres que los varones.

En México, el alza de tasa de homicidios es una situación sin antecedentes en ningún país del continente.

Año tras año, mientras el crimen fue apoderándose de los territorios fronterizos, el Estado de México, que por décadas había ocupado el primer lugar en feminicidios, bajó hasta el lugar 14 y Chihuahua escaló hasta encabezar la lista en 2008.

Encuentran procedimiento de agresores. El grupo más afectado por los feminicidios lo conforman las mujeres de entre 24 y 29 años. La mayoría muere al recibir un disparo a mano de sus agresores, entre los que se encuentran sus parejas, como maridos, novios o amantes y ex parejas.

Y cada vez son más estudiantes y universitarias las víctimas, como en el caso de Perla Vega Medina, de 30 años, profesora de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS). Murió en su propia recámara, después de que su ex novio entró por la ventana y la asesinó con el cuchillo que ella había utilizado para comer su fruta.

“Una de mis mejores amigas fue asesinada una noche cualquiera, dormía en su cama soñando con la vida maravillosa que apenas comenzaba. Alguien no soportó que soñara tanto, se metió en su cama y con un pequeño cuchillo de cocina le quitó hasta el último de sus pensamientos, se llevó su grandioso futuro, el doctorado que ya no estudió, las clases de salsa a las que nunca fuimos, el libro que le recomendé y que no alcanzó a leer, las miles de pláticas que dejó pendientes”, escribió el 3 de marzo el administrador de la página de Facebook “Justicia para Perla Vega”.

Y lo peor es que apenas cuatro de cada diez llegan antes de morir a un centro de salud.

Tampoco hay justicia para ellas, porque casi nunca se sabe quién las asesinó, es más, en México es imposible determinar por qué se asesinan a las mujeres. En una cuarta parte de los feminicidios ni siquiera se practicó una necropsia de ley, y si se hizo un estudio forense se reportaron alteraciones en las escenas del crimen.

“Atropellan la zona del delito, destrozan los indicios, en el caso del estado de Guerrero, cuando trasladan los cuerpos, por ejemplo, de La Montaña (si las asesinaron ahí) al Servicio Forense y ya llegan muchas mujeres en una bolsa ante los médicos legistas sin nada, les quitaron los pocos ropajes que les quedaban y sin la posibilidad de recuperar un montón de indicios”, aseguró Teresa Incháustegui, ex presidenta de la Comisión Especial que da seguimiento a los casos de feminicidio.

Es como si se les diera un permiso a los agresores de seguir asesinando, pues resulta que es muy bajo el porcentaje de homicidas que van a parar a la cárcel. La impunidad, genera más impunidad, apuntó.

“Mientras no tengamos investigación, no vamos a saber cuáles son esos factores que están matando a las mujeres”, concluyó Ana Murillo, de la UAS.

De una década a otra (2001-2010), en cinco estados se dispararon los feminicidios entre 400 y 700%: Chihuahua (que concentra 9,44% de los homicidios contra mujeres reportados en el país en esos diez años), Nuevo León (2,01%), Durango (1,95%), Tamaulipas (2,96%) y Sinaloa (2,69%).

De estos cinco estados, cuatro pertenecen a la región Noreste; tres son frontera con EE.UU.; tres conforman el Triángulo Dorado, la principal zona de disputa entre carteles, y en todos hay presencia de carteles del narcotráfico en sus territorios.

“Los hombres han aprendido a imitar algunas formas de cómo asesinan los miembros de la delincuencia organizada, y quienes han matado a mujeres, usan esos mismos recursos y la policía finalmente los ubica como ejecuciones (y no como feminicidios)”, aseguró el investigador Felipe Mora.

Términos. Algunas definiciones y precisiones acerca de la violencia contra la mujer que se observan en el estudio de la Conavim:

Chismes: el análisis de los chismes no se agota en las representaciones sociales, sin embargo, resultó ser un indicador elocuente de lo que significan las relaciones de poder y el control sexual como reguladores de los papeles de género y mantenedores de la dominación social, así como de la función central que juegan en la comunicación intersubjetiva de los conocimientos sociales. El chisme puede identificarse como un acto de violencia que, sin implicar agresión física, ejerce una presión moral de mayor peso, que daña la reputación, las relaciones personales y la autoestima.

El piropo: el acoso sexual en lugares públicos consiste en una interacción focalizada entre personas que no se conocen entre sí, cuyo marco y significados tienen un contenido alusivo a la sexualidad. En esta interacción, la actuación de al menos uno de los participantes puede consistir en acciones expresivas o verbales, toqueteos, contacto físico, exhibicionismo, que no son autorizados ni correspondidos, generando un entorno social hostil y teniendo consecuencias negativas para quien las recibe.

El refrán: el refranero de la lengua española presenta algunas de las expresiones de violencia verbal, sobre todo la simbólica, ejercida contra las mujeres en sus múltiples expresiones que justifican o legitiman la violencia. En los refranes se considera a la violencia, como principio general y abstracto, como algo negativo. Pero cuando se refiere a la mujer la violencia aparece con fuerza inusitada. Estos dichos asocian a la mujer con la estupidez y la maldad. Son estereotipadas negativamente, todas sus actitudes y comportamientos son considerados incorrectos, indica Anna María Fernández Poncela, en su artículo Violencia de género: políticas, leyes y refranes.

Las mujeres en los refranes, expuestos por la autora, son mostradas como locas e incoherentes, malvadas, torpes, tontas como animales. Por estos motivos, se justifica despreciarlas y golpearlas por su incapacidad de entender razones; e incluso matarlas por la maldad que entrañan, ya que representan un peligro para la sociedad.

Violencia sexual: la Ley general de acceso de las mujeres a una vida libre de violencia la define como “cualquier acto que degrada o daña el cuerpo y/o la sexualidad de la víctima y que, por tanto, atenta contra su libertad, dignidad e integridad física. Es una expresión de abuso de poder que implica la supremacía masculina sobre la mujer, al denigrarla y concebirla como objeto […] cualquier otra forma análoga que lesione o sea susceptible de dañar la dignidad, integridad o libertad de las mujeres” (art. 6).

Violencia laboral: Existen formas identificables de violencia laboral contra las mujeres que se concretan en el hostigamiento sexual, los despidos por embarazo y las pruebas de ingravidez. Recientemente se reconoce el estrés y el agotamiento o síndrome de burnout, así como el acoso laboral y el suicidio por razones vinculadas con el trabajo como manifestaciones de esta violencia.