Se puede criticar a la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, pero no por falta de integridad. La joven revolucionaria torturada por la dictadura militar brasileña en los años 70 salió de la cárcel incólume, y, una vez recuperada la democracia, inició una larga carrera política en que las tácticas pueden haber cambiado -buenos días, real politik- pero no su fervor misional.

Dilma se ha forjado una merecida reputación de incorruptible. A pocos meses de asumir como presidenta de Brasil, despidió a seis ministros tras revelarse que habían estado involucrados en tráfico de influencias.

Es por eso que el bullado “juicio del siglo”, por el mayor escándalo de corrupción de los últimos 20 años en Brasil, quizá llegue a ensuciar a Luis Inácio “Lula” da Silva, el popular ex presidente que la ungió sucesora, pero no llegará a salpicarla a ella.

Es posible entonces que la entereza revolucionaria de Dilma sea una maniobra apostando a su propio futuro político. O quizá realmente tenga el celo revolucionario de Robespierre. Sea como fuere, su celo anticorrupción le hace bien a Brasil. Y a toda América Latina.

El escándalo, conocido como mensalão (mensualazo) se destapó por primera vez en 2005, cuando Lula era presidente, llegó a la Corte Suprema en 2007, y recién ahora comienzan a verlo los jueces. Los acusados son 38 ex dirigentes del Partido de los Trabajadores (PT), empezando por el entonces jefe de gabinete de Lula, José Dirceu, acusados de corrupción, asociación ilícita, lavado de dinero y malversación.

Ell delito no es menor. Poco después de la llegada de Lula al  poder en 2002, el PT comenzó a desviar dineros de los presupuestos de publicidad y fondos de pensiones de las empresas del estado para pagar sobresueldos mensuales a los diputados y senadores, a fin de comprar su apoyo en los proyectos legislativos.

En algunos países latinoamericanos, un escándalo de ese tamaño habría hecho caer al gobierno. Pero no en Brasil. Cuando el escándalo estalló, hubo voces pidiendo la inhabilitación constitucional de Lula. Pero el presidente pidió disculpas por la acción de su partido, nombró jefa de gabinete a una militante intachable -adivinen quién- y fue reelecto en 2006 con amplia mayoría.

Tener fama de corrupto no es obstáculo para hacer carrera política en Brasil. El presidente Fernando Collor de Melho, por ejemplo, fue inhabilitado y despedido de su cargo por corrupción en 1992. Hace poco regresó a la política y fue elegido senador. Al ex gobernador de Sao Paulo, Paulo Maluf, que tiene un juicio pendiente por robo vinculado a una red de sobornos cuando era gobernador, hace poco tiempo lo eligieron diputado. Y el propio Lula, quien es más que probable que haya sabido lo del  mensalão, fue reelecto un año después del escándalo y, al término de su segundo mandato tenía altísimos niveles de aprobación.

Quizá por eso, el celo robespierrano de Dilma extraña a algunos observadores.

El juicio dañará a su partido, y le restará votos en las elecciones municipales de octubre, cuando 550 cargos edilicios sean sometidos a escrutinio popular. ¿Le conviene entonces a Dilma aparecer tan intachable a costa de su propio partido y de Lula?

Quizá sí. Lula fue presidente en años en que Brasil experimentó las más altas tasas de crecimiento de su historia. Bajo su presidencia, 35 millones de brasileños salieron de la pobreza. En esas circunstancias es más fácil perdonarlo si hizo vista gorda a la corrupción, sobre todo en un país donde se da por descontado que los políticos son corruptos.

El Brasil de Dilma, en cambio, ya no crece como antes. El país creció sólo 2,5% el año pasado y en el primer trimestre de este año creció a una tasa anualizada de 0,8%. Dilma puede estar pensando ya en la reelección, y haber despedido a seis ministros corruptos al comienzo de su gobierno hizo subir su popularidad a 77%.

Es posible entonces que la entereza revolucionaria de Dilma sea una maniobra apostando a su propio futuro político. O quizá realmente tenga el celo revolucionario de Robespierre. Sea como fuere, su celo anticorrupción le hace bien a Brasil. Y a toda América Latina.