Con la llegada de la celebración musulmana cesó la violencia en las calles de El Cairo, pero la crisis no cede. Los Hermanos Musulmanes no integrarán el gobierno de facto y otros partidos de la oposición se sumaron al rechazo del calendario electoral.

El comienzo del Ramadán, mes sagrado de ayuno para los musulmanes, obró desde la noche del martes como un bálsamo en esta convulsionada sociedad en donde el golpe de Estado dio lugar, una semana después de producido, a la formación de un gobierno interino que este miércoles rechazaron integrar los islamistas.

En efecto, y tal cual se esperaba, el partido Libertad y Justicia (PJL), brazo político de los Hermanos Musulmanes, rechazó aceptar carteras con el gobierno de facto de Egipto, luego de que la Presidencia anunciara que el primer ministro, Hazem Beblawy, tenía pensado ofrecérselas.

"No vamos a cooperar con un régimen ilegítimo que llegó tras un golpe contra la voluntad del pueblo", sostuvo Gamal Tag el Din, miembro del comité legislativo del PLJ, en declaraciones a la televisión estatal.

Tras la tensa jornada vivida el martes, un día después de la masacre que provocó al menos 51 muertes frente al edificio de la Guardia Republicana, la salida de la primera estrella de la noche del martes dio inicio al mes sagrado en donde el ayuno debe ser total desde el amanecer hasta el ocaso.

En ese momento, cuando desde los parlantes ubicados en los minaretes de las mezquitas comenzaron a llamar a rezos, estalló una algarabía que este enviado no había percibido en los días que lleva en El Cairo.

En el barrio de Nasr City y en la mezquita de Rabaa al-Adaweya, bastiones de los islamistas, la llegada del Ramadan se festejó a los gritos antes de entregarse a la obligatoria oración.

En la histórica plaza Tahrir, epicentro de los manifesantes que apoyan el golpe de Estado contra el presidente Mohamed Mursi, se armó una verdadera fiesta de fuegos artificiales que los periodistas ubicados en el hotel que está frente a la misma disfrutamos en platea preferencial.

Por unas horas la crisis interna pareció quedar de lado, al menos en las formas, y lo que se presagiaba como noche con choques y enfrentamientos felizmente quedó en malos augurios.

El gobierno de facto suma rechazos. No fue así para la clase dirigente, ya que tras el nombramiento de este martes del economista liberal Beblawy como primer ministro y del premio Nobel de la Paz, Mohamed el Baradei, como vicepresidente a cargo de las Relaciones Exteriores, continuaron las frenéticas negociaciones para poder formar gobierno.

Y entre los ofrecimientos para que ese gobierno de transición representase al más variado arco político posible, llegó este miércoles el ofrecimiento a los islamistas del PJL, columna vertebral del derrocado Mursi, quienes previsiblemente rechazaron el convite.

En la entrevista con la televisión estatal, El Din se preguntó "cómo es posible que pidan negociar después de cometer una masacre terrible mientras los manifestantes rezaban delante de la Guardia Republicana".

Durante la noche del martes, el vocero de la Presidencia, Ahmed el Moslimani, había anticipado en otra entrevista televisiva que el primer ministro tenía previsto ofrecer carteras ministeriales a los Hermanos Musulmanes y al partido salafista Al Nur. Sin embargo, ambas agrupaciones también rechazaron el convite.

El Moslimani había señalado también que el presidente de facto, Adly Mansour, invitó a la sociedad egipcia a la reconciliación nacional para poner fin a la tensión social durante la primera semana de Ramadán.

También se supo que el Frente de Salvación Nacional (FSN), la principal alianza no islamista, y el jeque salafista Yaser Borhami rechazaron la nueva declaración constitucional emitida el lunes por Mansour, en la que convoca a la elaboración de una nueva Carta Magna y la celebración de nuevas elecciones legislativas en un plazo de alrededor de seis meses.

Este calendario ya había sido rechazado el martes también por la Hermandad Musulmana.

La reconciliación deseada parece estar aún muy lejos, pero al menos el Ramadan tranquilizó las aguas. El Ramadan y el sofocante calor que en esta capital cairota supera los 35 grados en el mediodía y en otras regiones, como El Sinaí, los 40.

Gente acostada en los pocos lugares con sombra que pueden hallar en las calles, en las plazas, en los rincones de comercios que se encuentran cerrados hasta que salga la primer estrella. Todo ayuda a que la tensión haya quedado aplastada por el calor y el ayuno.