El domingo pasado, el abanderado de la derecha, Sebastián Piñera, logró aquello que llevaba 20 años tratando de alcanzar: la presidencia de Chile. Desde que ingresó a la actividad pública, hacia fines de los 80, Piñera no dejó nunca de mirar fijamente en dirección a La Moneda: no podemos decir que le faltó perseverancia. Su triunfo fue histórico, ya que en Chile la derecha no llegaba al poder por vía democrática desde 1958, un fenómeno que puede explicarse por las siguientes razones:

En primer lugar, Piñera logró unir a la oposición. No era una tarea fácil, pues la derecha chilena tiene cierta compulsión por la antropofagia y, además, el presidente electo era muy resistido por varios dirigentes de su sector. Luego de ser derrotado hace cuatro años por la actual presidenta. Michelle Bachelet, Piñera tomó distancia, no se involucró en conflictos y realizó un fino trabajo de persuasión política para imponerse como candidato opositor. Si lo logró, fue porque tuvo el liderazgo necesario, y ése es sin duda un mérito significativo.

El segundo motivo tiene que ver con su campaña. Hace bastante tiempo, Piñera entendió que para ser presidente no se puede improvisar ni dejarse guiar por el olfato. Por lo mismo, optó por la profesionalización: todo fue medido, evaluado y calculado. Ninguna palabra fue dejada al azar, ningún gesto fue casual: todos los movimientos de Piñera estuvieron respaldados por datos duros. Por cierto, esto le quitó espontaneidad y riesgo, pero a cambio redujo al mínimo los errores.

Aunque parezca contradictorio, la campaña fue impecable y predecible a la vez, y si Piñera pudo darse ese lujo fue también porque la Concertación acumuló una cantidad inaudita de errores no forzados.

Por último, Piñera entendió bien que a los chilenos les interesaba mucho más el futuro que el pasado, y por lo mismo no gastó su tiempo en discusiones estériles. El presidente electo supo tocar bien esa tecla y no cayó en la trampa que le quiso tender la izquierda. Abrazó así la siempre atractiva bandera del cambio. Es cierto que no profundizó mucho en su contenido, pero eso le permitió convocar a figuras venidas de horizontes bien diversos, cuestión que la derecha chilena nunca había logrado.

Por otro lado, logró que la campaña no girara en torno a su doble condición de candidato y empresario, a tal punto que el día de la elección no había vendido todas sus empresas.

Así, Piñera fue sorteando las dificultades y avanzando en su propósito. Ahora que lo logró, sólo cabe esperar que despeje las dudas y realice un gobierno a la altura de lo que ofreció.