Uno de los aspectos que han marcado la última década en América Latina es el fuerte crecimiento de las exportaciones militares rusas a la región, especialmente a países que antes miraban preferentemente hacia Estados Unidos, cuando necesitaban modernizar o reequipar a sus fuerzas armadas. Este proceso ha hecho que algunos observadores comiencen a hablar de una mayor penetración de Moscú en la región, dándole al hecho una significación o carácter político, lo que es algo exagerado.

Lo concreto es que el mercado latinoamericano de plataformas y sistemas de uso militar,  que de acuerdo al anuario Balance Militar 2010 -editado por el Instituto de Estudios Estratégicos de Londres (IISS)- representa sólo el 11% de las ventas de ese tipo de productos en el mundo, ha adquirido una mayor importancia para Rusia en los últimos años. Sin embargo, las exportaciones rusas de equipo militar a regiones como Asía y África registran, todavía, un volumen y un valor financiero muy superior a aquellas que tienen como destino América Latina.

Para ampliar esta perspectiva, es conveniente también tener presente que Estados Unidos sigue siendo el mayor exportador de equipamiento bélico en el mundo, con ventas al exterior que representan el 30% del mercado mundial. Le sigue Rusia, cuyas exportaciones equivalen al 25% de las ventas mundiales de material militar.

Lo que sí es cierto es que las ventas de equipo bélico ruso a América Latina han desplazado a aquellas provenientes de Estados Unidos, que desde el término de la Segunda Guerra Mundial había sido el principal proveedor de la región. Durante el periodo de la Guerra Fría (1947-1989) las excepciones a este monopolio estadounidense de facto -roto ocasionalmente por compras en Europa- fueron los regímenes marxistas de Cuba y Nicaragua, a partir de los años 60 y 80, respectivamente.

Pero si las transferencias de material bélico ruso a la Habana y Managua estaban determinadas por afinidades políticas y conveniencias estratégicas, el caso de Perú fue distinto. Lima comenzó a mirar hacia Rusia tras la instalación de un gobierno militar encabezado por el general Juan Velasco Alvarado en 1968. Pese a un cierto matiz anti estadounidense, que tenía su origen en la visión nacionalista y desarrollista del régimen militar peruano, el acercamiento la URSS para adquirir equipo militar no respondió a ninguna identificación ideológica. Se trataba única y simplemente de la búsqueda de equipo más variado, libre de las limitaciones que imponía la política exterior de Washington -que impedía la venta de material avanzado- y a precios más conveniente.

En la práctica, el interés en el material ruso variaba de una fuerza a otra en Perú, siendo más marcado en el ejército y en la fuerza aérea, que adquirieron tanques T-55, helicópteros medianos de transporte Mil Mi-8 y aviones de combate Sukhoi Su-22. Mientras, la marina adquirió naves en Holanda e Italia. Un aspecto a destacar es que, pese a estas compras, tampoco se materializó alguna influencia doctrinal rusa sobre las fuerzas armadas peruanas.

Tras el término de la Guerra Fría, en los años 90, México y Colombia se convirtieron en nuevos clientes del material militar ruso, focalizando su interés en la compra de helicópteros y aviones de transporte. Ambos casos son destacables, y muy especialmente el de Colombia, como nuevas pruebas de que las adquisiciones de equipo ruso no han acrecentado la influencia de Moscú. Colombia es probablemente el aliado más estrecho de Estados Unidos en América del Sur, como claramente lo indica el reciente acuerdo entre Washington y Bogotá, que da acceso a las tropas estadounidenses a bases en territorio colombiano. Colombia recibía y continúa recibiendo hoy un importante volumen de ayuda militar de Estados Unidos, para combatir al narcotráfico y a la guerrilla, incluyendo el suministro de helicópteros como el Sikorsky UH-60 Blackhawk. Sin embargo, el ejército colombiano continúa adquiriendo helicópteros del tipo Mil Mi-17, contando hoy con cerca de 30 de estos aparatos, y se han adquirido también blindados sobre ruedas 8x8 de fabricación rusa del tipo BTR-80.

Sin embargo, el hito que marcó la creciente presencia del material bélico ruso fue la compra, por parte de Venezuela en 2006, de una partida de más de 70 aeronaves por un valor cercano a US$5 mil millones. La adquisición comprendió 24 aviones birreactores de combate Sukhoi Su-30 Mk.2, junto a 50 helicópteros de los tipos Mil Mi-17 y Mi-26T, de transporte mediano y pesado; y Mi-35M de ataque. Más recientemente, Caracas encargó a fabricantes rusos una partida de cerca de 300 vehículos terrestres de combate, incluyendo tanques T-90 y blindados de transportes de tropas BMP-3.

Pese a la impresionante magnitud de sus compras, Venezuela no es el único nuevo cliente de Rusia en América Latina para este tipo de material. Los fabricantes rusos ya cuentan con nuevos contratos ya firmados o en avanzado estado de negociación con Argentina, Brasil, Bolivia, Colombia, Ecuador, Nicaragua, México, Perú y Uruguay. En el caso de Argentina, se están comprando dos helicópteros Mi-171 para apoyo de operaciones antárticas, en tanto que Brasil ha comprado una docena de helicópteros de ataque Mi-35M para reforzar el control de sus territorios en la Amazonía. Los helicópteros encargados por Argentina incluirán una cabina especial, con instrumental de vuelo especialmente configurado para la aeronavegación en el continente blanco. En el caso de los aparatos brasileños, estos incluyen muchos componentes de electrónica manufacturados en este país sudamericano.

La Guerra Fría terminó en 1989 y, como muy bien dijo hace poco el Secretario de la Defensa de los Estados Unidos, Robert Gates, con una fue suficiente. No es bueno dejarse llevar por fantasías o teorías conspirativas. Las ventas de material militar de Rusia a países latinoamericanos son esencialmente transacciones comerciales, donde los fabricantes rusos proveen equipo que es adecuado a las necesidades y la disponibilidad financiera de sus clientes iberoamericanos. Lo mismo aplica a las inversiones y la participación tecnológica de Rusia en el campo energético en la región, tanto en lo referido a la extracción de petróleo en Venezuela como al desarrollo nuclear en Argentina. Como las inversiones estadounidenses o europeas en esos campos, no revisten peligro o amenaza.