Mirando los datos objetivos parecería difícil entender la derrota de la coalición que desplazó a Pinochet. Han sido por lejos los 20 años más exitosos de la historia moderna de Chile. Esta Concertación le entregará en marzo a Piñera un país reconciliado, pujante, que redujo la pobreza de 38% en 1990, a 13% en 2009, y con un gran fortalecimiento de sus instituciones.

Más aún, la presidenta Bachelet, que se jugó a fondo por la candidatura del derrotado Eduardo Frei, termina su período como un personaje tan querido y popular como el mismísimo Marcelo Bielsa (el director técnico argentino que lidera la selección de fútbol de Chile, clasificada a Sudáfrica 2010). Un increíble 80% de aprobación ciudadana ratifica ese afecto, bien ganado luego de sortear dos grandes amenazas: la epidemia de gripe porcina y, sobre todo, la crisis financiera mundial.

¿Cómo pudo perder Frei en este escenario? ¿Cómo pudo funcionar el eslogan de “cambio” que propuso Piñera? La realidad es que la Concertación fue víctima de su propio éxito. Y sobre eso, realizó una campaña electoral plagada de errores, conflictos y divisiones que la hizo lucir aún peor.

Los gobiernos de la Concertación mejoraron notoriamente las condiciones materiales de vida de los chilenos. Pero por lo mismo éstos son hoy mucho más exigentes. Ya no sólo quieren cobertura de salud, exigen salud de calidad. De hecho, a pesar de su altísima popularidad, el gobierno de Bachelet se va mal evaluado en temas como educación, salud, seguridad, transportes.

Por otro lado, las cúpulas de los partidos oficialistas empezaron a mostrar los típicos vicios de quienes se aferran al poder por mucho tiempo: captura del aparato estatal y discrecionalidad en la asignación de cupos parlamentarios. Todo ello generó rechazo y alienó a los ciudadanos, estimulando el surgimiento de caudillos y políticos que cruzaron hacia la otra vereda.

Así, por primera vez en su historia, la Concertación llegó a las elecciones dividida: con un candidato oficial y dos por fuera. De ellos, el joven diputado Marco Enríquez-Ominami logró un inédito 20% del electorado, precisamente denunciando estos vicios y llamando a la renovación.

La campaña de Frei nunca pudo superar ese estigma de ilegitimidad: nació de unas elecciones primarias en que grandes figuras de la Concertación -como Ricardo Lagos o José Miguel Insulza- no quisieron participar, y en que se excluyó a emergentes como el mismo Enríquez-Ominami.

Antes, la Concertación siempre se las había arreglado para mostrar renovación: Lagos fue el primer socialista después de Allende, y Bachelet la primera mujer presidenta. Ahora era imposible disfrazar a Frei como recambio. Sus estrategas trataron de esconderlo y evitar que hablara mucho -sus dotes de orador son escasísimas-, y buscaron restregar su imagen con la de Bachelet- esperando que la popularidad se traspasara por osmosis. Pero esto no hizo más que agudizar el dramático contraste en cuanto a carisma.

El pobre desempeño de Frei en las encuestas previas motivó sucesivas crisis en su comando y terminó por socavar la mística que cualquier campaña necesita para prender. Y, no menos importante, para recaudar financiamiento privado.

En el fondo, la crisis de la Concertación terminó siendo una gran crisis de liderazgo. Y sin él, ni siquiera la coalición más grande y exitosa de la historia chilena puede ganar una elección reñida.