Cuando explico en mis clases de Maestría la razón por qué no son convincentes las hipótesis de conflicto con Chile -que algunos esgrimen en el Perú-, al final de la exposición todo vuelve al punto de origen: y sí es así, suelen preguntar los alumnos, entonces, ¿por qué se arma Chile?

La respuesta que les ofrezco tiene cuatro partes:

La primera hace referencia a la hipótesis de conflicto que hasta hace un par de décadas barajaba el Estado chileno: si, por ejemplo, Argentina y Chile hubiesen entrado en guerra a fines de los 70, por el diferendo en torno al canal de Beagle, ¿qué hubiese impedido que los gobiernos de Bolivia y Perú aprovechasen esa circunstancia para recuperar los territorios que perdieron durante la Guerra del Pacífico? En otras palabras, durante décadas Chile destinó al gasto en Defensa una proporción mayor de su economía que los países vecinos, por que preveía la posibilidad de enfrentar a los tres simultáneamente.  Pero si bien esa hipótesis fue verosímil alguna vez, es claro que ya no lo es. Volvemos por ende a la pregunta inicial: ¿por qué se arma Chile?

Una segunda y descarnada respuesta sería, “porque puede”: precisamente porque su economía ha sido la de mejor desempeño en la región en las últimas décadas, el Estado chileno puede destinar al gasto en Defensa sumas que están fuera del alcance de sus vecinos.

Ahora bien, que pueda no quiere decir que deba: esos recursos adicionales podrían destinarse, por ejemplo, a objetivos sociales. A este respecto, el eslogan que corearon los escolares chilenos durante las marchas de protesta en 2008, fue sintomático: “el cobre por los cielos, la educación por los suelos”. Lo cual parecía una alusión a la “Ley Reservada del Cobre”, que destina al gasto en armamento el 10% de las exportaciones de la empresa estatal Codelco (que exporta cobre, metal cuyo precio internacional se llegó a multiplicar por siete en la última década).

Más de una vez se ha planteado en Chile la necesidad de derogar la norma o bien destinar los recursos del cobre a la inversión social, pero hasta hoy sin resultado. Y eso nos lleva a la tercera razón por la que Chile destina tantos recursos al gasto en Defensa: por el poder que las Fuerzas Armadas y sus aliados civiles ejercen dentro del sistema político (recordemos, por ejemplo, que la Ley Reservada del Cobre fue aprobada durante la dictadura de Pinochet).

La cuarta razón por la que Chile tiene un nivel de gasto en Defensa superior al de sus vecinos es, precisamente, por que quiere asegurarse de tener una ventaja militar indiscutible sobre algunos de ellos. Por ejemplo, si en las elecciones de 2006 Ollanta Humala hubiese sido elegido presidente, podría haberse producido el siguiente escenario: Bolivia y el Perú no sólo habrían compartido una demanda territorial frente a Chile, sino además una posible actitud irredentista en relación a ese país, ciertas afinidades políticas, y el respaldo del gobierno venezolano. En ese contexto, desde la perspectiva chilena, su amplia superioridad militar hubiese sido la mejor garantía de que, pese a las previsibles salvas retóricas, la sangre no habría de llegar al río. Es decir, su potencial militar habría cumplido una función disuasiva.

Sin embargo, cuando culmino esa explicación algunos alumnos menean la cabeza con incredulidad. Y claro, la argumentación precedente se basa en la premisa de que, si bien Chile tiene la capacidad necesaria para lanzar con éxito una ofensiva militar contra el Perú, no tiene la intención de hacerlo. ¿Pero qué pasaría si la estimación sobre las intenciones de Chile resultara equivocada?

El gobierno chileno haría una contribución invalorable al equilibrio emocional de muchos peruanos (y a nuestra relación bilateral), si derogase la Ley Reservada del Cobre.