El 9 de mayo de 2010 se celebrará el 60 aniversario de la propuesta emitida por el estadista francés Robert Schuman para la creación de una Europa unida. Lo anterior representó un proyecto que afirmaba que era indispensable mantener la paz en un continente que acabada de sobrevivir a una carnicería de medio siglo de duración. Cerca de 90 millones de personas habían murierto en Europa como consecuencia directa de la guerra. Desde esta perspectiva, no queda duda de que la llamada “Declaración Schuman” ha sido un éxito rotundo. Europa ha prosperado y disfrutado de un tipo de paz prolongada que hace 60 años parecía inimaginable.

Pero el cumpleaños número 60 nos llama a reflexionar acerca del pasado y del legado que dejaremos a las generaciones futuras.

El ascenso del poder europeo empezó en 1492 cuando Cristóbal Colón zarpó en una pequeña flota del Puerto de Palos de la Frontera, cerca de Huelva, Andalucía, España. El subsecuente “descubrimiento” de América inauguró la Edad Imperial, debido a que las sucesivas potencias europeas (Portugal, España, Holanda, Gran Bretaña y Francia) se embarcaron en sus respectivas odiseas colonizadoras por todo el mundo. Lo que hasta la fecha había sido una región atrasada del continente Euroasiático, empezaba su inexorable ascenso.

Después de la Ilustración y las revoluciones Industrial y Francesa, y de la colonización de inmensas regiones del mundo, para 1900, Europa estaba en la cima de su poder mundial. Pero entonces ocurrió el desastre. En décadas recientes, con la fundación de la Unión Europea, Europa ha buscado reafirmar su papel global.

Y que apropiado es que España, una vez más, sirva para iniciar una nueva era para Europa. Aunque hace 600 años el ascenso de Europa a nivel mundial era evidente, los últimos eventos pueden marcar su descenso global. La simetría va más lejos del hecho de que mientras el ascenso de Europa comenzó con el descubrimiento de América, su caída se ilustra con un desaire de América hacia Europa.

La negativa del presidente estadounidense Barack Obama de asistir a la Cumbre UE-EU en España, los días 24 y 25 de mayo, ha hecho que los líderes europeos tengan que aceptar el desaire con cierta elegancia. Pero a los ojos de muchos no europeos, y de los que difieren de los mismos, es simplemente el reconocer la realidad de estos turbulentos tiempos de cambio.

Irónicamente, en la medida en que la UE se ha expandido para incorporar 27 miembros más, incluyendo algunos que en su momento pertenecieron al bloque soviético, ha empezado a quedar relegada a sólo una pequeña parte del mundo.

Ha habido algunos logros notables, especialmente el mercado único, la expansión de los miembros y la introducción del Euro. Pero son otras fuerzas las que finalmente se muestran más decisivas.

La impotencia de Europa al enfrentar la desintegración y matanzas en la antigua Yugoslavia, en especial, la guerra en Bosnia, fue un ejemplo claro de su incapacidad para actuar en conjunto. Si en 1990, durante la guerra de los Balcanes, fue necesario llamar a los estadounidenses, una década después, mientras la administración de Bush conceptualizaba una invasión imprudente a Irak, los norteamericanos tenían que ser detenidos. Sin embargo, las posturas divididas acerca de la invasión a Irak entre Gran Bretaña e Italia por un lado, y Francia y Alemania por el otro, eran una fuerte señal de la “Euro-confusión”.

Los líderes europeos tuvieron que aceptar el hecho de que la UE nunca podría rivalizar con el poderío y autoridad estadounidense. Con el fracaso de la Agenda de Lisboa (2000), con la cual la Unión Europea aspiraba a “convertirse en la economía más competitiva y dinámica del mundo, basada en el conocimiento, capaz de crecer económicamente de una manera sustentable con más y mejores empleos y una mayor cohesión social”, muchos líderes europeos también se resignaron a que la UE podría perder mucho de su poder económico mundial.

El rápido ascenso de las economías emergentes de Asia es desafiante y probablemente, si los pronósticos se toman muy en serio, eclipsarán eventualmente el poder económico de Europa.

La crisis económica mundial sólo ha remarcado este cambio en la balanza de poder del Occidente hacia el Oriente. Mientras Europa continúa luchando para rescatar su economía de la recesión, y enfrentando la situación en Grecia y posiblemente otros riesgos de deuda soberana, las economías más importantes en Asia van creciendo con fuerza, demostrando una adaptabilidad a los cambios y retos que la UE simplemente carece de.

La crisis engendró una clara necesidad de un ajuste mayor en la gobernabilidad de la economía mundial. Pero las disputas provinciales intra europeas han evitado que la UE -a pesar de representar la economía más grande del mundo- pueda emerger como una sola fuerza con una sola voz. De este modo, en las Cumbres del G20, no sólo los miembros originales del G7 de la UE (Francia, Alemania, Italia y el Reino Unido) insisten en estar presentes, sino que han aumentado su número para incluir a la Comisión, a España y Holanda.

El comportamiento de los poderes europeos no refleja las intenciones europeas. En tanto, el mundo experimentaba la transformación más profunda que se había visto en siglos, quizás, tan atrás como el "descubrimiento" de América en 1492, la UE estaba en proceso -inicialmente vía una constitución propuesta y después, rechazada a través de un Tratado firmado en Lisboa- de enfrentar una enorme auto contemplación improductiva.

El muy hostigado Tratado de Lisboa entró en vigor el 1 de diciembre de 2009. La escala del capital político que se gastó al presionarlo se justificó con el argumento de que a través de Lisboa, Europa podría finalmente tener esa elusiva voz única con la cual hablar en el escenario mundial.

Pero desde las primeras semanas de haber iniciado el Tratado, un balde de agua fría cayó sobre estas esperanzas con la apertura de la Conferencia del Cambio Climático en Copenhague. La misión de preservar y alejar al planeta de los peligros del calentamiento global se ha vuelto una cuestión integral de la percepción de Europa misma, y cómo desea ésta que la perciba el resto del mundo.

Copenhague fue un golpe mortal al prestigio europeo. No sólo la UE no tuvo influencia en el resultado; ésta fue completamente ignorada. Europa se quedó fría y rechazada al alcanzarse un consenso entre los Estados Unidos y los países del bloque BASIC (Brasil, Sudáfrica, la India y China). Esto fue una silbatina que dejó a Bruselas con los oídos reventados.

De esta forma, la UE a sus 60 años puede celebrar legítimamente el pasado, pero no puede escapar a los complejos retos que se vislumbran en el horizonte. En el presente, Europa parece dirigirse a un estado de declive. Esto es cierto con respecto a su autoridad, poder económico y demografía: En el año 1900, los europeos representaban el 24% de la población mundial, para el 2000 esta cifra se había reducido a la mitad y se espera que se repita esta tendencia en 2050.

Pero el declive europeo no tiene porque ser total, podría ocurrir con un grado de dignidad y pudiera retener cierta influencia y liderazgo en las cuestiones globales. Pero necesita un rejuvenecimiento. Necesita una visión que comprometa a los europeos que cumplirán 60 años en 2070. Necesita el espíritu del descubrimiento e innovación de Cristóbal Colón.

Por lo pronto, Obama hace bien al no presentarse en la cumbre de España. Sólo hasta que la UE pueda hablar con una sola voz dinámica a sus socios globales, será un interlocutor confiable. Esperemos que la bofetada de Obama en la cara de Europa sirva como una llamada para despertar.