El empresario Sebastián Piñera asume este jueves la presidencia de Chile, sólo pocos días después de que un fuerte terremoto afectara a una gran parte de Chile. Las habilidades demostradas por el flamante mandatario en la gestión empresarial, y que le han permitido amasar una fortuna que según varias estimaciones supera los US$2.000 millones, pueden ser muy valiosas en un momento en que el país requiere movilizar una gran cantidad de recursos para permitir la reconstrucción en viviendas e infraestructura pública.

No obstante, el presidente llega a este día sin cumplir una de sus primeras promesas de campaña: deshacerse de la participación accionaria que tiene en empresas que son fuertemente reguladas por el gobierno. Una promesa que se refiere específicamente a LAN Airlines, el exitoso grupo de aerolíneas de origen chileno y que hoy opera en varios países de América Latina, y del cual el mandatario poseía una participación en torno al 25% a través de distintas sociedades de inversión.

Piñera, quien había traspasado gran parte de sus activos a la administración de un fideicomiso ciego, sí vendió un paquete del 8,6% de la propiedad de LAN a la familia Cueto, su socia en la compañía, en cerca de US$500 millones. Luego, dos días antes del sismo, vendió otro paquete, equivalente al 6,4%, a inversionistas institucionales, en US$374 millones. Tras ello, sólo le restaba vender 11,3%. No obstante, durante la primera semana posterior al terremoto, una de las sociedades de inversión a través de las cuales Piñera está en la propiedad de la empresa anunció que postergaría hasta el 30 de abril el plazo para vender esa participación accionaria, dada las nuevas prioridades del país.

Al usar el argumento del terremoto para posponer la venta de sus acciones, el nuevo presidente  no sólo deja abierto un flanco de sospecha, pues pareciera que su decisión se debió a un mal precio de la acción –que tuvo una baja los días posteriores al terremoto– antes que a impedimentos operativos reales, pues el mercado financiero chileno funcionó casi normalmente a partir del mismo lunes posterior al terremoto. Además, y aunque sea sólo por pocos días, genera un escenario de abiertos conflictos de intereses, pues LAN para operar internacionalmente, requiere de autorizaciones y respaldo de relaciones entre gobiernos, debido a la naturaleza altamente regulada del negocio aéreo. Esto queda en evidencia, por ejemplo, en la actual controversia que existe en Argentina por los reclamos de distintas compañías aéreas, entre ellas LAN, para que puedan operar internacionalmente desde el aeropuerto Aeroparque, derecho que hoy sólo se le permite a la estatal Aerolíneas Argentinas.

La postergación de la venta sienta también un mal precedente para los nuevos ministros y  subsecretarios, muchos de los cuales tienen fuertes vínculos con el mundo privado y que se comprometieron a dejar sus negocios de lado mientras están ejercicio del gobierno. Y es que uno de los principales desafíos que tendrá el gobierno de Piñera será demostrar que las decisiones que surjan de su gobierno –y que posiblemente implicarán una mayor participación de privados en distintas actividades– son resultado de su convicción de que incrementarán el bienestar general y no el de algunos grupos empresariales.

El presidente Piñera tiene una gran oportunidad de convertirse en un referente político en América Latina, tal como lo esbozó en su campaña: un mandatario de derecha verdaderamente comprometido con valores democráticos y sociales sin precedentes en América Latina. El terremoto y sus consecuencias favorecerán el respaldo político y popular, especialmente en la primera parte de su mandato. No obstante, si él o su equipo no manejan adecuadamente la férrea separación que debe haber entre su gestión en el gobierno y sus negocios, puede transformarse él mismo en el mayor obstáculo para alcanzar sus objetivos.