Jerusalén, EFE. Los israelíes se apresuraron este miércoles a recoger máscaras antigas ante la creciente posibilidad de un ataque de EE.UU. a Siria y el temor a una represalia por parte de Damasco contra su país, como la que lanzó Sadam Husein en la Guerra del Golfo.

La prueba más palpable de esta inquietud es que se ha cuadruplicado en los últimos días la recogida de máscaras antigas y centenares de israelíes se apresuraban hoy a hacerse con nuevas unidades, tras las informaciones sobre el presunto uso de armas químicas en el país vecino.

Altos funcionarios de la Casa Blanca han indicado a la prensa que los primeros ataques con misiles en Siria podrían comenzar tan pronto como mañana, jueves.

Influidos por este cóctel de elementos, cerca de un centenar de israelíes se apiñaban esta mañana para renovar sus máscaras caducadas o obtener nuevas en el centro comercial Adar, uno de los dos puntos de recogida en Jerusalén.

"No tengo miedo, pero hay que renovarlas ¿Por qué justo ahora? Ya sabes, uno escucha las noticias, hay mucho ruido, que si se va a liar en Siria... Y yo tengo una familia", señala Rami Cohen, jubilado que espera paciente su turno con un número como los del supermercado.

Entre los israelíes, acostumbrados a alertas similares cada tantos años, se percibe más resignación y obediencia que nervios ante un ataque que muchos ven improbable.

Por si acaso, el primer ministro Benjamín Netanyahu insistió hoy en que "no hay motivo para cambiar la rutina" y que "el Ejército está preparado para defenderse de cualquier amenaza y responder con fuerza a cualquier intento de dañar a los ciudadanos israelíes".

Era su análisis tras reunirse con el Gabinete de Seguridad, un foro selecto de seis ministros de peso que trata sobre políticas de defensa.

Mientras, el Ejército "ha desplegado sistemas de defensa activa" en el norte del país, según fuentes militares, y medios locales señalan que las baterías antimisiles Patriot ubicadas en las inmediaciones de la ciudad de Haifa se han puesto en alerta y dirigido hacia el norte.

Para Giulia Punturello, natural de Nápoles, todo esto es nuevo. Emigró a Israel hace apenas tres años y aún no había vivido tan de cerca la cultura de la protección inculcada en un país que ocupa Palestina desde hace casi medio siglo, ha librado varios guerras con sus vecinos árabes y sufrido decenas de atentados suicidas.

"Salvo la gente haciendo cola, que es como Nápoles, esto no está en mi cultura", bromea Punturello, mientras sostiene con una mano una máscara caducada y con la otra a su hijo, ataviado con una kipá sobre la cabeza.

Punturello explicó que "hasta ayer no había pensado que fuese tan urgente" cambiar las máscaras, pero que le entró "un poco de miedo" y telefoneó al número de atención de protección de la población, que opera las 24 horas del día en hebreo, árabe, ruso, inglés, español, francés y amárico, y le sugirieron renovar la de uno de sus pequeños.

En Jerusalén, la inquietud no se circunscribe a los residentes judíos. En la cola se podían ver también familias palestinas, que suponen un tercio de la población y viven en la parte ocupada de la ciudad, la oriental.

Una madre palestina que prefiere no dar su nombre asegura que si Al Asad ataca Israel, poco importa que Jerusalén Este sea palestina o albergue el tercer lugar más sagrado para el Islam, la Explanada de las Mezquitas.

"Esto es una cosa más grande, internacional. Y, sí, venimos a por las máscaras, pero sabemos que puede caernos un misil. En realidad la muerte no está en nuestros manos", argumenta.

Tras una hora de espera, el encargado de la distribución pidió silencio y anunció que la entrega continuará en las oficinas de correos, lo que dio paso a un frenético 'sálvese quien pueda'.

Varios se lanzaron a las grandes cajas de cartón donde se almacenaban las máscaras y cogían hasta seis o siete, sin darse cuenta de que algunas eran las caducadas que habían devuelto otros.

"¿Llevo una hora esperando para que mi hijo tenga una máscara y ahora me toca irme con las manos vacías? Es una vergüenza", gritaba una mujer a los organizadores, que de repente prohibían filmar a los periodistas.

A su lado, un hombre respondía: "Tienes razón, pero llevan un año insistiéndonos en que las cambiemos. No hicimos ni caso y ahora venimos todos a la vez".

Israel Shriki, judío ultraortodoxo de 25 años, definía la situación con ironía: "El verdadero vencedor es Al Asad. Quería generar pánico y desde luego lo ha conseguido. Llego ahora sólo por el atasco enorme que se ha formado a la entrada del aparcamiento".

En las calles y cafeterías se escuchan estos días conversaciones sobre el posible ataque sirio, que la cúpula militar israelí ve improbable o, de producirse, ejecutado más bien por Hizbulá, su milicia libanesa aliada.

La gente recuerda la Guerra del Golfo del 1991, cuando las máscaras estaban omnipresentes y el entonces presidente iraquí lanzó misiles Scud contra Israel para castigar al gran aliado de Washington en la región.

Entonces no hubo ataques químicos pero si se produjeron víctimas mortales, la mayoría de ellas por el incorrecto uso de las máscaras o por ataques cardíacos.