Rocas errantes de todos los tamaños y formas vagan por el sistema solar y, cada cierto tiempo, se aproximan más o menos a nuestro planeta, arrojando una sombra de amenaza y preocupación sobre la Humanidad, o incluso impactando contra su superficie, sembrando la destrucción en contadísimas ocasiones.

Se ponen de actualidad cada vez que una nueva investigación aporta o confirma alguna evidencia sobre impactos antiguos, como el gran “exterminador de los dinosaurios” que impactó en Yucatán (México) durante el Cretácico, hace 65 millones de años; o el más reciente “bólido de Tunguska”, que en cayó en Siberia en 1908, devastando unos 2.000 kilómetros cuadrados de tundra.

LA OFICINA DEL APOCALIPSIS

También captan la atención mundial, cuando las nuevas tecnologías permiten seguir y trasmitir “en directo”, el paso de alguna roca, como el asteroide 2012 DA14,  de unos 45 metros de diámetros que en febrero de 2013 se aproximó a 27.650 kilómetros de nuestro planeta, o el inesperado impacto, el mismo día, de un bólido que se estrelló en Chelyabinsk, en los Urales, en un fenómeno equivalente a una explosión nuclear.

¿Qué posibilidades hay de que uno estos bólidos vagabundos del sistema solar extinga o afecte dramáticamente la vida en nuestro planeta? ¿Cuándo podría ocurrir una aproximación o un impacto destructivo o que constituya una amenaza real?

¿Cuánto hay de verdad científica y cuánto de mito sobre el perfil apocalíptico de los asteroides, es decir los cuerpos rocosos o metálicos, sin atmósfera, que orbitan el Sol y son demasiado pequeños para ser clasificados como planetas; y el de los meteoritos, que son restos de los cuerpos  que sobreviven a la combustión de su entrada en la atmósfera?

Para desvelar estos y otros interrogantes sobre estos objetos cósmicos que cada tanto invaden  los titulares de prensa con alusiones  al hipotético fin del mundo, extinción masiva o gran devastación que podría ocasionar su impacto, Efe ha entrevistado al investigador Javier Licandro, experto en asteroides y cometas del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC).

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El despacho de este astrofísico y el del investigador  Héctor Socas-Navarro, especializado en tormentas solares, es uno de los más consultados por los medios cuando se producen fenómenos astrofísicos con un posible efecto devastador,  lo que ha llevado a que bautizaran, con un toque de humor, el departamento que comparten en el IAC, como la “Oficina del Apocalipsis”.

-¿A qué atribuye esa reiteración de pronósticos apocalípticos y la "mala fama" de los asteroides y cometas?

-No considero que sea "mala prensa". Al contrario, el interés que despiertan permite dar a conocer la importancia de estos cuerpos y su posible influencia en la vida de la Humanidad, y a su vez incentivan su estudio.

Es evidente que existe una posibilidad real de que un asteroide o cometa choque con la Tierra y esto produzca efectos local o globalmente devastadores. Las pruebas están a la vista y el evento ocurrido este año en Chelyabinsk es una de tantas.

-Aunque a veces no se transmite correctamente cuál es el nivel de amenaza real que suponen estos cuerpos….

-Quizás sea un problema de utilización del idioma. Cuando los astrofísicos hablamos de un asteroide "potencialmente peligroso", nos referimos a uno cuya órbita indica una probabilidad real de impacto en un futuro astronómicamente inmediato (décadas o siglos) y en ningún caso de una certeza.

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Muchas veces las noticias se presentan como un riesgo inminente en tiempos "humanos" no "astronómicos". Y al continuar estudiando estos objetos, mejorando sus órbitas y refinando las probabilidades de colisión con nuestro planeta, hallamos que la probabilidad es bajísima al menos en algunos cientos de años, con lo cual parece que el pronóstico de los astrofísicos fue apocalíptico o catastrofista.

-Entonces ¿los pronósticos siempre tienen un margen de error?

-La determinación de las órbitas, como cualquier medida, siempre tiene asociada una incertidumbre y las observaciones posteriores a la clasificación de un asteroide como “potencialmente peligroso” permiten mejorar los pronósticos y definir con más precisión si el objeto puede o no colisionar. Para nosotros, un objeto que presente una cierta probabilidad real de colisión, aunque mínima, es potencialmente peligroso y tiene que ser estudiado. No nos podemos dar el lujo de descartarlo.

EL ÚLTIMO, EN SIBERIA

-¿Existen evidencias de algún fenómeno devastador ocurrido en nuestro planeta y relacionados con un meteorito o cometa?

-Son contundentes. Hay varios cráteres en la Tierra claramente producidos por el impacto de un cuerpo celeste. La energía liberada en esos impactos y sus consecuencias pueden ser estimadas con bastante precisión.  

Sabemos que hace unos 65 millones de años un asteroide de más de 10 kilómetros de diámetro chocó en el golfo de México dejando un cráter de 180 kms. de diámetro. Este impacto está asociado con el llamado "evento K-Pg", ocurrido justamente hace 65 millones de años, y que supuso la desaparición de los dinosaurios.  

También está el cráter de Manicouagan en Canadá, de 210 millones de años de antigüedad y unos 70 km de diámetro, al que se ha asociado con una gigantesca extinción que acabó con cerca del 60% de las especies vivas en la Tierra. El asteroide que lo generó debía tener unos 5 km de diámetro.

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-¿Cada cuánto tiempo puede producirse un suceso devastador relacionado con un meteorito o cometa?

-Si por devastador hablamos de un objeto capaz de producir una extinción masiva,. nos referimos a un cuerpo de un kilómetro de diámetro,  y una colisión de este tipo se produce cada varios millones de años. Si hablamos de un objeto de unos 40-50 metros de diámetro, algo mayor  que el objeto que cayó en Rusia, en los Urales en 2013, los tiempos son relativamente cortos, ya que su frecuencia es de entre 200 y 300 años.  

El último de estos objetos cayó también en Rusia, en Siberia, en un paraje conocido como Tunguska. La onda de choque que produjo este evento destruyó 2.000 kilómetros cuadrados  de bosque. De ocurrir en una zona poblada habría provocado miles de muertos.

-¿Qué dimensiones debería tener un meteorito o cometa para representar un peligro grave y que efectos tendría su impacto?.

-Un objeto de un kilómetro o más de diámetro provocaría un efecto devastador a nivel global que llevaría a una extinción masiva de especies. A la devastación a nivel regional producida por la brutal onda de choque, el gigantesco cráter con los efectos sísmicos asociados o un gigantesco tsunami si la caída fuera en el mar, habría que sumarle que, en pocas horas, se producirían incendios a nivel global y aumentaría el dióxido de carbono en la atmósfera a causa de estos fuegos con el consiguiente ‘efecto invernadero’ (calentamiento global) que se generaría.  

Si a esto le sumamos la gigantesca nube de polvo que se esparciría por toda la atmósfera, el cambio climático generado sería monumental. Hablamos de extensas regiones completamente devastadas a todo lo largo del planeta, un cambio enorme y súbito en el clima al que pocas especies podrían sobrevivir.

-¿En que se fundamentan este tipo de pronósticos?

-Se trata de conocimiento científico basado en el uso de modelos contrastados capaces de cuantificar los efectos de un impacto de estas características, y en los estudios que se han podido realizar de colisiones pasadas, muy especialmente la que habría causado la extinción de los dinosaurios.