Puerto Príncipe. Empleando puertas, toallas y colchones como pisos, sábanas como paredes y bolsas de ropa como almohadas, los sobrevivientes del sismo en Haití construyen sus viviendas en la calle para hacer su existencia lo más soportable posible mientras esperan por ayuda.

Entre montones de basura y un creciente hedor a raíz del excremento humano, algunas personas alegraron sus campamentos el viernes con equipos de música portátiles, hornos de carbón, cacharros de cocina y gallinas amarradas.

Unas pocas personas estaban tendidas en sillones, algunos tenían carretillas y tanques plásticos para almacenar sus pertenencias. Las mujeres se trenzaban los cabellos unas a otras.

Mientras miles de personas se preparaban para pasar su cuarta noche en la calle tras un devastador sismo, mujeres cocinaban fideos con ketchup, plátanos al vapor e incluso amasaban sobre tablas de madera, pese a que la mayoría aún sobrevive con galletas saladas y dulces.

"Hemos estado cocinando arroz con vegetales pero no quedan vegetales y la gallina dejó de dar huevos", dijo Andre Simon, de 49 años, un oficinista que acomodó a su familia en una espaciosa tienda hecha con palos de madera y sábanas.

"El gobierno no asume responsabilidad de nada en Haití, lo tenemos que hacer nosotros. Estamos decidiendo si comemos o no la gallina y si no hay ayuda mañana o el día después tal vez intentaremos salir al campo", dijo Simon.

Una avalancha de provisiones de alimentos fue enviada a Haití pero casi nada llegó al mar de sobrevivientes sin hogar en campamentos improvisados en cada trozo de pasto o pavimento disponible. Todos preguntan cuándo arribaría la ayuda.

La llegada de camiones con agua a un campamento en los alrededores del colapsado palacio presidencial permitió que muchos se lavaran y cepillaran sus dientes. Las madres bañaban a sus bebés en cubetas plásticas.

Pero la falta de condiciones sanitarias adecuadas se tornaba crítica.

"Estamos haciendo lo mejor que podemos, pero es difícil dormir con este olor. La gente está yendo al baño en todos lados. Lo hacen en bolsas plásticas y las tiran en el piso, es muy insalubre", dijo Louis Widlyne, de 18 años.

Sin electricidad y nada que hacer excepto esperar, los días pasan en forma lenta.

Los niños, algunos con problemas en el estómago y fiebre, juegan con pedazos de plástico y cuerda. Aquellos que tienen miembros vendados se quejan suavemente.

La cirugía callejera rompe el aburrimiento: en un campamento fuera de un hotel donde las víctimas heridas están tendidas en reposeras con rayas azul y blancas y lujosas sillas de mimbre, un hombre se estremecía de dolor mientras le cosían una herida sangrante en su cabeza.

Una muerte también aumenta la actividad, ya que las mujeres de la familia envuelven los cuerpos en sábanas y los hombres se deshacen de él.

Muchos tienen terror a pasar otra noche sin dormir luego de que réplicas siguieran sacudiendo Puerto Príncipe, donde grandes zonas de la ciudad están ahora en ruinas.

"Se pone oscuro a eso de las siete en punto (de la tarde). No hay nada que hacer. Sólo nos sentamos y esperamos", dijo Emiliano Edme.

"Pero el estrés se está instalado. Cada vez que sentimos otro temblor o sentimos un rumor de tsunami es peor", agregó.