En estos días en que algunos aspectos del pasado reciente han surgido a luz, algunos militares y policías recordaron que en la década de 1960 la Policía no estaba preparada para enfrentar el accionar de una banda armada y organizada como era el MLN Tupamaros, ya que era una Policía pensada para otro Uruguay.

Salvando las distancias, actualmente dentro de la Policía hay algunas voces que advierten que el delito está cambiando aceleradamente y que las estrategias para enfrentarlo y la comprensión política para avalar esas estrategias no son tan veloces.

Testimonios y documentos que circulan en el seno del gobierno dan forma a lo que se considera el nuevo tipo de delincuencia que está generando el estado de inseguridad y se convirtió en la principal preocupación de los uruguayos.

Para el gobierno, el cambio en las relaciones criminales fue un tránsito de la acción individual y la asociación circunstancial a grupos más o menos estructurados aun cuando el individualismo permanezca.

Otra característica de los nuevos grupos es un grado mayor de violencia en la resolución de conflictos, que pasó de advertencias con tiros en las piernas hasta ejecuciones con 70 balazos.

Otro papel central en la conformación de la delincuencia actual es la cultura carcelaria que se extendió hacia el exterior de las prisiones, primero por la cantidad de presos que se fueron sumando con el tiempo, luego por la calidad de esos presos, algunos de los cuales perfeccionaron sus capacidades delictivas en contactos con mafias colombianas, rusas, polacas, suecas, mexicanas, brasileñas, peruanas, bolivianas, serbias y españolas que llegaron hasta las costas uruguayas y algunos de cuyos integrantes fueron apresados.

A esto se suman los uruguayos presos en otros países y luego deportados. Hace dos años había 1.800 uruguayos presos en Argentina que fueron deportados a Uruguay luego de cumplir media pena y trajeron consigo una cultura delictiva más violenta que la local. Hoy hay unos 500 uruguayos presos en cárceles argentinas.

El traspaso de conocimiento delictivo generó nuevas formas de comportamiento, a saber: pago por protección para garantizar la seguridad, extorsión a familiares de consumidores de drogas, homicidios como ajustes de cuenta, un incipiente sicariato, secuestros extorsivos entre narcos ordenados desde la cárcel que a veces no llegan a los medios ni a la Justicia.

De hecho, la Policía habla por lo bajo sobre la posible desaparición de algunos delincuentes, al estilo mexicano, que podrían haber sido ejecutados y enterrados o quemados, como hacen otras mafias, pero nadie denuncia esos hechos.

Grupos. Entre los grupos organizados se destaca el de tráfico, contrabando y falsificación de marcas o trata de personas. Su característica es tratar de pasar inadvertidos con lo cual usan la violencia solo en caso extremo. Su arma poderosa es la corrupción ya que tienen tres intereses bien definidos: la mercancía, la libertad y el dinero. “Pueden perder el cargamento, procuran no perder la libertad, pero de ninguna manera quieren perder su dinero pues representa la pérdida de poder”, dijo un oficial.

Como contrapartida, los grupos territoriales son muy violentos para marcar su zona. Los grupos barriales más conocidos operan en Cerro Norte, Marconi, Ituzaingó y capitán Artigas en Canelones. También hay grupos vinculados a las barras bravas del fútbol.

Tienen comando y control de sus integrantes, conexiones con grupos de tráfico y actividades criminales diversas. Buscan sustituir al Estado en sus funciones, por eso tratan de solucionar las disputas barriales para evitar que se llame a la Policía y cada vez ejercen un mayor dominio sobre los menores, a los que comenzaron utilizando como campanas pero que, se ha demostrado, los empiezan a enviar como sicarios. También usan a estos menores y a mujeres como frente de resistencia a la autoridad en casos en que las fuerzas de choque de la Policía llegan al lugar en un operativo.

A veces, vinculados con estos grupos territoriales, están las bandas de asaltantes, cada vez más violentas y organizadas, y que en ocasiones han elegido como blanco a los propios narcotraficantes para hacerse de su dinero o drogas. En ese caso van dispuestos a todo, como ya se ha visto cuando una rapiña termina en una ejecución lisa y llana.

Feudalización. El término se comenzó a usar en Uruguay por parte del director nacional de Policía, Julio Guarteche, aludiendo a fenómenos que se han constatado en otras naciones, sobre todo aquellas aquejadas por el narcotráfico.

Se trata de la consolidación de zonas liberadas donde los grupos delictivos se mueven con libertad y protección de los vecinos (ya sea por convicción o temor). Este hostigamiento se extiende a los policías, como fue el caso del asesinato del hijo de un agente al que le rapiñaron una moto cuando estaba con su novia. La familia del homicida vive a una cuadra de la casa del policía. Cuando este se iba a trabajar, amenazaban a la madre del fallecido para que le dijera a la novia –testigo principal– que cambiara la declaración.

El índice de criminalidad de Uruguay se encuentra en ocho asesinatos cada 100 mil habitantes, la misma cifra que la media mundial y una de las más bajas de América Latina, región que tiene las tasas más altas del mundo.

Sin embargo, según un documento interno del gobierno, en algunas áreas de Montevideo la Policía registra índices de 70 homicidios cada 100 mil habitantes al año, una cifra similar a la de países centroamericanos, que tienen los guarismos más altos del mundo.

En estas zonas de la ciudad es donde se dan los secuestros extorsivos entre narcotraficantes y los ajustes de cuenta.

El desarrollo de algunas organizaciones llegó a un punto tal que la Policía detectó y desarticuló un atentado con bombas molotov que estaba preparando una barra brava y, como se informó en su momento, un grupo de narcotraficantes llegó a planificar un atentado con bombas contra Guarteche, lo cual obligó a extremar medidas de seguridad para proteger a las autoridades que están dedicadas a la lucha contra el narcotráfico.