Hay bendiciones que, de pronto, se revelan maldiciones. La riqueza petrolera suele ser el ejemplo moderno más citado. Brasil podría agregar a la lista negra ser la sede de un campeonato de fútbol. Obviamente, ni el crudo ni el jogo da pelota son culpables de nada por sí mismos. Es el cómo y el cuándo. Carla Dauden, una joven brasileña de 23 años, puso el dedo en la llaga respecto a la Copa del Mundo 2014: “La gente no necesita que Brasil impresione al mundo. La gente quiere que los brasileños tengan comida y salud. La gente no necesita más fiestas, la gente quiere personas con trabajos y vidas sustentables”. Su video de 6 minutos y 10 segundos titulado “No, yo no voy a ir a la Copa del Mundo” tuvo medio millón de visitas en su primer día y sumó más de un millón en el segundo.

Pero no fue la innegable simpatía de la joven lo que le dio tal popularidad, sino lo oportuno de su aparición en medio de la que podríamos llamar “Revolución de los 20 Centavos”; las protestas simultáneas en casi todas las grandes ciudades brasileñas de la costa por el alza en 20 centavos en el transporte público, pero que se transformó en una demanda variopinta y general por mejor transporte, salud, educación; menos corrupción pública, desperdicio y abuso policial.

La explosión social dejó perplejos a analistas, políticos, periodistas, líderes sociales y hasta a Pelé mismo, jugador mitológico, quien se lo tomó casi como un asunto personal. “Vamos a olvidar toda esta confusión que está ocurriendo en Brasil y vamos a pensar que la selección brasileña es nuestro país, es nuestra sangre. No vamos a abuchear a la selección. Vamos a apoyar hasta el final”. Pero sus temores fueron exagerados. La “torcida” brasileña apoyó, en medio de la revuelta, a la selección en sus partidos de la Copa Confederaciones, pero aprovechando la oportunidad para exhibir pancartas y carteles con las demandas del movimiento.

En Rio de Janeiro, las demostraciones callejeras, organizadas en apariencia por los estudiantes de la UFRJ, la Universidad Federal de la ciudad, incluyeron cuatro puntos radicales: una política estadual de transporte gratuito de calidad, reestructuración y evaluación del impacto del Mundial, fin de la violencia policial y democratización de los medios.

Desde el gobierno federal, el ministro de Economía, Guido Mantega, excusó al gobierno central de responsabilidades, luego que un par de senadores del partido gobernante presentaran un proyecto de desgravación impositiva para el transporte. “Ya hicimos las reducciones equivalentes a las que se proponen en este proyecto (…) Será preciso que el texto, que implica reducciones federales, estaduales y municipales, sea readecuado”.

Es que el problema no está en un punto más o menos de impuestos. La protesta puede ser una buena señal que muestre que la clase media brasileña, como la turca e indonesia (naciones en que hubo movilizaciones en esos mismos días) llega por fin a una mayoría de edad y está mucho menos interesada en que sus naciones sean grandes y poderosas en la arena internacional o en que sus gobiernos construyan grandes estadios y monumentos, no al menos si ello ocurre al precio de no tener ciudades modernas, amigables, con servicios públicos decentes. Es decir, lo mejor de la civilización.