En un período de pocas semanas, a mediados de 1999, hubo en Miami tres fiestas espectaculares.
La primera fue el lanzamiento de DirecTV Latinoamérica. Obra de algún genio de las relaciones públicas, comenzó en el hotel Peabody de Orlando y reunió a unos 500 periodistas, opinólogos y ejecutivos de televisión de toda América Latina y sus alrededores. Luego siguió en los Estudios Universal, entre ríos de bebida y cerros de comida. El clímax fue en Cabo Cañaveral, donde en vez de fuegos artificiales hubo un espectáculo inédito: un cohete que subía por el cielo con un satélite de US$200 millones en la punta, que traería a la región decenas de canales de TV y lo que entonces se llamaba “internet in the sky”.

Después de la fiesta de DirecTV vino la de Terra, que tuvo un costo de US$2 millones. Cada uno de los 2.000 invitados por el portal de Telefónica de España recibió una cámara digital para subir a internet fotos de la fiesta.

La temporada culminó con la fiesta de Ocean Drive, en la que figuraban estrellas de Hollywood como Catherine Zeta Jones y Jennifer López, y en donde jóvenes desnudos con sus cuerpos pintados servían mojitos, caviar y champaña.

La burbuja de internet estaba por estallar, pero en Miami pocos lo sospechaban. La ciudad era el centro del universo puntocom latinoamericano. Eran los tiempos de los First Tuesdays en Coral Gables, donde cada martes aparecían nuevos emprendedores con ideas peregrinas, cuando parecía que cualquier puntocom podía conseguir US$10 millones con una llamada telefónica a Susan Segal, la jefa de Chase Capital Partners. Starmedia, de Fernando Espuelas, había conseguido US$2,5 millones en la primera IPO de una empresa latina de internet. Le siguieron Yupi, de Oscar Coen, que llegó a levantar US$150 millones. Patagon, de Wenceslao Casares y Constancio Larguía, realizó varias rondas de capital y terminó siendo comprada por el Banco Santander en US$750 millones.

Pero ninguna fiesta podía seguir para siempre. La resaca comenzó en marzo de 2000, y muchos sueños quedaron en eso.

Errores que enseñan. ¿Qué quedó de esta generación dorada de pioneros digitales? Después de alcanzar una capitalización bursátil de casi US$3.800 millones, Starmedia perdió prácticamente todo su valor y fue comprada por la cifra simbólica de US$8 millones en efectivo por una ISP española. La bancarrota de la empresa fue declarada en 2003. Hoy su fundador, Fernando Espuelas, es un popular e influyente animador de radio en Los Ángeles, California.

Marcos Galperín es uno de los pocos sobrevivientes que sigue en carrera. Hablando con AméricaEconmía, Galperín dice que la clave para resistir el cataclismo fue una visión a largo plazo. “Muchos de los que se quedaron en el camino estaban inspirados en hacer un negocio rápido y obtener una ganancia”, afirma desde su oficina en Argentina.

Catorce años después, su empresa sigue activa en comercio electrónico en América Latina. Según cifras de la compañía, registró ingresos netos de US$103,8 millones en el cuarto trimestre de 2012, con un aumento de 30,9% en moneda local y de un 20% en dólares comparado con el mismo trimestre del año anterior.

Galperín, de 42 años, reconoce que se han equivocado “muchas más veces de las que hemos acertado en los últimos 14 años, pero lo que sucede es que estamos dispuestos a tomar riesgos y hacer las correcciones que sean necesarias para seguir operando”. Una de esas equivocaciones, reconoce, fue aplazar un cambio de tecnología para ingresar al mercado de aplicaciones para celulares y tabletas.
“Por suerte pudimos lanzar el año pasado todas nuestras aplicaciones y estamos viendo un crecimiento muy grande con esos dispositivos”, dice, afirmando que a la fecha registra más de 5 millones de descargas de su aplicación móvil en el último año.

Billetera digital. Otro de los sobrevivientes es el también argentino Wenceslao Casares, cofundador de Internet Argentina S.A y de Patagon.com en 1997. Uno bastante afortunado, pues tuvo la visión y el sentido de la oportunidad para dejar la fiesta en el momento adecuado. 

“Vendimos Patagon porque nos preocupaba cuánto estaban subiendo todos los activos de internet”, dice, desde Palo Alto, California. “Estábamos convencidos de internet a largo plazo, pero en el corto plazo parecía que había demasiado optimismo y teníamos inversores que querían que sacáramos la empresa a la bolsa, cosa que nos ponía muy nerviosos”.

Casares y su equipo supieron ver que ése era un camino sin retorno. “Si lo hacíamos, los inversores venderían, los ahorristas iban a comprar y nosotros quedaríamos responsables frente a éstos”, rememora. Un asunto, explica, es tener inversores profesionales que saben lo que están haciendo y el riesgo a asumir, y otro, que los ahorristas coloquen sus ahorros a precios muy altos y con riesgos que no eran entendidos por el mercado. “Por eso fue que decidimos vender en lugar de salir a la bolsa y eso nos ayudó a tener una mejor posición cuando llegó la crisis”, asegura.

Tras la debacle Casares hizo lo que otros pioneros en otros momentos difíciles: recogió sus cosas (y sus ganancias), se compró un velero y pasó los siguientes tres años recorriendo el mundo. 

Había fundado Patagon cuando menos del 15% de la población de Latinoamérica tenía una cuenta bancaria formal. El objetivo era aumentar ese porcentaje, pero al final terminó ofreciendo servicios financieros más sofisticados a las personas que ya tenían acceso bancario. Su siguiente emprendimiento fue el Banco Lemon, fundado en Brasil con sus socios en Meck, Ltd., una experiencia que Casares califica de interesante. “Es quizá de la que estoy más orgulloso porque fue más difícil de ejecutar”, dice.

El Banco Lemon fue adquirido por el Banco do Brasil y Casares, que se había cansado un poco del sector de los servicios financieros, lanzó Wanaco Games, que desarrolló un juego galardonado como el “Juego del año” por Microsoft Xbox en 2006.

Su última arremetida, tras anclar en California, es Lemon.com, que debutó en 2011 ofreciendo un servicio enfocado en digitalizar las facturas de los usuarios y ahora tiene a disposición una “billetera digital” que guarda todos los documentos que las personas tienen en su cartera, como tarjetas de crédito, del seguro social y el pasaporte. 

“Tenemos más de 3 millones de usuarios, estamos capturando más de 3.000 tarjetas por hora. Tenemos una aplicación que te permite tener una réplica en el teléfono de todo lo que tengas en la cartera”, explica Casares. 

Los usuarios de Lemon.com son principalmente estadounidenses y la idea, según Casares, es expandirlo a América Latina, aunque no tiene fecha para ello. “Creo que hay una necesidad grande de tener algún tipo de billetera (digital). Hay gente que tiene efectivo en el bolsillo, un teléfono inteligente en la mano, pero que no puede hacer algún servicio de pago”, dice.

Pero los tiempos ya no están para megaproducciones. Lemon.com obtuvo en 2012 una financiación por US$8 millones en una ronda liderada por Maveron, firma de capital de riesgo fundada por el director ejecutivo (CEO) de Starbucks, Howard Schultz, y en la que participaron Ligthspeed Venture Partners, entre otros. 

A los 38 años, Casares empieza de nuevo como buen emprendedor serial. “A veces pienso que es una ventaja haber vivido esa crisis y otras que es una desventaja. Quizá por haber visto la crisis a mí me cuesta ser todo lo optimista que habría que ser”, dice, insistiendo en el matra del optimismo emprendedor y de internet como una fuerza que “va a cambiar al mundo”.

¿Lecciones? Casares destaca principlamente tres: enfocarse en el negocio, en su desarrollo, y no en las relaciones públicas, y levantar mucho capital. De grandes fiestas, como las de 1999, ni hablar.