¿Quieres quedar bien con tu novia, luego de esa discusión absurda? Elige la mejor foto que tengas de su cara en el celular o la tablet y anda a un café. No a cualquiera, sino a Café 3D Lab –en Palermo, Buenos Aires o en Polanco, en el DF– y, mientras sorbes un capuccino, pídeles que te la impriman. No, no en papel: en plástico. Y tal como es: con esa naricita con el tabique levemente desviado a la derecha. Suena algo ridículo, pero no es imposible. El boom de las impresoras 3D está llegando a Latinoamérica y, de pronto, nos coloca ante nuevos dilemas y posibilidades. En la capital de Argentina, Rodrigo Pérez Weiss cree que ello puede ser una muy buena oportunidad para crear un nuevo nicho en el complejo ecosistema de cafeterías de la ciudad. “Básicamente, la idea del café es la de un espacio al que lo podemos definir como si fuera Starbucks, pero con impresoras 3D”, dice. En el primer local de Café 3D Lab Buenos Aires habrá diez. “Queremos que sea un espacio de coworking. Una opción es que la gente venga, rente espacio y operador que les enseñe cómo hacerlo. Otra es que nos deje las cosas que quiera imprimir”.

Más interesante todavía es que el emprendedor no tendrá sólo impresoras importadas. Al menos dos serán de fabricación local. “Van a tener las suyas, las nuestras y las de Trimaker”, anticipa Marcelo Ruiz Camauer, presidente de Kikai Labs. Desde marzo están fabricando impresoras 3D que usan la tecnología de FDM (o Fusión por Deposición de Filamentos, un cabezal que crea los objetos por acumulación de una fibra plástica) y plástico PLA. “Federico Heinz, que es el líder del proyecto, trajo la idea en septiembre de 2011. Dijo: esto existe y es interesante. Al verano siguiente armamos dos prototipos”, recuerda Camauer. Tras ganar premios y apoyos en el mundo local de los sistemas e ingeniería, “en marzo comenzamos a entregar modelos a los clientes, tenemos 30 a 35 ya comprometidas y el objetivo para este año es hacer 200”, anticipa. Si bien algunos componentes, como el motor, se importan, otros, como el extrusor, se fabrican en Argentina. Camauer asevera que “hoy nuestra máquina cuesta menos que una equivalente de EE.UU.” Alrededor de US$1.600.

También es más barata que las que están lanzando –también en Buenos Aires– tres amigos, los creadores de Trimaker. Se trata de dos argentinos (Maximiliano Bertotto y Emiliano Chamorro) y un ruso (Andrei Vazhnov), los que han apostado a una tecnología diferente: DLP (Procesado Digital por Luz, en castellano). En este caso el material con que se imprime es una resina líquida, la cual es sometida a una luz que la hace endurecer y adoptar su forma final. A fines de mayo, en la Feria Puro Diseño que tuvo lugar en la capital argentina, pusieron en pre venta una edición limitada de 42 unidades a cerca de US$ 2.900 cada una.

Nuevo paradigma. ¿Veremos una estampida para fabricar impresoras 3D? Luis Alberto D’Andrea, director de la Licenciatura en Biotecnología de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) cree que sí: “Pensemos que EE.UU. apuesta en ellas, porque les permitirá formar un tejido industrial ágil e innovador para adelantarse a la competencia y mantener el predominio tecnológico mundial”. Por ello, “es bueno que ya hasta dos empresas en la Argentina las fabriquen. Los más beneficiados son los diseñadores industriales, arquitectos, matriceros”. Y, pronto, los médicos. Camauer concuerda. Por ahora sus clientes están lejos de ser nerds excéntricos. “Hay muchos pequeños y no tan pequeños empresarios que hacen matrices o moldes para piezas y partes de metal. Con esto quieren ver de no necesitar al matricero”.

Hasta ahora la empresa lleva invertidos US$70.000 (una ventaja es que “nuestras impresoras tienen partes hechas con… nuestras impresoras) y para crecer “nuestra estrategia apunta a toda Sudamérica: queremos conseguir partners locales con el objeto de poder ensamblar en cada país”.

Su competencia en Brasil son las impresoras 3D de Metamáquina. Camauer asevera que, por el momento, Kikai corre con ventaja. Lo central para valorar estos aparatos, dice, son tres elementos: el costo de los insumos (que da el costo por unidad impresa), los rangos de definición de la “impresión” y el tamaño efectivo máximo de ella. “En esto último, en Brasil operan 10 x 10 x 15, en cambio nuestras máquinas ofrecen 20 x 20 x 20”.

Este parámetro es, justamente, una fuerte limitante para el modelo de negocios de alguien que desee una impresora 3D para ganar dinero. Carl Bass, presidente y CEO de Autodesk, empresa dedicada al diseño en 3D e ingeniería, señaló recientemente a la revista Wired que esta tecnología tenderá por ahora al prototipado y a la producción en pequeña escala, como en la joyería. Y no reemplazará a los grandes sistemas de manufactura. ¿La razón? Cada vez que se duplica el tamaño de lo que quiere imprimirse, el tiempo usado y la cantidad de los materiales se elevan a la tercera potencia. “Así que si queremos algo el doble de grande -dijo a la publicación-, va a costar 8 veces más y tomar 8 veces más imprimirlo”.

La conclusión es clara: la rentabilidad se obtendrá de productos de pequeño tamaño y alto valor. Aplicaciones biomédicas (mandíbulas, tráqueas, que ya se están fabricando, o ADN impreso), obras de arte, prototipos de maquinaria, etc. Y, claro, en quienes paguen por usarla como fuente de diversión, como espera Pérez Weiss. Así, en México, asociado con Alexis Álvarez, dueño de Agencia Carnal, “vamos a tener más variedad de máquinas y máquinas más grandes en un proyecto también mayor”. Y de ahí “queremos ir a Barcelona y Florianópolis, con socios locales”.

¿Llegaron las impresoras 3D para quedarse y entrar, a la larga, a cada casa? ¿O la Ley del Cubo de Bass las dejará afuera por un buen rato más? Una cosa es clara, aunque la NASA le haya dado US$125.000 estos días a la compañía Systems & Materials Research Corporation, para que mejore su impresora 3D que imprime comida, si Café 3D Lab llega a incluir alguna vez pizzas impresas, la tradicional será bastante más barata.